viernes, 15 de octubre de 2010

LA MIRADA DE UN PADRE

Este verano, caminabamos por la ciudad de Comillas (Cantabria), cuando decidí cruzar la calle porque tenía el coche aparcado en la otra acera. Miré que no pasaba ningún coche y crucé instintivamente al otro lado empujando el carrito de mi hijo Javier. Al cruzar, mi compadre José Manuel me llamó la atención, con toda la razón del mundo, desde el otro lado. -"¡Hay que cruzar por el paso de cebra!". Me excusé sabiendo que no había excusa e intenté cambiar de tema. (sobre todo para desviar la atención de los niño). Allí delante de mis dos hijos y los de mis compadres (uno de ellos ahijado mío) (quiero aprovechar para saludarlo), había roto una de las normas que siempre les repetía en la teoría y en la mayoría de las "prácticas". ¡ Menudo ejemplo el mío!

Intento ser cuidadoso con los detalles, de lo que ven y escuchan los peques cuando están delante. Pero evidentemente nunca es suficiente, y al mínimo descuido, al bajar la guardia, ¡plas! puedes estar dando una lección de mal ejemplo. Porque al final lo que importa no son las lecciones. no es solamente la teoría. Lo más importante, lo que más ayuda a un niño, a un joven, es nuestra actitud. Que vean en nosotros personas coherentes, que hacen lo que dicen, que mantenemos nuestras promesas (las buenas y las malas), que en la vida llevamos a la práctica lo que "predicamos".

A mí mismo me digo muchas veces: ¿Quieres que tu hijo sea honrado? Sé honrado. ¿Quieres que sea humilde? No seas soberbio. ¿Quieres que sea pacífico? Resuelve las disputas en casa con serenidad. ¿Quieres que sea trabajador? Sé trabajador. ¿Quieres que sea ordenado? Se ordenado en casa. ¿Quieres que ayude en casa? Hazlo tú primero y anímale a que te acompañe en la tarea. ¿Quiero que sean buenos cristianos? Se tú un buen cristiano.
Que me vea leer, estudiar, trabajar, querer, ser sensato, rezar, admitir mis errores, entregar cariño en casa..... La coherencia es la más importante de las lecciones. Porque la coherencia, no solo con los hijos, es la base de la autoridad. La potestad la tenemos todos los padres por el sólo hecho de serlo, pero la autoridad tenemos que ganarnosla a base de dialogo, de cariño, de atención y de coherencia. Y a veces es tan complicado estar siempre alerta, siempre atento a los pequeños detalles. Gracias al cielo, Dios nos pone a nuestro lado, además de su atenta mano y la de su Madre Santísima, a personas como nuestra esposa, la familia o nuestros amigos, que saben decirnos cuando pisamos la linea continua "¡por el paso de cebra!". Y como no somos perfectos debemos dejarnos decir y desdecir.

Es una gran y dificil tarea. Hay que estar siempre en guardia. Siempre "presto y dispuesto". Siempre meditando cada acción. Pero es una de las cosas grandes de ser padre. Que enseñando aprendemos también nosotros a ser mejores. ¿Quiero que mi hijo progrese? Tengo que progresar yo también, porque nosotros somos el espejo en que se reflejan. Y eso no es nada facil, pero es un reto ilusionante. Ellos serán, en gran parte, lo que le hayamos enseñado a ser. Y es que a veces los padres nos empeñamos en que nuestros hijos sean "buenos deportistas", "buenos estudiantes", "educados", "emocionados cofrades", "ingenieros o licenciados", y no nos damos cuenta que lo primero que quieren ser nuestros hijos es "como tú mamá" o "como tú papá".

Esto a veces da vértigo (por lo menos a mí y a muchos con los que hablo de ello). La de ser ejemplares para que nuestros hijos vivan esos valores que queremos transmitir. Pero no es una meta imposible si Dios nos la da. Y todo esto lo descubro, no tanto en las sesiones de orientación familiar en las que participo, o en los l¡bros que por mi trabajo leo, sino sobre todo en la experiencia propia con mis hijos y en el día a día en el colegio, donde ves como cada niño es hijo de las circunstancias de su propia familia. De la atención que les brindan, del cariño que reciben, de cómo se siente o no bajo la atención educativa de sus padres y profesores....

Porque otra de las reglas básicas que palpo en todo esto, es la necesidad de que los hijos sepan que sus padres "están ahí" con ellos. A las duras y las maduras. Con la mano firme de la enseñanza y el corazón tierno del cariño. Siempre al lado. Con la mirada del amor puestos en ellos para hacerlos a ellos también "perfectos en el amor" y que sean felices.

Y esta es, quizás, nuestra primera tarea en el camino a nuestra santificación personal. La de ser buenos esposos y buenos padres. Porque aunque vemos todas estas tareas duras y comprometidas, la del buen padre, el buen esposo y el buen cristiano, no dejan de ser las más ilusionantes de las tareas que Dios nos ha puesto en nuestra existencia, y "el camino a recorrer está asfaltado de gracias si es el camino del amor". El día a día es lo que nos hace santos (o no). No importa caer, como caigo en tantas ocasiones, sino levantarme y seguir. Y eso también lo valoran nuestros hijos, que no quieren "supermanes" sino padres de carne y hueso.

Les dejo con un cuento que he leído sobre la presencia y la mirada atenta del padre (o de la madre si es su caso) y de la importancia que tiene esa mirada en la formación de la conciencia de nuestros hijos y en su madurez. Espero les guste tanto como a mí.

"Un muchacho vivía solo con su padre, ambos tenían una relación extraordinaria y muy especial. El joven pertenecía al equipo de fútbol americano de su colegio, usualmente no tenía la oportunidad de jugar, bueno, casi nunca, sin embargo su padre permanecía siempre en las gradas haciéndole compañía. El joven era el más bajo de la clase cuando comenzó la secundaria e insistía en participar en el equipo de fútbol del colegio; su padre siempre le daba orientación y le explicaba claramente que "él no tenía que jugar fútbol si no lo deseaba en realidad"... pero el joven amaba el fútbol, ¡no faltaba a una práctica ni a un juego!, estaba decidido en dar lo mejor de sí, ¡se sentía felizmente comprometido! Durante su vida en secundaria lo recordaron como el "calentador del banquillo", debido a que siempre permanecía sentado... su padre con su espíritu de luchador, siempre estaba en las gradas, dándole compañía, palabras de aliento y el mejor apoyo que hijo alguno podría esperar. Cuando comenzó la Universidad, intentó entrar al equipo de fútbol, todos estaban seguros que no lo lograría, pero a todos venció, entrando al equipo. El entrenador le dio la noticia, admitiendo que lo había aceptado además por como él demostraba entregar su corazón y su alma en cada una de las prácticas y al mismo tiempo le daba a los demás miembros del equipo un gran entusiasmo. La noticia llenó por completo su corazón, corrió al teléfono más cercano y llamó a su padre, quien compartió con él la emoción. Le enviaba en todas las temporadas todas las entradas para que asistiera a los juegos de la Universidad. El joven era muy persistente, nunca faltó a un entrenamiento ni a un partido durante los cuatro años de la Universidad, y nunca tuvo la oportunidad de jugar ningún partido. Era el final de la temporada y justo unos minutos antes que comenzara el primer juego de las eliminatorias, el entrenador le entregó un telegrama. El joven lo tomó y luego de leerlo se quedó en silencio. Temblando le dijo al entrenador: "Mi padre murió esta mañana, ¿no hay problema de que falte al juego hoy?". El entrenador lo abrazó y le dijo: "Toma el resto de la semana libre, hijo. Y no se te ocurra venir el sábado". Llegó el sábado, y el partido no estaba muy bien, en el tercer cuarto, cuando el equipo tenía 10 puntos de desventaja, el joven entró a los vestuarios y se puso el uniforme y corrió hacia donde estaba el entrenador y su equipo, que estaban impresionados de ver a su luchador compañero de regreso. "Entrenador, por favor, permítame jugar... yo tengo que jugar hoy", imploró el joven. El entrenador pretendió no escucharle, de ninguna manera podía permitir que su peor jugador entrara en el cierre de las eliminatorias. Pero el joven insistió tanto, que finalmente el entrenador sintió lástima y aceptó: "Bien, hijo, puedes entrar, el campo es todo tuyo". Minutos después el entrenador, el equipo y el público, no podían creer lo que estaban viendo. El pequeño desconocido, que nunca había participado en ningún juego, estaba haciendo todo perfectamente brillante, nadie podía detenerlo en el campo, corría fácilmente como toda una estrella. Su equipo comenzó a ganar, hasta que empató el juego. En los segundos de cierre el muchacho interceptó un pase y corrió todo el campo hasta ganar con un touchdown. La gente que estaba en las gradas gritaba emocionada y su equipo lo llevó cargado por todo el campo. Finalmente cuando todo terminó, el entrenador notó que el joven estaba sentado calladamente y solo en una esquina, se acercó y le dijo: "Muchacho no puedo creerlo, ¡estuviste fantástico! Dime, ¿cómo lo lograste?". El joven miró al entrenador y le dijo: "Usted sabe que mi padre murió... pero no sabía que mi padre era ciego". El joven hizo una pausa y trató de sonreír. "Mi padre asistió a todos mis juegos, pero hoy era la primera vez que podía verme jugar... y yo quise demostrarle que sí podía hacerlo". De la web de Interrogantes.

2 comentarios:

monaguillo dijo...

Es muy complicado tratar de ser ejemplar cuando uno no lo es en su propia vida. Se puede intentar, pero el falló está asegurado... aunque lo importante, como bien dices, es persistir.

Lo del cuento es tan grande que apenas hay calificativos... ¡¡¡QUE DOS COJONES TIENES, ANGELITO!!!.

Angel Henares dijo...

Es verdad. El intentar ser, no ya ejemplares, sino simplemente buenos es una tarea para toda la vida. Yo fallo mucho, pero evidentemente fallamos menos delante de nuestros niños, porque el amor es así. Nos transforma y somos mejores.
La Iglesia nos enseña que ser ejemplares no es imposible, así que aunque seamos unos pecadores consumados y hombres debiles,que lo somos (yo por lo menos) tengo que seguir luchando. Quien sabe. ¡Lo mismo lo conseguimos! Y lo importante es aprender la lección, levantarse y seguir luchando. Si no lo creyera (a pesar de la cantidad de veces que me fallo a mí mismo, a los demás y a Dios), no tendría sentido. Merece la pena ser así por nuestros hijos. La Esperanza, Alvaro, la Esperanza. Como dice R. Bach en "Juan SAlvador Gaviota": "Ave que no mira al horizonte, no vuela alto ni lejos"
¡Tú sí que eres grande!

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