lunes, 27 de diciembre de 2010

LA ESTRELLA DE BELÉN

Hace dos años, al comenzar el mes de Diciembre compramos un pequeño nacimiento. Se trataba de un "Belén" sencillo, que a nuestro hijo le gustó mucho al verlo y de rasgos infantiles. Tenía de todo: el Misterio, los pastores, los reyes, los animalitos.... pero le faltaba una cosa: La estrella de Belén. Esa estrella anunciadora del nacimiento de Cristo, que guió a los Magos de Oriente y a los pastores al pobre portalito donde comenzó nuestra Redención.

Nos pusimos "manos a la obra" para concluir nuestro Belén.

Mi mujer la buscó al día siguiente por distintas tiendas y comercios. Numerosos eran los adornos navideños que buscó y rebuscó. Enmcontró bolas, ángeles, paquetitos, renos, muñecos de nieves, cascabeles, "papanoeles" y arbolitos de todos los colores y "brillos" posibles. Encontró estrellas doradas, rojas, plateadas, color miel, color madera, huecas, troqueladas, gruesas, finas, y de todos los tamaños posibles, pero no había por ninguna parte rastro alguno de esa estrella dorada o plateada con cola que todos conocemos como "la estrella de Belén".

Al final, aburrida, tuvo que comprar una estrella de cinco puntas con los filos dorados que se asemejaba a aquella, pero que no tenía la característica estela.

Nuestro hijo Ángel, que entonces sólo tenía tres añitos, al verla nos dijo: "esa no....esa no es la estrella de Belén". Y no quiso que la pusieramos sobre el portalito.

Así en los días siguientes, buscamos por varias tiendas, de decoración y de las llamadas "todo a 100" (ahora "los chinos") la estrella de Belén.

Y al final, casi cuando nos íbamos a rendir, en una pequeña tiendecilla escondida, la encontramos. Se trataba de una estrella de cinco puntas con cola, hecha de corcho blanco endeble y mal acabada. Sin duda era la "menos agraciada" (digámoslo así) y la más pobretona de todas las que habíamos visto durante esos días. Pero al verla nuestro hijo rompió de alegría como con ninguna y nos dijo "esa sí".


Así es la Navidad, así es la auténtica estrella que nos guía a Jesús estos días. Pobre en apariencia, pero rica por dentro. LLena de autenticidad por el fondo, no por las formas.


Este año un Centro Comercial de nuestra Área Metropolitana, se anunciaba, junto a un dibujo de la cara de San José, con este lema: "La verdadera Navidad está aquí". Claro, uno pensará, "con esa imagen y ese lema, al fín un lugar donde encontrar la aútentica felicidad de la Navidad". Y algunos se "encandilarán" con esta falsa estrella de Navidad. Pero al final, si uno se pasa por allí, verá más de lo mismo. La mentira de todas las Navidades. El comprar por comprar. Regalar para ser felices, comprar para ser felices, recibir regalos para ser felices, gastar dinero para ser felices. ¿Es esta la "verdadera Navidad" como nos dice su publicidad, o no es más que la mentira de todos los años?.


Me sorprende la publicidad de otro Centro Comercial: "Regala Navidad". Y me sorprende porque si todos regalaramos nada más que "Navidad", los Centros Comerciales estarían vacíos. Porque regalaríamos servicio, humildad, caridad, paz, amor, amistad, desprendimiento.....

Caemos en el "aparentar" y el "exceso". Aparentar y exceso en el vestir, aparentar y exceso en el comprar, aparentar y exceso en el comer y el beber..... Cuando en estos dias descubrimos la pobreza del Niño Dios, no nos dejamos cautivar por su humildad. Dios que lo tiene todo, nace sin nada. Y todos caemos en esta vulgaridad del "aparentar" y el "exceso".

La Navidad está en los demás. No en que hagamos las cosas como los demás. La Navidad está dentro de mí, no en lo que "meto dentro de mí".


He pasado una Nochebuena preciosa con mi familia y puedo decir que lo de menos fue lo que comimos (aunque estaba todo delicioso y buenísimo). Y puedo decir que lo menos importante de esta Nochevieja, que la pasaré con mis compadres, ahijados y unos amigos, será lo que comamos o bebamos, lo que gastemos o donde estemos, sino el encuentro familiar entre todos. El estar juntos. La sinceridad del encuentro. La alegría de pasar estos días juntos.


Porque la felicidad, esta Navidad, la podemos buscar en muchos sitios: en las compras, en las comidas, en los cantos, en las cosas caras, en los regalos, en las fiestas, en el ocio.....pero todas esas son estrellas accesorias. Estrellas sin lugar a dudas mucho más atractivas a los sentidos que la pobre estrella de Belén, pero estrellas que no nos conducen a la autenticidad de estos días, sino a una Navidad vacía, que nos deja frios por dentro si no están al calor del amor de Cristo. Son estrellas que parecen de Navidad pero acaban llevando nuestro corazón no al amor del Niño Jesús, sino al vacío del mundo material. Falsas estrellas que al final conducen a muchas personas a acabar odiando la Navidad. Estrellas que si no tienen en medio a Cristo, tienen un brillo pasajero. Un brillo falso, para una felicidad falsa.

Una fiesta con Cristo en medio es una gran fiesta. Un regalo con amor es una regalo lleno de Cristo. Pero la Navidad sin Cristo no es más que eso. Un montón de luces y estrellas que parpadean y no nos dejan ver la auténtica LUZ.

La auténtica estrella es muy facil y muy dificil de encontrar al mismo tiempo. Porque hay que saber donde está y donde no está. Tenemos que ser como los Magos de Oriente, que pusieron todo su empeño en localizarla por todos los medios y esperando el momento oportuno, porque sabían que les conducirían al Rey de reyes. Hay que buscarla en nuestro interior y en el amor a los demás. Sólo de esta forma se dejará ver, y entonces será facil seguirla hasta Jesús.

A veces no la vemos hasta que, como a los pastores, se nos acercan "ángeles" que nos ayudan a caminar en el sentido correcto. Pero para eso hay que poner todo el empeño en ser humildes, abiertos al amor de Dios y sencillos de espíritu.


Que el dinero, que "el brillo de las cosas" no nos engañe, no nos deje ver el brillo auténtico de la Estrella de Belén.


La estrella de Belén está al alcance de todos, a la vista de todo el mundo.....¿Te has puesto ya a buscarla esta Navidad?


Búscala, te guiará al encuentro de una Navidad como nunca has vivido.



jueves, 23 de diciembre de 2010

FELIZ NAVIDAD

"y acontece, que en una época en que todos los hombres quieren ser dioses, viene DIOS y se hace hombre"


TE DESEO,

A TÍ Y A LOS TUYOS ,
DE TODO CORAZÓN,
UNA MUY FELIZ NAVIDAD.
QUE EL NIÑO DIOS QUE NACE, OS COLME DE TODA CLASE DE BENDICIONES Y OS REGALE UN AÑO 2011 COLMADO DE FELICIDAD.
QUE EL AUTÉNTICO ESPÍRITU DE LA NAVIDAD REINE EN TU HOGAR Y NAZCA CRISTO EN TU CORAZÓN Y EN EL DE TODOS LOS QUE TE RODEAN.

¡¡FELIZ NAVIDAD!!


lunes, 20 de diciembre de 2010

ONCE MANDAMIENTOS (y II)

(Sigue de "Once Mandamientos (I)", publicado el día 09/12/2010)
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Quiero concluir en esta entrada con la reflexión que hace Santo Tomás sobre por qué en los mandamientos se incluye el precepto de amar a los padres, pero no el de amar a los hijos y esposa.


Cuando los fariseos le preguntan a Cristo "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?" Jesús le responde que el primer y más grande mandamiento es amar a Dios con todas las fuerzas y que "el segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo."

Ese "como a tí mismo" indica esto de lo que estoy hablando. Se supone que el amor más "sentido" que recibimos es el nuestro propio. El amor natural que tenemos a nuestra propia existencia y a la de nuestra progenie y nuestro conyuge. Amar al prójimo como a uno mismo es amarlo de manera radical, pura, perfecta e inmarcesible. Es amarlo hasta el extremo. Es encontrarme en él. Verme reflejado en él.


Como comentaba en la primera parte de esta reflexión, Santo Tomás distingue entre el "amor natural" o primario y el "amor electivo", es decir, aquel que brindamos o no en el uso de nuestra libertad.


Por eso, como Sto. Tomás nos explica, no hace falta este décimo primer mandamiento.


Yo, como ya dije en mi entrada de Octubre "La mirada de un padre", entiendo el amor a un hijo como algo más sencillo en cómo brota del corazón, como un manantial que mana libremente hacia el hijo, y que se convierte en un gran caudal de emociones, de sentimientos, de acciones ,de responsabilidad, de afecto entrañable y de compromiso hacia ellos.

¿Cómo explicar el amor a un hijo? Es algo imposible de explicar y a veces de razonar. Amar a un hijo es tan sencillo que todas estas disertaciones teológicas, se entienden rapidamente con sólo mirar a un hijo. Y es que cuando miras a tus hijos dices. ¿Cómo no amarlos? ¿Para qué un mandamiento que me marque algo que brota de mi corazón sin esforzarme? Amar a un hijo es tan natural, tan sencillo, que el pensar en lo contrario se considera como una navegación contracorriente en un viaje imposible.
Coger en brazos a un hijo, sentarse junto a él, compartir sus juegos, contestar sus dudas, abrazarlo a la entrada del cole, taparle antes de dormir, descubrir en sus ojos la ilusión de la Navidad, tocar un tambor imaginario a su lado junto a una procesión de Semana Santa, reirse con él, apretar su mano a escuchar un cohete, hacerle una foto mientras sopla las velas de la tarta....todas estas y tantas otros momentos dulces, amargos, alegres y enojosos, describen a la perfección todo esto, que de forma tan extraordinaria intenta explicarnos Santo Tomás en sus famosas "cuestio" . Tener un hijo es quererlo, y entenderlo todo. Y a la vez no entender nada.

Porque ser padre o madre es entregarse, a veces hasta límites en los que uno mismo se sorprende de verse. Es aquello que tantas veces nos han dicho de "quien te ha visto y quien te ve". Toda disertación teorico-teológica, se queda pequeña ante la grandeza del amor. Pero es cierto que a aquellos padres que no están dispuestos a entregarse desde el cariño y el amor al hijo por el hecho de ser él mismo, habría que recordarles sus obligaciónes paternas, el amor natural, que al menos los amen a través del amor que se tienen a sí mismos, pues son parte de ellos.

En estas semanas pasadas, dos terribles noticias han llegado a todos los medios de comunicación. Dos sucesos que rompen todo tipo de lógica humana y de sensibilidad natural. La primera de ellas decía que "Agentes de la Policía Nacional han detenido a una pareja como presuntos autores de un delito de abandono de menor después de que los policías rescatasen al hijo de la pareja, de 6 años de edad, del interior del vehículo familiar, en el que le dejaron para irse de copas. Los agentes, que patrullaban la zona, encontraron al menor llorando, tiritando y con mucho frío dentro del vehículo Los progenitores se marcharon del coche diciendo al niño que se iban con unos amigos a comprarle un regalo. Cuando los policías localizaron a los padres, mostraban "claros signos de embriaguez".Los hechos tuvieron lugar en torno a las 3 de la madrugada del pasado domingo".

De hecho, a través de la matrícula llamaron primero al padre, que negó estar en la ciudad. Después se desmostró que además de mentir cruelmente al niño, estaban de borrachera mientras el hijo quedaba abandonado en el vehículo sufriendo la soledad, el miedo y el frío.

La otra noticia es todavía más cruel, más inhumana. Es la de la triste historia que se destapó al descubrir los restos de un niño dentro de una maleta en un paraje de Menorca. Reproduzco aquí la noticia: "Mónica Juanatey, de 30 años, madre del menor ha confesado que ahogó a su hijo en la bañera porque se sintió "agobiada" cuando los abuelos se lo mandaron días antes desde Galicia, ya que había ocultado su existencia a su actual pareja.
A sangre fría y "en caliente", la madre sumergió a su hijo en la bañera de casa, metió su cadáver en la maleta y la abandonó en el campo, y cuando su compañero sentimental regresó a casa, Mónica le dijo que su "sobrino" (como así le identificaba) había regresado a Galicia e hizo desde entonces "una vida normal", según la policía.


El nombre casi borrado de César (con la "a" ilegible) y las siglas J.F. en su estuche escolar y la edición del cómic número 28 de Naruto hallados en la maleta guiaron las pesquisas policiales hasta la identidad del menor, cuyo DNI no había sido renovado en Noia (A Coruña), donde había vivido con sus abuelos hasta que, días antes de morir, fue enviado a Mónica para que viviera con ella, que era su madre."

Tengo que reconocer que la dureza de esta historia me puso boca abajo las entrañas. Me imagino a ese hijo, primero abandonado por su madre y "desterrado" a casa de sus abuelos, porque quería vivir su vida. Me imagino después la sensación de sentirse llamado por su propia madre "sobrino", la soledad interior, la pena tan grande por este menosprecio, la ausencia de cariño y humanidad por su propia madre. Y por último esa madre ahogando a su propio hijo en la bañera, en ese momento dulce del baño, y guardando su cuerpo inerte en una maleta, junto con sus tebeos, sus lapices de colorear, su goma de borrar en su estuche escolar, y abandonandolo en el monte, como si se tratara de una de esas películas de terror e infamia.

¿Cómo habrá vivido esa madre con este atroz crimen en la cabeza?
Sólo de pensarlo, y conforme leía la noticia me embargaba una tristeza interior inenarrable.

¿Cómo podían unos padres irse de borrachera y dejar a su hijo encerrado en el coche pasando frío y lleno de miedo hasta altas horas de la madrugada? ¿Cúantas veces habían repetido este hecho o cosas similares? ¿Cómo podía una madre asesinar a su propio hijo vilmente?

Y a estas historias se sumaba días más tarde la de la madre que ahogaba a sus hijos en su casa o la de este domingo, cuando un padre mataba a su hijo de cuatro años de un disparo y luego se suicidaba. Familias desestructuradas y separadas que acaban en tragedia Familiar.

Y también las de los maridos que matan a sus esposas, las de malos tratos al conyuge o hijos, y la de miles de abortos que se cometen por el simple hecho de la comodidad de los padres.


Por lo que pensé, si hoy estuviera aquí Santo Tomás y aquel niño le preguntara la cuestión aquella de "¿Por qué existe el mandamiento de honrar a los padres y no el de cuidar a los hijos?" que hizo a nuestro capellán, y viendo todo esto. ¿No dudaría lo mismo que hizo este o yo mismo?

Aunque claro, - me contesté a mí mismo - aquellos que no le hacen caso a su propia naturaleza, al amor más puro que llevan dentro de sí, a ese amor natural de padre o madre. Si ni a ellos mismos ni a sus propios hijos aman....¿Qué caso le harían a un mandamiento divino?


Ahora, que se acerca la Navidad, descubrimos, por desgracia, que Herodes no fue sólo el fruto de un determinado tiempo.Sino el fruto del egoísmo humano más inhumano. De la perdida absoluta de humanidad. De la perdida de valores. Fruto de un estilo de vida que ha perdido el rumbo y el norte.

martes, 14 de diciembre de 2010

HASTA SIEMPRE, MAESTRO MORENTE

Anoche, al mirar por la ventana empañada de soledad sonora, vi la luna, rota en pedazos de amarguras, que apenas podía hablarme entre tanto desconsuelo. La vi de espaldas, mirando hacia otro lado, con los ojos perdidos en la lágrima que no se atrevía romper la quietud de la noche. No había estrella ni cielo que pudiera consolarla ante su dolor. Tan sólo un tapiz de luto.
La vi de perfil, mirando a otro lado. Con la mirada de aquel que no acaba de creer lo ocurrido. Con la distancia en los ojos de aquel que no escucha lo que le hablan. Con la mirada encontrada en otro encuentro. Con la mirada perdida en otro intento.
La luna, que en Granada siempre mira al Albaycín, miraba anoche a Madrid. Con la mirada perdida en busca de alguien que le dijera que nada de aquello era cierto, que todo era una mala farsa. Que aquel silencio que temblaba en sus oídos de plata no era más que un descanso.
Pero no.
El maestro había muerto.
Se fue con la misma sencillez con la que caminaba por las calles del Albaycín. Con la misma serenidad y humildad con la que te saludaba y charlaba contigo cuando te lo encontrabas en el Campo del Príncipe.
Fue grande no sólo junto al crujío de la guitarra, sino también en el trato humano.
Se va un genio. Aquel que siempre quiso aprender de los genios eternos. Que se acercó y cantó "por" Miguel Hernandez, por Lorca, por San Juan de Cruz y hasta por Cervantes, y que andaba enrredado desde 2008 con Picasso.
Su voz tuve la suerte de escucharla en muchas ocasiones. Esa "voz libre" de la que hoy hablan en todos los sitios. Porque aunque nunca dejó de estar en la roca firme del flamenco puro, su voz siempre fue libre y avanzó por donde el genio y el ingenio le dictó, cabalgando entre lo de siempre y lo nuevo. Entre lo clásico y lo innovador. Por eso fue el gran renovador del flamenco.
Pero ante todo un poeta. Un poeta en el cante y en la voz. En el contenido y en las formas. Un poeta del cante en busca de la lírica que nos regaló con su arte.

Disfruté su cante en varias ocasiones, recuerdo con especial cariño un certamen en el Albaycín, rasgando con su quebrada y áspera voz el terciopelo blanco del aire del barrio. Disfruté escuchandolo en el Zaidín junto a Lagartija Nick en aquel proyecto "Omega" que tantos aplausos y críticas le trajeron. Pero él estaba, como todos los maestros y los genios, por encima de todas las voces, porque sólo le interesaba la voz del flamenco y de la música.
Pero de todas las veces, que lo escuché, sin duda alguna me quedo con dos momentos especiales. Uno, un dia de la cruz de hace muchos años, cuando, cuando apenas quedabamos ya algunos en el patio de las Comendadoras, se cerraron las puertas del compás del convento, sonaron las guitarras, y él acompañado de su familia, se hizo uno más al cante conviertiendose aquel día, en el más mágico y recordado de todos los dias de la Cruz vividos.
Y por supuesto, las veces que lo escuché en Lunes Santo. Le cantaba a la Amargura siempre que su calendario se lo permitía. La mayoría de las veces al regreso. Unas veces sólo, otras con Estrella y otras, como este pasado Lunes Santo, con toda la familia, en lo que fue un momento único, y por desgracia irrepetible.
Me acuerdo a la perfección de aquel faldón cerrado, bajo el paso de la Santísima Amargura, y ese silencio de la calle Santiago roto por su quejío y su saeta rota que penetraba en el alma del mismo cielo del Realejo. La camiseta "empapá" de regreso y el corazón repleto de alma. Y aquella voz, aquella oración sentida, aquel cante bendito que resonaba en las estrechez de Santiago. Alivio del dolor de la vuelta y salmo desnudo a nuestra Señora.

Bendita antífona rasgando la noche frente al muro blanco del convento. Esa voz tamizada, rasgada. Esos quiebros en el quejío que rompían el "sentío". Ese cambio de tono y de ritmo en la saeta y el cante. Ese maestro rezándole a María Santísima de regreso a su casa.
Aquellos momentos, que recuerdo desde el primer año, fueron únicos y, como antes ya decía, por desgracia irrepetibles.
Ayer, en torno a las cinco de la tarde, como los toreros, Enrique, supongo, se paseó por Granada, una última vez más. Rezó un Ave María ante la Amargura y cantó suavemente, junto a la reja comendadora, como tantas veces hizo:
"Madre,
toda madre tiene,
penas y amarguras,
penas y amarguras,
pero la tuya es la mayor"

Luego, subió a su blanco barrio donde después de un rato frente a Él, se santiguó ante el Cristo de la Misericordia y se encomendó para el tránsito. Allí subió a San Nicolás y, de frente a la Alhambra, vio un cielo abierto de ángeles que le condujeron a la presencia del Altísimo.
Lanzó un último beso, de esos que lanzaba con la palma abierta desde el escenario, tocandose el corazón, a sus hijos, a su mujer y su ciudad, y entrando con blanca camisa nueva y se puso de rodillas ante el Padre donde suavemente, como siempre hacía, hasta llegar a la extenuación del sentimiento le cantó un padrenuestro que haría llorar al mismo San Miguel, patrón del Albaycín.


Hasta siempre, Enrique.
Hasta siempre, maestro.

No podremos olvidarnos nunca de tí, porque con nosotros queda tu voz y tu genio de inmortalidad flamenca.

Hasta siempre, Enrique.

Hasta siempre poeta.
Hasta siempre, maestro.


jueves, 9 de diciembre de 2010

ONCE MANDAMIENTOS (I)

El otro día asistí a la charla denominada "Padres del siglo XXI", que hemos organizado en la EFA dentro del ciclo "Matrimonio feliz ¿Cuestión de suerte?", y D. Francisco Sanchiz, capellán de nuestro colegio y ponente de esta charla, nos comentaba una anecdota que le había ocurrido con un niño de comunión. Explicandoles a un grupo de catequesis el 4º mandamiento, "honrarás a tu padre y a tu madre", uno de los niños le comentó: "D. Francisco, creo que falta un mandamiento. Que hay un mandamiento que debería estar también. ¿Porqué no está el mandamiento de amar a los hijos, del mismo modo que está el de amar a los padres" ¡NO ES JUSTO!"
Aquella anecdota provocó en mí también la misma sorpresa que en nuestro capellán.
¡Es cierto! ¿Qué pasa con los hijos? ¿Acaso Dios los deja en un segundo plano al no incluirlos en sus mandatos? ¿No merece su amor estar grabado en piedra con letras de fuego como los otros diez?
Dándole vueltas a todo esto, acabé en manos de Santo Tomás, que tiene recetas para todo.

Así, Tomás de Aquino defiende que no es necesario el precepto en este caso, dado que "es natural que el padre amase una riqueza para sus hijos, pero no al contrario" (Comentario a los Mandamientos). O sea, que está inserto ese amor en la esencia misma de la persona desde el momento mismo de la paternidad/maternidad. Procede del propio amor natural de la persona.

Santo Tomás, define el amor natural como "aquel que deriva del fondo ontológico más íntimo de cualquier realidad existente, personal o infrapersonal." Este amor no sólo es propio del hombre o de los ángeles por su propia naturaleza, sino que también es común en el animal irracional y en realidades de tipo inferior como los vegetales. ¿Cómo entender esto?
El amor natural es el amor a uno mismo. Es un amor "egoísta" que busca la propia existencia, el bien propio, la felicidad personal, la subsistencia. Es el "impulso al mantenimiento del propio ser, que es el bien fundamental de todo lo que existe". Lo que llamamos el instinto de conservación.
Si nos fijamos en el mundo animal, por ejemplo, descubrimos que esta inclinanción a la propia subsistencia y felicidad se refleja también en una necesidad, también instintiva, a defender, cuidar e incluso "educar" a sus deudos, a lo que están unidos a él por lazos de sangre o a su propia "pareja".
Para Tomás de Aquino, "el fundamento del amor natural lo constituye la atracción o afinidad de lo semejante respecto a lo semejante". La esposa es "carne de mi carne y sangre de mi sangre" desde el mismo momento en que Dios bendice nuestra unión en el sacramento del matrimonio, y los hijos son una propia prolongación de cada uno de los esposos. Querer a la esposa o al marido y a los hijos es quererse a uno mismo. Forma parte de ese amor natural, de ese derecho natural que rige nuestra propia existencia.
Otra cosa, como afirma el propio Santo Tomás, es el amor electivo. El que nos hace libres, el que nos hace personas y nos conduce a la autenticidad. Este amor es el propio del ser humano, el que nos distingue de las "bestias", de las plantas y otros seres inanimados. El que se dirige al prójimo y a Dios. El que elegimos dar a los demás. Es sobre este amor sobre el que se dirigen los preceptos del decalogo, a los que se dirigen los mandamientos.
No hace falta regular el amor a uno mismo. No existe ningún mandamiento que ordene que nos amemos a nosotros mismos, porque eso es inherente a nuestra propia naturaleza. Y del mismo modo no existe el mandamiento de amar a nuestra mujer o nuestros hijos, porque es "contra natura" el no hacerlo.
En nuestros hijos y esposa/o nos encontramos a nosotros mismos y nuestra propia realización. Y en ellos enlazamos ese amor básico o natural, como denomina Santo Tomás de Aquino, pero también ese amor "desprendido" o electivo que considera al hijo persona en sí mismo, prójimo en al que favorecemos y amamos de forma radical por delante de nostros mismos.

Este amor electivo, además nos llama a educarlo "movidos por un auténtico amor hacia el hijo por sí mismo" esforzandonos "por descubrir cuál es, en concreto, el proyecto perfectivo que lo colma —a él, en su calidad irrepetible— como persona." Y esto nos hace olvidar nuestro propio yo, nuestro propio ser.
Como dice Sto. Tomás, "los hijos componen el bien común de los cónyuges. Cuando marido y mujer dirigen hacia la prole una mirada conjunta, descubren en ella —en su descendencia— a la persona del cónyuge y se vislumbran a sí mismos".
El propio Santo Tomás, con respecto a esto, y a la imagen de Dios en la familia y a la imagen de Dios que es la familia, afirma tajantemente que "Dios no podía ser sino Trino: dos Personas divinas no resultarían «suficientes»."

Los mandamientos de Dios se dirigen a ese amor electivo, como decía antes, con respecto al prójimo y al propio Dios. Pero no tienen como destino el amor natural, el que redunda en nosotros mismos y lo que es innato a nosotros, como los hijos. No hace falta. Dios no nos manda alimentarnos, respirar, buscar el propio sustento o promoción, nuestra o de nuestros hijos, porque lo contrario sería antinatural.

En los "Mandamientos comentados" de Santo Tomás, este indica, las tres cosas que en base a la ley natural administran y suministran los padres a los hijos:

"En efecto, tres cosas dan los padres al hijo:
Primero, el sostén en cuanto al ser. "Honra a tu padre, y no olvides los gemidos de tu madre. Recuerda que sin ellos tú no habrías nacido".Eccli 7, 29 En segundo lugar, el alimento o mantenimiento en cuanto sea necesario para la vida. En efecto, desnudo entra el hijo en este mundo, como se dice en Job 1,21; pero sus padres lo sustentan. En tercer lugar la enseñanza. Hebr 12, 9: "Hemos tenido a nuestros padres carnales para educarnos". Eccli 7, 25: "¿Tienes hijos? Instrúyelos". Los padres deben dar a sus hijos dos enseñanzas, porque, como se dice en Prov 22, 6, "Instruye al niño en su camino, que aun de viejo no se apartará de él"; y en Lamentaciones de Jeremías 3, 27: "Bueno es que el hombre soporte el yugo desde la mocedad". Y estas son las enseñanzas de Tobías a su hijo (Tobías IV), a saber: "el temor de Dios y la abstención de todo pecado". Lo cual es contra aquellos que se deleitan con las maldades de sus hijos. Pero, como se dice en Sab 4, 6: "Todos los hijos que nacen de padres inicuos son contra sus padres testigos de su iniquidad""
Y estas tres cosas, sin estar en el decálogo, son las tres principales obligaciones que encontramos en la Palabra de Dios de los padres con respecto a sus hijos. Tres cosas básicas, si tenemos en cuenta lo ya dicho: que el hombre se encuentra a sí mismo en su conyuge y sus hijos, y que al amarlos a ellos de forma perfecta, de forma perfecta se está amando a sí mismo.
(Sigue...)
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