domingo, 31 de marzo de 2013

FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN


                     FELIZ PASCUA DE RESURRECCIÓN.

Oh muerte, ¿dónde está tu victoria? (1ª Corintios 15)

sábado, 30 de marzo de 2013

Meditación para el Sábado Santo: La Soledad de María.


 "Anegada en dolor, está María junto a la Cruz. Y Juan, con Ella. Pero se hace tarde, y los judíos instan para que se quite al Señor de allí.

     Después de haber obtenido de Pilatos el permiso que la ley romana exige para sepultar a los condenados, llega al Calvario un senador llamado José, varón virtuoso y justo, oriundo de Arimatea. El no ha consentido en la condena, ni en lo que los otros han ejecutado. Al contrario, es de los que esperan en el reino de Dios (Lc XXIII,50-51). Con él viene también Nicodemo, aquel mismo que en otra ocasión había ido de noche a encontrar a Jesús, y trae consigo una confección de mirra y áloe, cosa de cien libras (Ioh XIX,39).

     Ellos no eran conocidos públicamente como discípulos del Maestro; no se habían hallado en los grandes milagros, ni le acompañaron en su entrada triunfal en Jerusalén. Ahora, en el momento malo, cuando los demás han huido, no temen dar la cara por su Señor.

     Entre los dos toman el cuerpo de Jesús y lo dejan en brazos de su Santísima Madre. Se renueva el dolor de María.

     —¿A dónde se fue tu amado, oh la más hermosa de las mujeres? ¿A dónde se marchó el que tú quieres, y le buscaremos contigo? (Cant V,17).

Nuestra Madre —desde la embajada del Angel, hasta su agonía al pie de la Cruz— no tuvo más corazón ni más vida que la de Jesús.

     Acude a María con tierna devoción de hijo, y Ella te alcanzará esa lealtad y abnegación que deseas."
San Josemaría. Vía Crucis


"Sin esposo, porque estaba
José de la muerte preso;
Sin Padre, porque se esconde; 
Sin Hijo, porque está muerto;
Sin luz, porque llora el sol; 
Sin voz, porque muere el Verbo; 
Sin alma, ausente la suya;
Sin cuerpo, enterrando el Cuerpo;
Sin tierra, que todo es sangre; 
Sin aire, que todo es fuego; 
Sin fuego, que todo es agua; 
Sin agua, que todo es hielo;
Con la mayor soledad 
Que humanos pechos vieron; 
Pechos que hubiesen criado,
Aunque virginales pechos. 
A la cruz, de quien pendía 
Un rojo y sangriento lienzo, 
Con que bajó de sus brazos 
Cristo sin alma, y Dios muerto: 
La sola del sol difunto 
Dice con divino esfuerzo,
Estas quejas lastimosas 
Y estos piadosos requiebros. 
¡Oh Teatro victorioso! 
Donde el Capitán eterno, 
Por dar a los hombres vida,
Venció a la muerte muriendo.
                                                                      Lope de Vega.

viernes, 29 de marzo de 2013

Meditación para el Viernes Santo: Las 7 Palabras (y IV)



Séptima Palabra
"Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23, 46)

"Era ya cerca de la hora sexta cuando, al eclipsarse el sol, hubo oscuridad sobre toda la tierra hasta la hora nona. El velo del Santuario se rasgó por medio y Jesús, dando un fuerte grito, dijo: «Padre, en tus manos pongo mi espíritu»  y, dicho esto, expiró.
Al ver el centurión lo sucedido, glorificaba a Dios diciendo: «Ciertamente este hombre era justo.»
 Y todas las gentes que habían acudido a aquel espectáculo, al ver lo que pasaba, se volvieron golpeándose el pecho.
Estaban a distancia, viendo estas cosas, todos sus conocidos y las mujeres que le habían seguido desde Galilea.
 Había un hombre llamado José, miembro del Consejo, hombre bueno y justo, que no había asentido al consejo y proceder de los demás. Era de Arimatea, ciudad de Judea, y esperaba el Reino de Dios. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús y, después de descolgarle, le envolvió en una sábana y le puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía.
 Era el día de la Preparación, y apuntaba el sábado.
Las mujeres que habían venido con él desde Galilea, fueron detrás y vieron el sepulcro y cómo era colocado su cuerpo,
Y regresando, prepararon aromas y mirra. Y el sábado descansaron según el precepto."

 
A su eterno Padre, ya el espíritu encomienda;
si mi vida no se enmienda,
¿en qué manos parará?
En las tuyas desde ahora
mi alma pongo, Jesús mío;
guardaría allí yo confío
para mi última hora.
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y aceptaste la voluntad de tu eterno Padre, resignando en sus manos tu espíritu, para inclinar después la cabeza y morir ; ten piedad de todos los hombres que sufren los dolores de la agonía, y de mí cuando llegue esa tu llamada; y por los méritos de tu preciosísima sangre concédeme que te ofrezca con amor el sacrificio de mi vida en reparación de mis pecados y faltas y una perfecta conformidad con tu divina voluntad para vivir y morir como mejor te agrade, siempre mi alma en tus manos.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Oración Final
1 Padre Nuestro, 1 Ave María, 1 Gloria


Fuente: Churchforum.org
Imágenes: Cristo de Velázquez (Montaje de "Pequeña Escuela de Oración")

jueves, 28 de marzo de 2013

Meditación para el Jueves Santo: Las 7 Palabras (III)

 
Quinta Palabra
"Tengo sed" (Jn 19, 28)
Sed, dice el Señor, que tiene;
para poder mitigar la sed que así le hace hablar,
darle lágrimas conviene.
Hiel darle, ya se le ha visto: la prueba, mas no la bebe:
¿Cómo quiero yo que pruebe la hiel de mis culpas Cristo?
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y no contento con tantos oprobios y tormentos, deseaste padecer más para que todos los hombres se salven, ya que sólo así quedará saciada en tu divino Corazón la sed de almas; ten piedad de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando llegue a esa misma hora; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme tal fuego de caridad para contigo y para con tu obra redentora universal, que sólo llegue a desfallecer con el deseo de unirme a Ti por toda la eternidad.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.



Sexta Palabra
"Todo está consumado" (Jn 19,30)
Con firme voz anunció Jesús, ensangrentado,
que del hombre y del pecado
la redención consumó.
Y cumplida su misión,
ya puede Cristo morir,
y abrirme su corazón
para en su pecho vivir.
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz, y desde su altura de amor y de verdad proclamaste que ya estaba concluida la obra de la redención, para que el hombre, hijo de ira y perdición, venga a ser hijo y heredero de Dios; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me halle en esos instantes; y por los méritos de tu preciosísima sangre, haz que en mi entrega a la obra salvadora de Dios en el mundo, cumpla mi misión sobre la tierra, y al final de mi vida, pueda hacer realidad en mí el diálogo de esta correspondencia amorosa: Tú no pudiste haber hecho más por mí; yo, aunque a distancia infinita, tampoco puede haber hecho más por Ti.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Oración Final
1 Padre Nuestro, 1 Ave María, 1 Gloria


Fuente: Churchforum.org
Imágenes: Cristo de Velázquez (Montaje de "Pequeña Escuela de Oración")

miércoles, 27 de marzo de 2013

Meditación para el Miercoles Santo: Las 7 Palabras (II)


Tercera Palabra
"He aquí a tu hijo: he aquí a tu Madre" (Jn 19, 26)
Jesús en su testamento a su Madre Virgen da:
¿y comprender quién podrá de María el sentimiento?
Hijo tuyo quiero ser,
sé Tu mi Madre Señora:
que mi alma desde a ahora
con tu amor va a florecer.
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y , olvidándome de tus tormentos, me dejaste con amor y comprensión a tu Madre dolorosa, para que en su compañía acudiera yo siempre a Ti con mayor confianza: ten misericordia de todos los hombres que luchan con las agonías y congojas de la muerte, y de mí cuando me vea en igual momento; y por el eterno martirio de tu madre amantísima, aviva en mi corazón una firme esperanza en los méritos infinitos de tu preciosísima sangre, hasta superar así los riesgos de la eterna condenación, tantas veces merecida por mis pecados.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.



Cuarta Palabra
"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27, 46)
Desamparado se ve
de su Padre el Hijo amado,
maldito siempre el pecado
que de esto la causa fue.
Quién quisiera consolar
a Jesús en su dolor,
diga en el alma: Señor,
me pesa: no mas pecar.
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y tormento tras tormento, además de tantos dolores en el cuerpo, sufriste con invencible paciencia la mas profunda aflicción interior, el abandono de tu eterno Padre; ten piedad de todos los hombres que están agonizando, y de mí cuando me haye también el la agonía; y por los méritos de tu preciosísima sangre, concédeme que sufra con paciencia todos los sufrimientos, soledades y contradicciones de una vida en tu servicio, entre mis hermanos de todo el mundo, para que siempre unido a Ti en mi combate hasta el fin, comparta contigo lo mas cerca de Ti tu triunfo eterno.

Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Oración Final
1 Padre Nuestro, 1 Ave María, 1 Gloria


Fuente: Churchforum.org
Imágenes: Cristo de Velázquez (Montaje de "Pequeña Escuela de Oración")

martes, 26 de marzo de 2013

Meditación para el Martes Santo: Las 7 Palabras (I)


Primera Palabra
"Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen" (Lc 23,34)
Aunque he sido tu enemigo,
mi Jesús: como confieso,
ruega por mí: que, con eso,
seguro el perdón consigo.

Cuando loco te ofendí,
no supe lo que yo hacía:
sé, Jesús, del alma mía
y ruega al Padre por mí
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la cruz para pagar con tu sacrificio la deuda de mis pecados, y abriste tus divinos labios para alcanzarme el perdón de la divina justicia: ten misericordia de todos los hombres que están agonizando y de mí cuando me halle en igual caso: y por los méritos de tu preciosísima Sangre derramada para mi salvación, dame un dolor tan intenso de mis pecados, que expire con él en el regazo de tu infinita misericordia.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.



Segunda Palabra
"Hoy estarás conmigo en el Paraíso" (Lc 23, 43)
Vuelto hacia Ti el Buen Ladrón
con fe te implora tu piedad:
yo también de mi maldad
te pido, Señor, perdón.
Si al ladrón arrepentido
das un lugar en el Cielo,
yo también, ya sin recelo
la salvación hoy te pido.
Señor y Dios mío, que por mi amor agonizaste en la Cruz y con tanta generosidad correspondiste a la fe del buen ladrón, cuando en medio de tu humillación redentora te reconoció por Hijo de Dios, hasta llegar a asegurarle que aquel mismo día estaría contigo en el Paraíso: ten piedad de todos los hombres que están para morir, y de mí cuando me encuentre en el mismo trance: y por los méritos de tu sangre preciosísima, aviva en mí un espíritu de fe tan firme y tan constante que no vacile ante las sugestiones del enemigo, me entregue a tu empresa redentora del mundo y pueda alcanzar lleno de méritos el premio de tu eterna compañía.
Señor pequé, Ten piedad y misericordia de mí.

Oración Final
1 Padre Nuestro, 1 Ave María, 1 Gloria


Fuente: Churchforum.org
Imágenes: Cristo de Velázquez (Montaje de "Pequeña Escuela de Oración")

lunes, 25 de marzo de 2013

Meditación para el Lunes Santo: LA AGONÍA DEL HUERTO

Por medio de la triple oración de su agonía Jesús quiso manifestar, con su tristeza de muerte delante del pecado del mundo, la víspera del viernes, antes del comienzo de su pasión externa, la disposición santísima de esta humanidad, su ofrenda como víctima (verbalizada ya en la cena) por los pecadores. Aunque experimentaba un horror natural respecto de los sufrimientos, los suplicios y de una muerte sangrienta, se ofrecía en un acto de libre y voluntaria obediencia a la voluntad salvífica del Padre para consumar la obra de la Redención. Fue en ese momento que – según el Evangelio Según San Lucas – el Ángel Consolador se apareció a Jesús para fortalecerlo (22, 43). Proponiéndole consideraciones que podían aminorare su tristeza y fortalecer las potencias inferiores de su alma, el Ángel, observa Suárez, no enseñó a Cristo como un maestro que ilumina a un discípulo. Cristo no ignoraba los pensamientos propuestos por el Ángel, pero su razón superior los tomaba en consideración sin permitir a sus potencias inferiores recibir consolación alguna; el Ángel se le apareció de un manera sensible, humana, y le habó exteriormente.
Cristo quiso recibir este consuelo como un don del Padre, lo recibió con gratitud, respecto y humildad.
Este consuelo no tenía por única finalidad o por efecto dispensarlo de sufrir por la salvación del mundo, sino, por el contrario, de ayudarlo. Bien lo muestra el Evangelio de Lucas, según el cual la aparición consoladora es seguida por la “agonía” una oración más intensa y por el sudor de sangre. Más profundamente, este consuelo no significaba que Cristo hubiese tenido necesidad del auxilio angélico – el Creador de los Ángeles podía hacer descender del cielo doce legiones de Ángeles (Mt. 26, 53) sino que le pareció necesario ser fortificado con miras a nuestra consolación, de la misma manera que estuvo triste por nuestra causa – propter nos tristis, propter nos confortatus - dice Beda el Venerable, seguido por San Buenaventura. Al aceptar este consuelo por nosotros, y en nuestro nombre, Jesús mostraba la realidad de su humanidad  y de la debilidad humana que le reconocía la Epístola a los Hebreos. En la aceptación, por nosotros y a favor nuestro, del consuelo angélico, Jesús significaba anticipadamente  que aceptaría para consolarnos nuestros consuelos. No sólo nos hacía merecedores de poderlo consolar sino, también por generosidad respecto de nosotros, hacer de nosotros sus consoladores para consolarnos en nuestros momentos de desolación.
Al orar por sí mismo, Jesús agonizante manifestaba la voluntad salvífica del Padre respecto de nosotros. “No mi voluntad, mi voluntad espontánea de no morir sino tu voluntad sobre mi voluntad por la salvación del mundo”. Podemos decir, pues, con Santo Tomás de Aquino que su oración por sí mismo era también oración por los otros; y el santo agrega: “todo hombre que pide a Dios un bien para emplearlo en beneficio de los otros no oran sólo por sí mismos, sino también por los demás”. La voluntad de Cristo de ser consolado es por tanto, voluntad consoladora, lejos de ser signo de egoísmo. Con  el fin de consolarnos en Él, quiere ser consolado por nosotros. Para fortalecernos quiso ser fortalecido por un Ángel.

Bertrand de Margerie S.J.


Dedicado a Françoise Devaux Patel
Tomado de Histoire doctrinal du culte au Coeur de Jesús
Editorial MAME
Traducido del francés por José Gálvez Krüger
Para ACI Prensa

domingo, 17 de marzo de 2013

LA ORACIÓN DE LOS CINCO DEDOS

Me llega esta oración que unos atribuyen a nuestro Papa Francisco y otros dicen que si bien él la ha recomendado no es de autoría. Lo que menos importa de esto es el autor, sino su utilidad.
Se trata de la oración de los cinco dedos (o "una oración en cada dedo"), una forma sencilla y práctica de pedir a Dios por todo el mundo. Creo que es muy práctica para enseñar a orar a nuestros niños, a los jóvenes y a todo aquel que no tenga mucha práctica de oración diaria. Así cada dedo de nuestra mano nos recuerda a alguien por quien pedir.
El único "pero" que le pondría, si se le puede poner alguno (pero para eso soy granaíno), es que es sólo una oración de petición, y también tenemos que aprovechar para dar gracias. Así que al final de cada petición yo he añadido una pequeña acción de gracias, por esos mismos que hemos pedido.
Espero nos sea de utilidad.

UNA ORACIÓN EN CADA DEDO

1. El pulgar es el más cercano a ti. Asi que empieza orando por quienes estan más cerca de ti. Son las personas más fáciles de recordar. Nuestra familia, nuestros amigos, con quienes trabajo o estudio.......... Orar por nuestros seres queridos es "una dulce obligación". También damos gracias a Dios por ponerlos a nuestro lado.

2. El siguiente dedo es el índice. Ora por quienes enseñan, instruyen y sanan. Esto incluye a los maestros, profesores, médicos y sacerdotes. Ellos necesitan apoyo y sabiduría para indicar la dirección correcta a los demás. Tenlos siempre presentes en tus oraciones. También damos gracias a Dios por su esfuerzo y su trabajo.

3. El siguiente dedo es el más alto. Nos recuerda a nuestros líderes. Ora por el presidente, los congresistas, los empresarios y los gerentes. Estas personas dirigen los destinos de nuestra patria y guian a la opinión pública. Necesitan la guia de Dios. También damos gracias a Dios por su dedicación y su trabajo.

4. El cuarto dedo es nuestro dedo anular. Aunque a muchos les sorprenda, es nuestro dedo más debil, como te lo puede decir cualquier profesor de piano. Debe recordarnos orar por los más debiles, con muchos problemas o postrados por las enfermedades. Necesitan tus oraciones de día y de noche. Nunca será demasiado lo que ores por ellos. También debe invitarnos a orar por los matrimonios y las familias. Damos gracias Dios por su ejemplo, su lucha constante y su valentía.

5. Y por último está nuestro dedo meñique, el más pequeño de todos los dedos, que es como debemos vernos ante Dios y los demás. Como dice la Biblia "los últimos serán los primeros". Tu meñique debe recordarte orar por ti. Cuando ya hayas orado por los otros cuatro grupos verás tus propias necesidades en la perspectiva correcta, y podrás orar mejor por las tuyas.Doy gracias a Dios por todo lo que me ha dado, empezando por el don de la vida y de la fe.

jueves, 14 de marzo de 2013

"Caminar, edificar, confesar", primera homilía de S.S. el Papa Francisco


 La primera homilía de S.S. el Papa Francisco, ha sido una declaración de intenciones, y a la vez un adelanto de lo que será la Santa Misa de entronización del próximo 19 de Marzo. 
"Caminar, edifica y confesar a Cristo", es el camino que nuestro Santo Padre marca frente al inmovilismo, el relativismo y el pensar que todo está hecho. Una llamada a la Nueva Evangelización, a llevar la palabra de Cristo a todo el mundo, a vivir y aesforzarnos en nuestro día a día a llevar una "vida irreprochable", y a seguir construyendo sobre piedra, sin detenernos y confesando a Cristo en todo momento. "Si no confesamos a Jesucristo, la cosa no funciona. Nos convertiríamos en una ONG piadosa, pero no en la Iglesia, esposa del Señor. Cuando no se camina, nos detenemos”. 
Sus primeros gestos y sus palabras están moviendo y removiendo a todo el mundo, no sólo a la cristiandad. 

Desde la Lucerna no queda más que decirle: BIENVENIDO FRANCISCO. Dios le bendiga y le ayude en todo momento, con la luz del Espíritu Santo, en su santa tarea como Vicario de Cristo y pastor de toda la cristiandad.
 
Texto completo de la homilía del Papa Francisco en la celebración de la Santa Misa por la Iglesia con los cardenales en la Capilla Sixtina.
En estas tres Lecturas veo algo en común: el movimiento. En la Primera Lectura el movimiento es el camino; en la segunda Lectura, el movimiento está en la edificación de la Iglesia; en la tercera, en el Evangelio, el movimiento está en la confesión. Caminar, edificar, confesar.
Caminar. Casa de Jacob: “Vengan, caminemos en la luz del Señor”. Esta es la primera cosa que Dios dijo a Abraham : “Camina en mi presencia y sé irreprensible”. Caminar: nuestra vida es un camino. Cuando nos detenemos, la cosa no funciona. Caminar siempre, en presencia al Señor, a la luz del Señor, tratando de vivir con aquel carácter irreprensible que Dios pide a Abraham, en su promesa.
Edificar. Edificar la Iglesia, se habla de piedras: las piedras tienen consistencia; las piedras vivas, piedras ungidas por el Espíritu Santo. Edificar la Iglesia, la esposa de Cristo, sobre aquella piedra angular que el mismo Señor, y con otro movimiento de nuestra vida, edificar.
Tercero, confesar. Podemos caminar todo lo que queramos, podemos edificar tantas cosas, pero si no confesamos a Jesucristo, la cosa no funciona. Nos convertiríamos en una ONG (Organización No Gubernamental) de piedad, pero no en la Iglesia, esposa del Señor. Cuando no caminamos, nos detenemos. Cuando no se construye sobre la piedra ¿qué cosa sucede? Pasa aquello que sucede a los niños en la playa cuando construyen castillos de arena, todo se desmorona, no tiene consistencia. Cuando no se confesa a Jesucristo, me viene la frase de León Bloy “Quien no reza al Señor, reza al diablo”. Cuando no se confiesa a Jesucristo, se confiesa la mundanidad del diablo, la mundanidad del demonio.
Caminar, edificar-construir, confesar. Pero la cosa no es así de fácil, porque en el caminar, en el construir, en el confesar a veces hay sacudidas, hay movimiento que no es justamente del camino: es movimiento que nos echa para atrás.
Este Evangelio continua con una situación especial. El mismo Pedro que ha confesado a Jesucristo, le dice: “Tú eres Cristo, el Hijo del Dios vivo. Yo te sigo, pero no hablemos de Cruz. Esto no cuenta”. “Te sigo con otras posibilidades, sin la Cruz”. Cuando caminamos sin la Cruz, cuando edificamos sin la Cruz y cuando confesamos un Cristo sin Cruz, no somos Discípulos del Señor: somos mundanos, somos obispos, sacerdotes, cardenales, papas, pero no discípulos del Señor.
Quisiera que todos, luego de estos días de gracia, tengamos el coraje - precisamente el coraje - de caminar en presencia del Señor, con la Cruz del Señor; de edificar la Iglesia sobre la sangre del Señor, que ha sido derramada sobre la Cruz; y de confesar la única gloria, Cristo Crucificado. Y así la Iglesia irá adelante.
Deseo que el Espíritu Santo, la oración de la Virgen, nuestra Madre, conceda a todos nosotros esta gracia: caminar, edificar, confesar Jesucristo. Así sea. 

domingo, 10 de marzo de 2013

Siempre en nuestro corazón, Benedicto


Tras la renuncia del ya Papa Emerito Benedicto XVI, que se hizo efectiva el pasado día 28 de Febrero, y ahora que en apenas dos días comenzará el cónclave que elegirá al nuevo Sumo Pontífice que regirá nuestra Iglesia, quiero traer a esta entrada parte del texto que publiqué en la Cuaresma de 2007 en la revista Gólgota y que hacía referencia a la elección de Joseph Ratzinger como Papa y a su primera encíclica acontecida apenas 24 meses después. Sirva como homenaje a nuestro querido Papa Benedicto XVI y meditación para la nueva elección que está por llegar:



Del artículo de Gólgota: DIOS ES AMOR
 Annuntio vobis gaudium magnum; habemus Papam:
Eminentissimum ac Reverendissimum Dominum,Dominum Josephum....” 

El día 19 de Abril de 2005 el cardenal protodiácono, el chileno Jorge Arturo Medina Estévez, comenzaba con estas palabras a revelar al mundo quien era el nuevo Papa, quien era aquel que iba a relevar al que ya muchos llamaban como Juan Pablo II el Grande.
Se había asomado, precedido de la cruz al Balcón de la Bendiciones que preside la Plaza de San Pedro del Vaticano, y al proclamar el nombre de José (“Josephum”), todos ya sabíamos que el nuevo Papa era el cardenal Ratzinger. Y así prosiguió el protodiácono, declamando la identidad completa de aquel que había dejado de ser “Eminencia” para ser “Su Santidad”: 
Sanctae Romanae Ecclesiae Cardinalem Ratzinger qui sibi nomen imposuit Benedictum XVI

La mayoría de los medios de comunicación, parte del mundo y hasta determinados sectores de la Iglesia recibieron la noticia con cierta frialdad y cautela. Ciertos profesionales de la Información nos habían estado vendiendo la imagen de un Cardenal Ratzinger que venía a ser el nuevo Gran Inquisidor. Teníamos hasta este momento la imagen de un Cardenal duro, frío, intransigente. O al menos eso era lo que nos habían hecho creer. Era lo que creíamos más por lo que nos habían dicho, que por lo que sabíamos por nosotros mismos.
Hablé poco después con el sacerdote que me casó, con mi amigo Juan Carlos Navarro y me dijo que él creía que sería un buen Papa y que además sería un Papa que aguardaba grandes y gratificantes sorpresas para la cristiandad.
Y tengo que reconocer que a partir de esa conversión de José Ratzinger en Benedicto XVI todo fueron sorpresas….. y buenas.
El lobo que nos habían vendido, se había convertido en el pastor de los cristianos. Los titulares de la prensa, al ver sus primeras apariciones, y sus primeras declaraciones ahora decían “El que llamaban rottweiler ha resultado ser un buen Pastor Alemán”.   
Salvo determinados sectores poco favorables con la Iglesia, todos empezaron a ver en ese rostro tímido que se asomó sobre el todavía tapiz pontifical de Juan Pablo II el 19 de Abril, un papa bueno, lleno de bondades y con ilusión por hacer la Voluntad de Dios.
Los ojos cansados, pero ilusionados, tímidos, pero llenos de fuerza del Espíritu que nos miraban con agradecimiento, humildad y sencillez desde la loggia del Vaticano aquella tarde, nada tenían que ver con los ojos que nos habían vendido.
Muchos amigos de diversas cofradías me llamaron esa tarde para intercambiar opiniones, y con todos hablamos de “esperar”, de dejar que siguiera soplando el Espíritu Santo, como acabada de hacerlo en la elección de un Papa que nos daba una primera sorpresa al elegir un nombre asociado, como era el caso de su antecesor Benedicto XV, a la lucha por la paz y la conciliación de los pueblos.  
Su anterior cargo al frente de la Congregación para la Doctrina de la Fe, había dado una imagen del ahora Papa Benedicto XVI de hombre severo, atento a cuestiones meramente doctrinales, y encargado de la ortodoxia de la fe y de la teología, pero que en cuanto hablábamos con personas de Iglesia que habían leído sus escritos y libros y habían seguido su trayectoria personal y pastoral nos hablaban de una de la mentes intelectuales más prodigiosas de nuestro tiempo, uno de los grandes pensadores de la actualidad. Y al verlo salir a ese balcón, con un rostro que reflejaba ese deseo de dar lo mejor de sí mismo para llevar la Voluntad de Dios en medio de la Iglesia. Al ver esas manos, faltas de experiencia en el saludo, que se alzaban llenas de ilusión dando gracias y bendiciendo, al ver esos ojos llenos de sencillez y al escuchar sus primeras palabras llenas de humildad y de amor de Dios, vimos como se nos caían muchos prejuicios y además de un gran intelectual encontrábamos un hombre con un buen corazón y lleno de Cristo.


El gran regalo que nos ha dado Benedicto XVI en estos apenas 24 meses de Pontificado, ha sido la encíclica “Dios es Amor
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