miércoles, 22 de agosto de 2012

La Alegría (II)

“Un consejo para ser feliz: evitar el pecado y frecuentar la Santa Comunión.” (San Juan Bosco)

Decía en la anterior entrada que existe dos tipos de alegría, según se observa muy bien en la Parabola del hijo pródigo. La alegría de las bellotas, de las algarrobas, que conduce a la desesperanza, y la alegría auténtica, la que deja posos en nuestra alma, que es la que sigue al abrazo del Padre.
Y comentaba también que un cristiano en contacto con Dios es un cristiano alegre. Que la principal muestra de que un cristiano está lleno de Dios es su felicidad sincera.

El Apostolado de la Alegría
Decía San Josemaría Escrivá: "Ten un propósito sincero: hacer amable y facil el camino a los demás, que bastantes amarguras trae consigo la vida".

No podemos dar ejemplo ni llamarnos cristianos, si no damos ejemplo al mundo, si no transmitimos una alegría profunda (interior y exterior). El cristiano no puede tener el rostro arisco, no puede tener en su corazón sentimientos intolerantes o pesimistas. Nuestro primer motivo de alegría es la esperanza y la fe en Dios, el amor que nos tiene y el que le demos debe hacer brotar de nuestro corazón una alegría sincera, completa, “de dientes para adentro”.
La tristeza solo cabe en quien ha perdido la esperanza, en quien ha sido abandonado. Y Dios nunca nos abandona, y estar en comunión con Él en el cielo es una promesa que debe alegrarnos permanentemente.
El apostolado de la alegría es convincente, porque es un testimonio directo de quien se ha olvidado de sus propios problemas para preocuparse por los demás, y muy especialmente por haber puesto su corazón en Dios.
La alegría es propia de los enamorados. Cuando alguien pasa por ahí canturreando y con una sonrisa en los labios, con un semblante pacífico, pensamos fácilmente “ah, son las cosas del amor”. Pues los católicos tenemos muchas y muy buenas razones para tener esa alegría propia de los enamorados.
“La alegría es el amor disfrutado; es su primer fruto. Cuanto más grande es el amor, mayor es la alegría (SANTO TOMÁS, Suma Teológica). Dios es amor (1, 4,8) enseña San Juan; un Amor sin medida, un Amor eterno que se nos entrega. Y la santidad es amar, corresponder a esa entrega de Dios al alma. Por eso, el discípulo de Cristo es un hombre, una mujer, alegre, aun en medio de las mayores contrariedades: Y Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22). “Un santo triste es un triste santo” se ha escrito con verdad. Porque la tristeza tiene una íntima relación con la tibieza, con el egoísmo y la soledad. 

El Señor nos pide el esfuerzo para desechar un gesto adusto o una palabra destemplada para atraer muchas almas hacia Él, con nuestra sonrisa y paz interior, con garbo y buen humor. Si hemos perdido la alegría, la recuperamos con la oración, con la Confesión y el servicio a los demás sin esperar recompensa aquí en la tierra.”  Podemos conseguir mucho más con una sonrisa, con un rostro amable, con un gesto fraternal, que con una regañina, una ironía dañina o una mirada despectiva.
“La alegría verdadera, la que perdura por encima de las contradicciones y del dolor, es la de quienes se encontraron con Dios en las circunstancias más diversas y supieron seguirle. Y, entre todas, la alegría de María: Mi alma glorifica al Señor, y mi espíritu está transportado de alegría en Dios, salvador mío (Lucas 1, 46-47). Ella posee a Jesús plenamente, y su alegría es la mayor que puede contener un corazón humano. La alegría es la consecuencia inmediata de cierta plenitud de vida. Y para la persona, esta plenitud consiste ante todo en la sabiduría y en el amor (SANTO TOMÁS, Suma Teológica). Por su misericordia infinita, Dios nos ha hecho hijos suyos en Jesucristo y partícipes de su naturaleza, que es precisamente plenitud de Vida, Sabiduría infinita, Amor inmenso. No podemos alcanzar alegría mayor que la que se funda en ser hijos de Dios por la gracia, una alegría capaz de subsistir en la enfermedad y en el fracaso: Yo os daré una alegría que nadie os podrá quitar (Juan 16, 22) prometió el Señor en la Última Cena. “ (Francisco Fernández Carvajal, "Hablar con Dios". Sáb. 2ª semana del T. O.)
  
Alegría en la cruz
No podríamos hablar de la Alegría sin hablar de la Cruz, porque para el cristiano la ofrenda que hizo el Señor de Su propia Vida por nuestra redención cobra un papel fundamental para nuestras vidas. El cristiano sufre, llora, tiene momentos amargos y siente dolor como cualquier otro ser humano. Sin embargo, encontramos un sentido en nuestros sentimientos de dolor y en nuestras dificultades. Ese sentido está en cargar nuestra propia cruz, y seguir el ejemplo de Jesús. La Cruz, otro gran misterio para el hombre, es un trono de alegría, porque Dios transforma el dolor en gozo, la pena en júbilo, la muerte en resurrección.

Nuestras cruces nos ayudan a identificarnos con Jesús. Siempre nos pesan, no cabe duda, pero el amor a Dios puede más que cualquier contrariedad, y cuando ofrecemos nuestras propias cruces amorosamente, Dios las transformará en alegría.

El cristiano debe tener como centro de su vida al amor, y el fruto directo de ese amor es la alegría. No podemos encontrar un ejemplo más hermoso de alegría que el que nos da la Santísima Virgen en el “Magníficat”: «Proclama mi alma la grandeza del Señor; se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava» (Lc 1, 46-48). Pidámosle a ella, Santa María causa de nuestra alegría, que nos enseñe a impregnar nuestra alma, nuestro semblante, nuestros actos y nuestras palabras con la alegría que nos trajo Nuestro Señor Jesucristo.

Por eso, que vivamos la alegría verdadera, la que flota por encima del dolor, y no nos quedemos en la alegría "de las bellotas".  


 Estad siempre alegres (1 Ts 5,16-24)


NOTA: (Muchas de estas ideas han surgido con, y de, la lectura de "Dónde duerme la ilusión. La tibieza" de Francisco Fernández Carvajal.)

miércoles, 15 de agosto de 2012

La Alegría (I)


 He estado leyendo un texto que, después de hacerme reflexionar, me ha llevado a escribir estas líneas.

La Parabola del hijo pródigo, nos narra la historia de un hijo que pide su herencia a su padre y se marcha "a vivir su vida". Jesús, cuenta como malgastó su hacienda y al final arruinado, y trabajando cuidando cerdos, colmado por el hambre, pedía comer las algarrobas y las bellotas que comían los puercos. 
Tras plantearse su vida, vuelve a casa de su padre, y tras fundirse en un fuerte abrazo con él, que lo esperaba con los brazos abiertos, no deja ya de vivir la auténtica felicidad. 

Por tanto, el Evangelista nos describe dos tipos de alegría, de felicidad. La primera, la meramente humana, alejada del Padre, es externa, temporal, pasajera y acaba en la miseria, en la tristeza, en el hambre y el desasosiego. Es la "felicidad de las bellotas", la que acaba en las algarrobas. La segunda, la que empieza con el abrazo del padre es eterna, interior, profunda y no tiene barreras ni límites. Es la felicidad del abrazo del Padre. del encuentro con los hermanos, de la entrega incondicional. De la sonrisa sincera, que deja poso en el alma.

"Parece que te obstinas en desconocer la segunda parte de la parábola del hijo, y todavía sigues apegado a la pobre felicidad de las bellotas. Soberbiamente herido por tu fragilidad, no te decides a pedir perdón, y no consideras que te espera la jubilosa acogida de tu Padre Dios, la fiesta por tu regreso y por tu recomienzo" (Surco, 65).
Es cierto. La paz de Dios, no es de este mundo. O no se entiende si no es mirando a Dios cara a cara. 
No somos los cristianos gente triste. Si lo fueramos es que no estamos viviendo el Evangelio. El primer apostolado es el de la sonrisa. 
Al hijo pródigo le espera una fiesta organizada por su padre. Hay comida, música, vino, amigos, risas, bromas..... Pero lo más importante es que "hay algo más" en el fondo y el alma de todos. No tiene nada que ver esa fiesta, aunque tenga las mismas cosas materiales, con las que vivía el hijo pródigo gastandose toda la fortuna heredada.

Una florecilla de San Francisco sobre la alegría:
"Cierto día, San Francisco, estando en Santa María, llamó al hermano León y le dijo:
-Hermano León, escribe. Este le respondió:
-Ya estoy listo.
-Escribe- le dijo- cuál es la verdadera alegría: Llega un mensajero y dice que todos los maestros de París han venido a la Orden. Escribe:. "No es verdadera Alegría".Escribe también que han venido a la Orden todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; que también el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: "No es verdadera Alegría".Igualmente, que mis hermanos han ido a los infieles y han convertido a todos ellos a la fe. Además, que he recibido yo de Dios una gracia tan grande, que curo enfermos y hago muchos milagros. Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.Pues ¿cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y, ya de noche avanzada, llego aquí; es tiempo de invierno, todo está embarrado y el frío es tan grande, que en los bordes de la túnica se forman carámbanos de agua fría congelada, que hacen heridas en las piernas hasta brotar sangre de las mismas.Y todo embarrado, helado y aterido, me llego a la puerta y, después de estar un buen rato tocando y llamando, acude el hermano y pregunta:

-¿Quién es? Yo respondo: -El hermano Francisco. Y él dice: -Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino. Aquí no entras.Y, al insistir yo de nuevo, contesta:

-Largo de aquí. Tú eres un simple y un paleto. Ya no vas a venir con nosotros. Nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.Y yo vuelvo a la puerta y digo:

-Por amor de Dios, acogedme por esta noche. Y él responde: -No me da la gana. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí.Te digo: si he tenido paciencia y no he perdido la calma en esto está la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y el bien del alma."
Esta anecdota, o se observa desde el prisma del Evangelio, desde la luz de Cristo, no se entiende, no se puede comprender. 

En tiempos de los primeros cristianos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,46), había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la Libertad que trajo el Redentor.
Hoy, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces duro y no nos extraña conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez hoy más que nunca apreciamos la Alegría como una característica de las personas santas. Por eso decía Santa Teresa de Jesús aquello de "Un santo triste, es un triste santo".

La alegría es misteriosa
Muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de Calcuta con su sonrisa y alegría que salía del alma mientras dedicaba sus cuidados a los menesterosos y enfermos que todo el mundo rechazaba.
Como nos dice el Santo Padre (Aloc. 24-11-1979) “La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar en lo intimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría!”
Efectivamente, la alegría cristiana no es fácil de describir y es misteriosa. Como el amor, en la alegría hay misterio.
Pero los cristianos tenemos un motivo fundamental para estar alegres: “Somos hijos de Dios y nada nos debe turbar; ni la misma muerte. Para la verdadera alegría nunca son definitivas ni determinantes las circunstancias que nos rodeen, porque está fundamentada en la fidelidad a Dios, en el cumplimiento del deber, en abrazar la Cruz. Sólo en Cristo se encuentra el verdadero sentido de la vida personal y la clave de la historia humana. La alegría es uno de los más poderosos aliados que tenemos para alcanzar la victoria (1 Marcos, 3, 2). Este gran bien sólo lo perdemos por el alejamiento de Dios (el pecado, la tibieza, el egoísmo de pensar en nosotros mismos), o cuando no aceptamos la Cruz, que nos llega de diversas formas: dolor, enfermedad, contradicción, cambio de planes, humillaciones. La tristeza hace mucho daño en nosotros y en los demás. Es una planta dañina que debemos arrancar en cuanto aparece, con la Confesión, con el olvido de sí mismo y con la oración confiada.” (Francisco Fernández Carvajal, "Hablar con Dios"Sáb. 2ª sem. Del T. O.). 

Vivir el amor, a Dios y a los hermanos, a tu familia y tus amigos, a conocidos y desconocidos, es el mayor remedio contra la tristeza, la pesadumbre, el pesimismo y la desesperanza.
La verdadera alegría no se queda en mí. Retorna a los demás. Porque la verdadera alegría es darse.

Por eso, que vivamos la alegría verdadera, la que flota por encima del dolor, y no nos quedemos en la alegría "de las bellotas".  
NOTA: (Muchas de estas ideas han surgido de, y con, la lectura de "Dónde duerme la ilusión. La tibieza" de Francisco Fernández Carvajal.)

lunes, 6 de agosto de 2012

Lluvia de estrellas

La otra noche, al volver a casa después de un paseo, uno de mis hijos, el mayor (bueno, si se puede decir que 6 años es ser mayor), comentó "ojalá no se hubieran inventado las farolas". Mi mujer y yo nos sorprendimos bastante ante tal afirmación.
- Pero Angel, si no hubiera farolas estarían todas las calles muy oscuras
- Y daría miedo andar de noche...... - Le respondimos
A lo que él nos contestó con la serenidad y la inocencia de un niño, con la trasparencia y la frescura que solamente los niños aportan:
- Ya, pero con la luz de las farolas no podemos ver las estrellas.
¡Cuanta sabiduría en tan poca estatura física!
Hoy, en el día de la transfiguración del Señor, el Evangelio nos llama a mirar más allá de las apariencias, y sobre todo en saber encontrar lo verdaderamente importante en todas las cosas de nuestra vida. Así como los discípulos pudieron y supieron ver en Jesús al Mesías, al Hijo de Dios Vivo, a la Palabra encarnada, mientras el resto no veían más que a un hombre más, especial sí, pero como un profeta más, así nosotros tenemos que saber buscar lo importante detrás de las cosas.

Tantas son las farolas, las luces artificiales, las luminarias ficticias, las ilusiones postizas que nos rodean que distraen nuestra atención de lo verdaderamente importante.... 
Es tan facil dejarse llevar por el "vive el día" de una forma artificial, pasajera, que no deja poso en nuestro interior..... que dejamos de ver las estrellas que orientan nuestra vida. Las que siempre brillan a pesar de todo, las que parpadean con guiños de amor y confidencia desde el horizonte.

Allí están. Apaga por un momento todas las luces. Deja tu vida en la oscuridad de lo artificial. Cierra los ojos y vuelve a abrirlos. Estás ciego todavía por el resplandor espurio. Espera. Acostumbrate. Te costará al principio. Pero ya lo ves. Es como cuando apagas las luces al acostarte. No ves nada y luego lo ves todo. Asomate al balcón de tu vida. ¡Están ahí! ¿la ves? No sabías cuantas estrellas había a tu alrededor. ¡Cómo brilla el cielo! La oscuridad que te vendían era mentira. Las ves como refulgen alrededor tuya. 
¡Sal a la calle! Mira allí, la constelación de tus hijos alumbrando como ninguna. La constelación de tu esposo/a sonriendo en cada parpadeo, la Vía Familiar, las estrellas de tu familia tendiendote su luz, tus verdaderos amigos, son pocos, pero ¡¡cómo brillan!!, la constelación de tu comunidad de fe, la estrella de tu director espiritual, la luminaria de todos aquellos que buscan lo mejor para tí y no para ellos....¡¡Cuantas estrellas que no veíamos antes o que apenas percibíamos!!! Y marcandonos el camino verdadero, la ruta a seguir, la Estrella Polar del Evangelio.
 
El otro día leí una cita de Paulo Coelho: "Hay vida antes de la muerte". ¡Es cierto! ¡Y está aquí! En todo lo auténtico que me hace ser feliz de verdad y que me deja un poso de alegría que no pasa, aunque lo entierre. Todo esto que me hace vivir el Reino de Dios desde ¡ya!.
Tu sonrisa es distinta, porque sonries de verdad rodeado de la luz verdadera. Comienzas a caminar. Sabes que la luz lunar, siempre llena, de nuestra Madre Santísima nunca te abandona.

Nos habíamos acostumbrado a la luz tenue de estas estrellas y nos habíamos dejado deslumbrar por las artificiosas luces de neón. Es normal. A veces nos protegemos de la luz del mismo Dios, sol de nuestra vida. Y nos escondemos detrás de gafas, viseras y sombras de vida.
Pero recuerda. Aunque se vuelvan a encender todas aquellas luces que te daban esa luz artificial, alrededor tuya siempre estarán brillando, aunque no las veas, los fulgores auténticos. Y cuando todas las demás se apaguen, se fundan o pasen de moda (que lo harán), sólo permanecerá a tu alrededor las constelaciones auténticas que siempre brillarán alrededor de tu vida.

Hoy es el día de la Transfiguración del Señor. Los apóstoles tuvieron el don de ver a Cristo en toda su gloria. Pero no fue para ellos una sorpresa porque con los ojos de la fe ya conocían la auténtica realidad. Que aquel hijo del carpintero, Jesús el de Nazaret, hijo de José y María, era el Mesías, el Hijo de Dios. Ya habían visto la luz de las estrellas a pesar de las farolas.

Que nosotros sepamos también ser trascendentes. Que veamos más allá de lo ordinario y lo vulgar y encontremos la auténtica luz que brilla en nuestras vidas. La luz artificial no es mala, como le dijimos a nuestro hijo, siempre que no desdibuje la luz de las estrellas. Siempre que sepamos qué luz es la del faro que nos lleva a buen puerto y cual es la que hunde nuestro barco junto al arrecife.

Y le pedimos ayuda a Dios y María Santísima para esto. Para saber transformar los acontecimientos ordinarios en extraordinarios. Para encontrar la huella de Dios y de todo aquello que nos ayuda en nuestra vida. Para ver detrás de cada cosa y encontrar entre la luz articicial, esa luz del sol, de la luna y de las estrellas que transfiguran nuestra vida y nos hacen felices de verdad.

Que el próximo día 10 de Agosto, día de San Lorenzo y famoso por sus perseidas, nos acordemos especialmente de esto y toda la lluvia de estrellas caiga dentro de nuestro corazón y del de todas las personas que amamos.

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BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

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1 de Mayo de 2011

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