viernes, 29 de mayo de 2015

A LA LUZ DE MARÍA SANTÍSIMA DE LA AMARGURA

A continuación reproduzco el artículo que me publicaron en la revista de COPE de la pasada Semana Santa:

A LA LUZ DE MARÍA SANTÍSIMA DE LA AMARGURA
Ya se acerca la hora. Ya oímos abrirse los postigos que anuncian su Coronación. Ya el ansiado día se vislumbra como el sol despuntando al alba, oculto pero deslumbrante, sereno pero cálido, humilde pero majestuoso.
Llegó el momento. Estamos ya en el atrio de la Coronación Canónica de María Santísima de la Amargura.

Ha pasado el tiempo y se han cumplido las fechas. Parece que fue ayer, cuando Adelardo Mora Guijosa, Hermano Mayor de la Cofradía, comenzó a conducir, ilusionandonos a todos y dotando este proyecto de profundidad, fe y amor, todo este proceso de Coronación. Así,  en aquel año Santo proclamado por San Juan Pablo II, dedicado al Santo Rosario, se presentó la propuesta de Coronación Canónica a nuestro Arzobispo. 
María Santísima de la Amargura cumplía, a entender de todos sus devotos, con toda condición necesaria para ser coronada: de honda devoción popular, de antigua tradición, de valor artístico incuestionable,…incluso con milagros atribuidos a su intercesión de los que puede dar fe la Comunidad de Madres Comendadoras. Pero sobre todo la Amargura es digna de ser coronada por cómo arropa a los hijos que la rodean, y cómo nos conduce serenamente a su Hijo. Por cómo crece en los que a Ella se acercan el deseo de formación, de oración, de profundización en la Palabra y de mejora de su vida cristiana. En como aquel que la mira a los ojos, a su ruborizada cara divina, siente la necesidad de conversión interior, de ser mejor persona y creyente.
Cuando se propone la coronación canónica de una imagen mariana, sobre todo lo que debemos querer es coronar en nuestra hermandad, en nuestra comunidad, en nuestra vida, los valores, las virtudes, los frutos que se desprende de Ella.
En la Imagen de María Santísima de la Amargura, queremos ceñir una corona de oro que va más allá del material que la forma. Queremos hacerla reina en nuestro entorno, en nuestras vivencias, en nuestra realidad, en nuestra vida. Queremos que su valor evangélico gobierne en nuestra forma de actuar. Que reine, que nos guie, que nos conduzca como soberana a aquello que nos trae el bien supremo: su propio Hijo. Y además queremos que todo aquel que la vea, reconozco todos estos valores, los aprecie y los añada a su existencia.
Y es que la coronación canónica de la Amargura no es más que el reconocimiento externo de una vivencia interior que todos los cofrades y devotos de la Virgen conocemos. La manifestación de una realidad intima. Se trata de poner a la luz de todo el mundo los frutos y bienes que vivimos los que nos acercamos a los pies de nuestra Madre de la calle Santiago. De poner su luz encima del candelero, a la vista de todos, para que alumbre a todos, y todos reconozcan esa realeza que transforma (Lc 11,33).

 “Haced lo que Él os diga”. Ese es el llamamiento que María dio a todos los que estaban en las bodas de Canaá. “Haced lo que Él os diga”. Y esas son las palabras que sentimos cada vez que nos acercamos a orar junto a la capilla de María Santísima de la Amargura. Es el llamamiento a acudir a escuchar la Palabra de Jesús. A interiorizar sus enseñanzas. A celebrar el Misterio del encuentro con Dios. Hacer lo que dice Cristo es perdonar, amar, vivir en coherencia y entregarnos a la tarea de ser santos. Y sólo así nuestras vidas se trasformarán y pasaran de ser agua a ser vino. Esa es su corona. La que la hace Reina. La corona del anonadamiento para dejar siempre a su Hijo al frente.
La coronación de la Amargura debe ser ante todo un tiempo de transformación, de conversión interior, de cambio de nuestra realidad. Ella quiere como corona nuestro compromiso para pasar del hombre viejo al Hombre Nuevo Evangélico. Por eso la coronación de la Amargura debe ser un tiempo de Gracia antes, durante y después, no sólo para la Hermandad del Huerto, sino también para todos los cofrades, para toda Granada, para toda nuestra Iglesia. Un tiempo de conversión.
A María Santísima de la Amargura debemos acercarnos llevándole nuestra agua más personal. Y con esa agua poner en manos de nuestra Madre nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestras ilusiones, nuestros fracasos, nuestras emociones, nuestros desencantos, nuestras miserias, nuestros proyectos y nuestras inquietudes. Nuestra salud, nuestra enfermedad y la de nuestros seres queridos. Y María nos mira, y nos dice “haced lo que Él os diga”. Y por intermediación de su Madre, Cristo trasforma nuestra insulsa agua humana en divino vino.

Coronar a la “Divina Comendadora”, es pedirle que nos conduzca a la necesidad de acercarnos a su Hijo en la celebración de los Sacramentos, en la profundización y estudio de la Palabra, en el dialogo sereno de la oración, en el amor a los hermanos y en el apostolado. María Santísima es el camino más corto a Cristo.
Dice Benedicto XVI que “la oración a María posibilita a cada ser humano una especial confianza y cercanía en la relación con Dios”. Y es que observar a María Santísima de la Amargura es ya hacer un primer acto de formación y profundización en el Misterio de Dios. Porque ver esta milagrosa imagen, es ver todos los valores de María, de aquella que siguió con fidelidad y fe absoluta la voluntad de Dios. Aquella que hizo VIDA la Palabra de Dios. Aquella que amó hasta el final de sus días y que toda su existencia fue un auténtico sacramento y un acto de consagración a Dios.
Es entonces, cuando descubres la belleza de la corona que la ciñe. La grandeza de aquella cuyo corazón fue traspasado por el dolor. La magnificencia de nuestra corredentora. Reina y Madre que será coronada por todo esto. Por delante de su belleza, de su grandeza, de su antigüedad, y su hermosura, coronada por su humildad, su sencillez, su anonadamiento y su servicio. Reina de un Reino en el que se nos llama a ser bordados a su manto de compromiso. Nos llama a ser hilos tejidos en su saya de amor a Cristo. Gemas donde brilla la caridad, el amor fraterno, la devoción, la oración, el testimonio. Esa es la corona que ella quiere. La de sus hijos unidos con lazos de amor buscando a Cristo. Y ese es el principal fruto que debemos querer nosotros con esta coronación.
Nuestro amor de hijos nos lleva a querer ponerla en lo más alto, en la peana que le corresponde. Nos llama a proclamar al mundo la grandeza de aquella bendita entre todas las mujeres. Aquella en quien Dios puso su mirada y se sintió esclava de amor a la luz de la candelería encendida por la Madres Comendadoras. Pero Ella quiere más. Quiere que la coronemos con el amor a su Hijo. Con la entrega al prójimo. Con el testimonio evangélico.
 “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu ser”. ¡Que bien entendió María todo esto! ¡Qué gran corazón de madre pero también de hija de Dios! ¡Que esplendido ejemplo el que nos ha puesto Cristo en nuestro camino hacia la salvación!
Así es la Imagen de María Santísima de la Amargura. Un continuo llamamiento a su amado Hijo. Un polo de atracción al Evangelio, a la Piedad, a la Oración, a la Caridad, a la Formación y la vida sacramental.

Y así tiene que ser su coronación para todos nosotros. La coronación de Aquella a quien Dios ha mirado. De la “la humilde Sierva” a quien todas las criaturas desde entonces la llaman Bienaventurada. La que fue el primer sagrario, el primer apóstol, la primera cristiana, la primera mártir de dolores por su Hijo.

Y así debe ser para todos su Coronación. Sólo así será, para nuestra Madre una Coronación auténtica. Si esta es espejo de Nuestra Madre de los cielos, y es también espejo donde se refleja el amor de Cristo por todos nosotros. Si realmente la coronamos como Reina, cuyos valores evangélicos deben regir nuestra existencia.

Enhorabuena al Comisario de la Coronación Canónica, José Cecilio Cabello, a toda la Junta de Gobierno y a la Hermandad por el rosario de actos de todo tipo que han preparado este momento y que culmina mañana con la Coronación de María Santísima de la Amargura. No es una meta, sino el inicio de lo que tiene que ser una forma profunda, intensa, y llena de fe y caridad, de vivir el sentimiento cofrade.

jueves, 17 de abril de 2014

Setenta veces siete

El perdón es el gran testimonio de nuestra cristiandad, porque el Evangelio de Cristo, la Palabra de Cristo, la vida de Cristo entre nosotros es un ejemplo continuo de reconciliación. “Padre; perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34).
Solo hay un camino para la salvación del hombre, para su encuentro con Cristo y para gozar desde ya del Reino de los cielos. Este camino es el de apartar de nosotros “el hombre viejo”, el de revestirnos del “hombre nuevo” a imagen de Jesús, el de hacer “VIDA” en nuestra vida el Evangelio del Señor. Es cumplir aquella sentencia de Nuestro Señor que renovaba la Sagrada Escritura con un baño de frescura de “amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Es cumplir también con el último mandamiento de Cristo antes de ascender a los cielos de “id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”, con la palabra, y con las obras llenando todo de fe, de esperanza y de caridad. Y esta conversión a la que nos llama Cristo en todo momento de su vida, de su predicación y su Evangelio, es una llamada constante a mejorar, a santificarnos, y a renovar en todo momento nuestro bautismo.
Pero la fragilidad del hombre hace que esta lucha constante para vivir en la Gracia de Dios, choque constantemente con nuestra naturaleza y con la tentación que nos conduce al pecado, a alejarnos, aunque sea momentáneamente de Dios y del proyecto que Él tiene para nosotros. Por eso cuando Cristo envía a sus Apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47), no los manda simplemente a “predicar”, sino que los envía a llamar al mundo a la conversión y a la fe, comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios.
Por eso es tan importante en nuestra vida cristiana acudir al Padre como el hijo pródigo buscando su abrazo y la reconciliación. Acudir en presencia de nuestro Dios para “volver a empezar”. La conversión a la que estamos llamados es esto. 
Y esta es una de las grandes novedades del Evangelio. Esta es una de las grandezas que diferencia nuestra religión de otras. Dios nos perdona. Siempre. Una y otra vez. Nos espera siempre en el camino. Nos observa cuando nos alejamos y nos espera hasta que volvemos. No existe la lógica ni la justicia humana ante el amor de Dios. El hombre es perdonado una y otra vez. El Padre nos abraza y acoge nuestro corazón compungido, aun cuando hayamos pecado “setenta veces siete”. Y esto lo testificamos cada día que rezamos el credo cuando decimos “creo en el perdón de los pecados”.
Y para ello es el mismo Cristo el que instituye el sacramento de la confesión, el sacramento del perdón, el sacramento de la penitencia y, en resumidas cuentas, el sacramento de la conversión. Y lo une indefectiblemente a sus apóstoles, a la Iglesia y al Espíritu Santo cuando proclama "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
Desde los primeros Padres de la Iglesia se ha considerado la conversión como un proceso doble. Por un lado está el Bautismo que es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. “Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1428). Pero la conversión no termina con el bautismo. Continúa día tras día, durante toda la vida del Cristiano. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia. Y este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (1 Jn 4,10).
De ahí la importancia de acercarnos al sacramento del perdón. Nos engañamos cuando lo negamos, cuando nos vemos nosotros capaces de “perdonarnos a nosotros mismos” los pecados en un dialogo personal con Dios. Caemos en el vicio de la soberbia cuando queremos ser “autosuficientes” y caminar por otra “vía” distinta de la de la Palabra de Cristo y de su Iglesia.
Es verdad que nadie puede dudar de la Misericordia de Dios, pero es el mismo Cristo el que instituye este sacramento, el que concede a la Iglesia el poder de perdonar los pecados, el que confiere a Pedro las llaves del cielo ("A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Mucho habría que decir sobre el maravilloso sacramento de la reconciliación con Dios y los demás. De la contrición, del arrepentimiento, del examen de conciencia, de la absolución, de la reparación y la penitencia, todo ello lleno de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad cristianas. Pero podríamos llenar varias libros. Por ello os animo a que leáis lo relativo a este sacramento en el Catecismo de la Iglesia y os empapéis de su riqueza (números 1422-1498)
La Cuaresma y la Semana Santa es tiempo de conversión, de caminar hacia el Padre en busca de la Pascua de su Hijo. Acerquémonos al Sacramento de la reconciliación. Acudamos a la confesión para que nuestra Estación de Penitencia sea completa y lleguemos a la Resurrección de Cristo con un corazón y un alma limpios.
Aunque sabemos que todos los papas se confiensan con asiduidad, es cierto que la imagen del Papa francisco confesandose en la vigilia de 24 horas ante el Santísimo, nos ha llegado al mismo corazón y ha removido muchas conciencias. El mismo decía el pasado 19 de febrero: 
"Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos por un abrazo cálido: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos esa bella Parábola del hijo que se ha ido de su casa con el dinero de la herencia, ha malgastado todo ese dinero y cuando no tenía nada, decide volver a casa pero no como hijo sino como siervo, con mucha culpa y vergüenza en el corazón. La sorpresa es que cuando comenzó a hablar para pedirle perdón el Padre no le dejó hablar sino que lo abrazó, lo besó e hizo fiesta. Yo os digo: Cada vez que nos confesamos Dios nos abraza y hace fiesta.
Vayamos adelante en este camino, ¡qué Dios os bendiga!"

Para ello nos encomendamos a María Santísima, llena de Gracia y de corazón inmaculado, para que nos ayude en nuestro caminar hacia el abrazo del Padre.

domingo, 9 de febrero de 2014

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014

A continuación os dejo el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma que se acerca. Merece la pena ir leyendolo poquito a poco. Meditandolo, interiorizandolo, saboreandolo. 
Es corto pero intenso.

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Cor 8, 9)


Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró  con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice San Pablo— «…para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.



Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

miércoles, 29 de enero de 2014

PERSONA, LIBERTAD Y DERECHOS


Con el nuevo proyecto de reforma de la ley del aborto se ha abierto de nuevo el "provocado" debate de hasta dónde llegan los derechos de la madre (para algunos simplemente de la mujer) y hasta dónde los del feto, "nasciturus". Por ello me gustaría hacer una reflexión sobre la persona, la libertad y los derechos individuales. Porque claro, si no se entiende bien esto, es difícil entender lo anterior. 
Me llama mucho la atención leer a Fray Bartolomé de las Casas cuando, en el siglo XVI, y citando expresamente a Santo Tomás de Aquino, afirmaba, cuando muchos justificaban que los indígenas no tenían derechos y no eran personas, que la libertad es un derecho natural:  "porque la libertad es un derecho ínsito en el hombre por necesidad y ´per se´, como consecuencia de la naturaleza racional y, por ello, es de derecho natural"[i]

Todos los hombres tienen la misma naturaleza, la misma e idéntica libertad. Porque todos los seres humanos son persona. Por Derecho natural todos los hombres son libres "comoquiera que los hombres todos al principio nasciesen y fuesen libres"[ii] . Al ser la libertad un derecho natural es imposible perderlo. Los indios no pueden renunciar a la libertad (ni aún queríendolo). Ni puede haber razón alguna para someterles a esclavitud. Todos los hombres tienen entendimiento y voluntad, todos tienen los mismos cinco sentidos y todos son capaces de desear el bien y aborrecer el mal. La esclavitud no es algo "natural" sino convencional, artificial, introducido por los avatares históricos. Por ello la libertad es el estado normal del hombre y si alguien es esclavo habrá que probar que lo es. "Si no se prueba lo contrario, hay que suponer que todo hombre es libre"[iii] [iv]Y si todo esto estaba tan claro entonces, ¿porqué encontramos la justificación de la esclavitud o de la supremacía de razas seis siglos después en países civilizados de nuestro continente o en países "adalides de la libertad" como Estados Unidos? ¿Qué ocurre entonces? ¿A qué es debida esta pluralidad?
El conocimiento humano es siempre imperfecto y progresivo, y en ocasiones, como en el caso anterior, regresivo. No se puede dejar en manos del hombre el concepto del ser humano. Porque numerosos intereses, a veces tan fuertes como el económico, desvirtúan algo que es anterior al propio hombre y no le pertenece: LO QUE ES. El hombre es lo que es, a pesar del propio hombre. Esto, por desgracia ocurre también en la actualidad con la trata de blancas, la explotación infantil o el aborto.

Precisamente la antropología entra en su "madurez de edad" con el cristianismo,  cuando entra en juego la categoría de persona, como reconocen el propio Hegel o Kierkegaad, entre otros muchos. Cuando llega el cristianismo y defiende el valor eminente de todos y cada uno de los seres humanos por el mero hecho de serlo, o como indica el profesor Tomás Melendo “por el sublime hecho de serlo”, la antropología se hace "adulta". Con el Evangelio el concepto de persona alcanza toda su grandeza, toda su dimensión y majestad:
Gracias a la fe, hemos descubierto la dignidad única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo. En el siglo II, el pagano Celso reprochaba a los cristianos lo que le parecía una ilusión y un engaño: pensar que Dios hubiera creado el mundo para el hombre, poniéndolo en la cima de todo el cosmos. Se preguntaba: « ¿Por qué pretender que [la hierba] crezca para los hombres, y no mejor para los animales salvajes e irracionales? »« Si miramos la tierra desde el cielo, ¿qué diferencia hay entre nuestras ocupaciones y lo que hacen las hormigas y las abejas?”[v]nos dice el Papa Francisco en la carta encíclica Lumen Fidei.

Y esta antropología adulta, en la que se afirma la dignidad de la persona y su carácter intangible e inviolable, reconoce la diferenciación de la persona humana en masculina y femenina, diferentes, únicos y a la vez complementarios de una forma totalmente dinámica.

Esta es la grandeza  y la majestad de que todos somos personas. Que el ser hombre constituye “per se” ser persona. Que la persona es, y no se hace. Cuerpo y alma (espíritu) en un todo. No se es más o menos persona. No existe un proceso evolutivo en el que se está constituyendo la persona. La persona no se constituye como se constituye el cuerpo humano en el interior de la madre. No se puede decir con respecto a la persona que es como un brazo, como el cerebro, como un pie o el cuerpo de feto, que poco a poco va formándose hasta que existe como tal. Se es persona desde el mismo momento de la fecundación, de la concepción. El embrión es persona. No existe una antes y un después. No existe el pre-embrión (ni siquiera como concepto científico). Desde la concepción se es persona hasta el final de sus días, independientemente de su viabilidad, su capacidad o su independencia de otros. Con todos sus derechos. Así, Juan Pablo II en su encíclica “Evangelium Vitae”, indica con total claridad, “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de la concepción y por eso a partir de ese momento se deben reconocer los derechos de las personas, principalmente el derecho inviolable de todo lo humano inocente a la vida”. 
Muchos confunden este “ser” que se “es” desde el mismo momento de la concepción, con el concepto de “personalidad jurídica”, en el que el ordenamiento jurídico nos “atribuye” una serie de derechos y facultades. La Constitución española de 1978 recoge el valor esencial de la persona: "La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás, son fundamento del orden político y de la paz social"[vi]. Se considera, pues, persona al hombre revestido de su dignidad y titular de unos derechos inviolables. Al mismo tiempo que se reconoce el libre desarrollo de la personalidad.

Pero una cosa es ser persona y otra adquirir la personalidad jurídica. Ser persona no es una atribución que nos proporciona el derecho o las leyes. Ser persona es inherente a todo el hombre desde su concepción y nadie puede darle o quitarle tal realidad. Como nadie puede darle o quitarle derechos esenciales a su ser como el de la vida, la dignidad o la libertad. Que nadie se confunda. Una cosa es la capacidad y otra muy distinta el ser persona. 
Persona se “es”, y no se gana o se logra.
Si junto a lo anterior vemos los artículos 29 y 30 de nuestro código civil, queda claro, que nuestro ordenamiento habla tan sólo de un concepto jurídico de personalidad, un concepto civil, porque como dice el mismo Papa Emérito Benedicto XVI,  “Dios no hace diferencias entre el embrión, el niño y el adulto”.[vii]

Esta dignidad sublime alcanza a todas las personas, desde el mismo momento de su concepción, sin distinguir a embrión, bebé, niño, adulto, anciano, enfermo, capacitado o discapacitado, o como indicó Pablo de Tarso hace ya más de 2000 años, y que el propio Fray Bartolomé de las Casas defendió, teniendo plena actualidad a día de hoy: 
"Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno”[i]


[i][i] LAS CASAS, De regia potestate , edición de Jaime González Rodríguez, introducción de Antonio-Enrique Pérez Luño, en Obras Completas , Madrid, Alianza, 1990, vol. 12, pp. 36-37.

[ii][ii] LAS CASAS, Tratado comprobatorio , en Obras escogidas de fray Bartolomé de Las Casas , BAE, t. 110, edición a cargo de J. Pérez de Tudela, Madrid, Atlas, 1958, vol. V, p. 381

[iii][iii] LAS CASAS, De regia potestate , vol. 12, p. 37.

[iv][iv] Castillo Vegas, Jesús Luis, LA FUNDAMENTACIÓN DE LA DEFENSA DE LOS INDIOS EN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS. .Universidad de Valladolid,
[v][v] CARTA ENCÍCLICA LUMEN FIDEI DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO. 29 de Junio de 2013.
[vi][vi] Constitución Española de 1978. Artículo 10.
[vii][vii] BENEDICTO XVI. inauguración del congreso 'El embrión humano antes de la implantación". Ciudad del Vaticano. 26 de febrero de 2006.[1]


[i][i] Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 3, 26-29






 





viernes, 1 de noviembre de 2013

DÍA DE TODOS LOS SANTOS


Ya está aquí el llamado “Puente de los Santos”, aunque al paso que vamos se nos va a convertir en el “puente de Halloween” o de los "muertos vivientes".
Esta fiesta americana se nos ha metido en nuestro calendario a base de dibujos animados, películas de terror y mucho Tim Burton. Las cosas de la globalización televisiva que estamos viviendo.
Con esto de “jalogüín” (como dice un alumno mio) hay mucha discusión, mucho foro y mucha opinión. Que si es una fiesta pagana, que si no es una fiesta nuestra, que si es sólo una fiesta infantil, que si es un carnaval de otoño, que si es celta o es americana, que si las chuches que se dan a los niños provocan caries…….
La palabra Halloween tiene su origen en la celebración de la víspera del día de “Todos los Santos” en su versión anglófona. Así Halloween es la contracción de la expresión inglesa “All Hallow's Eve" (Víspera de Todos los Santos). Se trata de la fiesta que precedía al día de todos los Santos, si bien es verdad mezclada con costumbres celtas, con calabazas, el "truco o trato", o el tema de las brujas, espíritus y demás paranoias.
Sea lo que sea y de donde venga, hoy día, creo que es una operación de marketing de muchos, un negocio más y una derivación yanqui de la fiesta cristiana y la pagana, como casi todo.
Aquí toda la vida este puente se ha celebrado acudiendo a ver D. Juan Tenorio ( o viéndolo por la televisión pública que lo emitía siempre) (memorable el D. Juan Tenorio de Paco Rabal emitido en el programa Estudio 1, y que todavía se lo pongo a mis alumnos en Lengua), encendiendo una vela a las almas del purgatorio (o ánimas benditas), comiendo huesos de santo, visitando el cementerio y adecentando lápidas, haciendo buñuelos de viento con chocolate y dando un paseico bajo el sol de este otoño, que ya no quema y cura los huesos, después de ir a misa, recordando a nuestros familiares perdidos y rezando por ellos.
Muchos creen todavía que el día de los difuntos es el 1 de Noviembre, pero como bien sabes los católicos celebramos y recordamos a nuestros “ausentes”, a la iglesia purgante y triunfante, el día 2 de Noviembre. Por eso la tradición de ir el día de antes, el día uno, a los cementerios a dejarlo todo “decente”, “bonico” y floreado. Para que el día de “todos los que pasaron a mejor vida”, amaneciera con un aspecto más que digno.

Yo que quieren que les diga. Como antes decía, sobre este tema hay opiniones como colores. Desde los que lo consideran una fiesta pagana intolerable que socava nuestras raíces, hasta los que se encuentran en el otro lado defendiéndola a ultranza y contraponiéndola a los valores cristianos como una fiesta laica y laicista a defender. Yo creo estoy en un término medio. Me encuentro entre los que no lo celebran, pero no me molesta (en exceso) que lo celebren (siempre que se enfoque bien). Y cuando digo bien, me refiero a que no sea un día macabro, donde se celebre la muerte y el "gore".
 Creo que es trabajo de todos los que nos consideramos cristianos defender el día siguiente, el de “Todos los Santos”, que ya celebramos en su víspera.
Defender y vivir su celebración. Encontrar en este un día para reflexionar sobre la necesidad que tenemos de vivir la santidad en nuestro día a día. Un día para analizar por qué no somos mejores. Un día para ver en el ejemplo de los santos de la Iglesia una manera de vivir. Un día para enseñar a nuestros hijos el valor de la santidad, de la superación personal y de la búsqueda de la autenticidad basada en los valores del Evangelio. Un día para interiorizar el mandamiento del Padre: “Sed santos, porque yo soy Santo” (1ª Pedro 1,16 y Lv 19,2) .
Los cristianos tenemos que quejarnos menos y darle la vuelta a las cosas. Es difícil luchar a contracorriente, sobre todo para los que tenemos niños que ven cómo sus compañeros lo celebran, y cómo es una fiesta normal en todos los dibujos animados que ven (desde Winnie The Pooh a Mickey Mouse, pasando por todo el Clan, Disney Channel y el Boing) y lo que anuncian todos los centros comerciales y tiendas de juguetes.
Yo pienso que no deja de ser una fiesta de disfraces más. Para los niños una ocasión más de fiesta y para los jóvenes una fiesta de borregos que se dejan influir por los medios de comunicación, y hacen lo que nunca se ha hecho. Una especie carnaval artificial (al menos en nuestra cultura) en la víspera de la Fiesta de Todos los Santos.
Creo que, el que lo celebre, el que se vea incapaz de ir tan a contracorriente, debe cuidar bien algunos elementos, tener cuidado con otros muchos y darle la vuelta a otros (o retomar los que se perdieron). Así nuestra Conferencia Episcopal dice que los niños se vistan de santos, siguiendo la idea de la Conferencia episcopal americana que anima a que los padres a que sus hijos dejen de lado personajes negativos como vampiros, zombies o brujas y se vistan de martires cristianos como santo Tomás Moro. Y no ve problemas en esqueletos siempre que sea un homenaje positivo a nuestros santos y difuntos. Que se aproveche la moraleja de historias típicas de Halloween como Jack o' the lantern, que tiene su versión positiva (no sólo la negativa que es la que nos llega) y su llamada a ser buenos con la ayuda de Dios.
En esta web he leído cosas interesantes para poder darle la vuelta y positivizar esta fiesta.
También que los niños se disfracen de personajes que a ellos les gusten y transmitan una imagen positiva o de ayuda a los demás, como ángeles, superheroes, policías o bomberos....
Que aprovechemos el "truco o trato" para transmitir buenas ideas, como la importancia de compartir, la alegría, hacer el bien, y por supuesto nada de dañar la vivienda del prójimo cuando no me dan "las chuches". Una idea muy buena que he leído en varias webs católicas, es la de que los niños al celebrar el "truco o trato", también entreguen algo. Una poesía, una tarjetita con un deseo, una oración..... Que se vea como un gesto de que hay que compartir.

En fin. Lo dicho. Yo celebro el día de Todos los Santos, pero no celebro "jalogüin"y mis niños por ahora tampoco, pero estas cosas que nos dice la Iglesia nos pueden ayudar ante una "fiesta" que tanto auge está tomando. Y es que en Andalucía ni somos celtas ni americanos...pero que le vamos a hacer. Tantas cosas hemos absorbido ya de ellos.....

Que ustedes disfruten del puente. Que celebren cristianamente el día de Todos los Santos. Que coman castañas asadas, roscos, buñuelos y frutos de otoño. Que no sean nada brujas ni diablillos, y que se acuerden con más de una oración, un sacrificio y una acción positiva de todos los que están ya muy cerquita de Nuestro Señor Jesucristo.
Yo, además de todo lo anterior, voy a celebrar este puente en plan castizo, comiendo buenas gachas manchegas en Ciudad Real, y por supuesto, disfrutando del D. Juan Tenorio de Zorrilla en Almagro (un lujazo).
No me causan pavor
vuestros semblantes esquivos
jamás, ni muertos ni vivos, humillaréis mi valor
Yo soy vuestro matador
como al mundo es bien notorio;
si en vuestro alcázar mortuorio
me aprestáis venganza fiera
daos prisa: aquí os espera
otra vez Don Juan Tenorio

(DON JUAN TENORIO. Acto tercero; Escena II)
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BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

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1 de Mayo de 2011

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