jueves, 17 de abril de 2014

Setenta veces siete

El perdón es el gran testimonio de nuestra cristiandad, porque el Evangelio de Cristo, la Palabra de Cristo, la vida de Cristo entre nosotros es un ejemplo continuo de reconciliación. “Padre; perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34).
Solo hay un camino para la salvación del hombre, para su encuentro con Cristo y para gozar desde ya del Reino de los cielos. Este camino es el de apartar de nosotros “el hombre viejo”, el de revestirnos del “hombre nuevo” a imagen de Jesús, el de hacer “VIDA” en nuestra vida el Evangelio del Señor. Es cumplir aquella sentencia de Nuestro Señor que renovaba la Sagrada Escritura con un baño de frescura de “amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Es cumplir también con el último mandamiento de Cristo antes de ascender a los cielos de “id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”, con la palabra, y con las obras llenando todo de fe, de esperanza y de caridad. Y esta conversión a la que nos llama Cristo en todo momento de su vida, de su predicación y su Evangelio, es una llamada constante a mejorar, a santificarnos, y a renovar en todo momento nuestro bautismo.
Pero la fragilidad del hombre hace que esta lucha constante para vivir en la Gracia de Dios, choque constantemente con nuestra naturaleza y con la tentación que nos conduce al pecado, a alejarnos, aunque sea momentáneamente de Dios y del proyecto que Él tiene para nosotros. Por eso cuando Cristo envía a sus Apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47), no los manda simplemente a “predicar”, sino que los envía a llamar al mundo a la conversión y a la fe, comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios.
Por eso es tan importante en nuestra vida cristiana acudir al Padre como el hijo pródigo buscando su abrazo y la reconciliación. Acudir en presencia de nuestro Dios para “volver a empezar”. La conversión a la que estamos llamados es esto. 
Y esta es una de las grandes novedades del Evangelio. Esta es una de las grandezas que diferencia nuestra religión de otras. Dios nos perdona. Siempre. Una y otra vez. Nos espera siempre en el camino. Nos observa cuando nos alejamos y nos espera hasta que volvemos. No existe la lógica ni la justicia humana ante el amor de Dios. El hombre es perdonado una y otra vez. El Padre nos abraza y acoge nuestro corazón compungido, aun cuando hayamos pecado “setenta veces siete”. Y esto lo testificamos cada día que rezamos el credo cuando decimos “creo en el perdón de los pecados”.
Y para ello es el mismo Cristo el que instituye el sacramento de la confesión, el sacramento del perdón, el sacramento de la penitencia y, en resumidas cuentas, el sacramento de la conversión. Y lo une indefectiblemente a sus apóstoles, a la Iglesia y al Espíritu Santo cuando proclama "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
Desde los primeros Padres de la Iglesia se ha considerado la conversión como un proceso doble. Por un lado está el Bautismo que es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. “Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1428). Pero la conversión no termina con el bautismo. Continúa día tras día, durante toda la vida del Cristiano. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia. Y este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (1 Jn 4,10).
De ahí la importancia de acercarnos al sacramento del perdón. Nos engañamos cuando lo negamos, cuando nos vemos nosotros capaces de “perdonarnos a nosotros mismos” los pecados en un dialogo personal con Dios. Caemos en el vicio de la soberbia cuando queremos ser “autosuficientes” y caminar por otra “vía” distinta de la de la Palabra de Cristo y de su Iglesia.
Es verdad que nadie puede dudar de la Misericordia de Dios, pero es el mismo Cristo el que instituye este sacramento, el que concede a la Iglesia el poder de perdonar los pecados, el que confiere a Pedro las llaves del cielo ("A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Mucho habría que decir sobre el maravilloso sacramento de la reconciliación con Dios y los demás. De la contrición, del arrepentimiento, del examen de conciencia, de la absolución, de la reparación y la penitencia, todo ello lleno de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad cristianas. Pero podríamos llenar varias libros. Por ello os animo a que leáis lo relativo a este sacramento en el Catecismo de la Iglesia y os empapéis de su riqueza (números 1422-1498)
La Cuaresma y la Semana Santa es tiempo de conversión, de caminar hacia el Padre en busca de la Pascua de su Hijo. Acerquémonos al Sacramento de la reconciliación. Acudamos a la confesión para que nuestra Estación de Penitencia sea completa y lleguemos a la Resurrección de Cristo con un corazón y un alma limpios.
Aunque sabemos que todos los papas se confiensan con asiduidad, es cierto que la imagen del Papa francisco confesandose en la vigilia de 24 horas ante el Santísimo, nos ha llegado al mismo corazón y ha removido muchas conciencias. El mismo decía el pasado 19 de febrero: 
"Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos por un abrazo cálido: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos esa bella Parábola del hijo que se ha ido de su casa con el dinero de la herencia, ha malgastado todo ese dinero y cuando no tenía nada, decide volver a casa pero no como hijo sino como siervo, con mucha culpa y vergüenza en el corazón. La sorpresa es que cuando comenzó a hablar para pedirle perdón el Padre no le dejó hablar sino que lo abrazó, lo besó e hizo fiesta. Yo os digo: Cada vez que nos confesamos Dios nos abraza y hace fiesta.
Vayamos adelante en este camino, ¡qué Dios os bendiga!"

Para ello nos encomendamos a María Santísima, llena de Gracia y de corazón inmaculado, para que nos ayude en nuestro caminar hacia el abrazo del Padre.

domingo, 9 de febrero de 2014

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014

A continuación os dejo el mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma que se acerca. Merece la pena ir leyendolo poquito a poco. Meditandolo, interiorizandolo, saboreandolo. 
Es corto pero intenso.

Mensaje del Papa Francisco para la Cuaresma 2014: “Se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza” (cfr. 2 Cor 8, 9)


Queridos hermanos y hermanas:

Con ocasión de la Cuaresma os propongo algunas reflexiones, a fin de que os sirvan para el camino personal y comunitario de conversión. Comienzo recordando las palabras de san Pablo: «Pues conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8, 9). El Apóstol se dirige a los cristianos de Corinto para alentarlos a ser generosos y ayudar a los fieles de Jerusalén que pasan necesidad. ¿Qué nos dicen, a los cristianos de hoy, estas palabras de san Pablo? ¿Qué nos dice hoy, a nosotros, la invitación a la pobreza, a una vida pobre en sentido evangélico?

La gracia de Cristo

Ante todo, nos dicen cuál es el estilo de Dios. Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: «Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…». Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre; descendió en medio de nosotros, se acercó a cada uno de nosotros; se desnudó, se “vació”, para ser en todo semejante a nosotros (cfr. Flp 2, 7; Heb 4, 15). ¡Qué gran misterio la encarnación de Dios! La razón de todo esto es el amor divino, un amor que es gracia, generosidad, deseo de proximidad, y que no duda en darse y sacrificarse por las criaturas a las que ama. La caridad, el amor es compartir en todo la suerte del amado. El amor nos hace semejantes, crea igualdad, derriba los muros y las distancias. Y Dios hizo esto con nosotros. Jesús, en efecto, «trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró  con voluntad de hombre, amó con corazón de hombre. Nacido de la Virgen María, se hizo verdaderamente uno de nosotros, en todo semejante a nosotros excepto en el pecado» (Gaudium et spes, 22).

La finalidad de Jesús al hacerse pobre no es la pobreza en sí misma, sino —dice San Pablo— «…para enriqueceros con su pobreza». No se trata de un juego de palabras ni de una expresión para causar sensación. Al contrario, es una síntesis de la lógica de Dios, la lógica del amor, la lógica de la Encarnación y la Cruz. Dios no hizo caer sobre nosotros la salvación desde lo alto, como la limosna de quien da parte de lo que para él es superfluo con aparente piedad filantrópica. ¡El amor de Cristo no es esto! Cuando Jesús entra en las aguas del Jordán y se hace bautizar por Juan el Bautista, no lo hace porque necesita penitencia, conversión; lo hace para estar en medio de la gente, necesitada de perdón, entre nosotros, pecadores, y cargar con el peso de nuestros pecados. Este es el camino que ha elegido para consolarnos, salvarnos, liberarnos de nuestra miseria. Nos sorprende que el Apóstol diga que fuimos liberados no por medio de la riqueza de Cristo, sino por medio de su pobreza. Y, sin embargo, san Pablo conoce bien la «riqueza insondable de Cristo» (Ef 3, 8), «heredero de todo» (Heb 1, 2).

¿Qué es, pues, esta pobreza con la que Jesús nos libera y nos enriquece? Es precisamente su modo de amarnos, de estar cerca de nosotros, como el buen samaritano que se acerca a ese hombre que todos habían abandonado medio muerto al borde del camino (cfr. Lc 10, 25ss). Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios. La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria. Es rico como lo es un niño que se siente amado por sus padres y los ama, sin dudar ni un instante de su amor y su ternura. La riqueza de Jesús radica en el hecho de ser el Hijo, su relación única con el Padre es la prerrogativa soberana de este Mesías pobre. Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito (cfr Rom 8, 29).

Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos (L. Bloy); podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo.

Nuestro testimonio

Podríamos pensar que este “camino” de la pobreza fue el de Jesús, mientras que nosotros, que venimos después de Él, podemos salvar el mundo con los medios humanos adecuados. No es así. En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo.

A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas. La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza. Podemos distinguir tres tipos de miseria: la miseria material, la miseria moral y la miseria espiritual. La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural. Frente a esta miseria la Iglesia ofrece su servicio, su diakonia, para responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad. En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo. Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria. Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir.

No es menos preocupante la miseria moral, que consiste en convertirse en esclavos del vicio y del pecado. ¡Cuántas familias viven angustiadas porque alguno de sus miembros —a menudo joven— tiene dependencia del alcohol, las drogas, el juego o la pornografía! ¡Cuántas personas han perdido el sentido de la vida, están privadas de perspectivas para el futuro y han perdido la esperanza! Y cuántas personas se ven obligadas a vivir esta miseria por condiciones sociales injustas, por falta de un trabajo, lo cual les priva de la dignidad que da llevar el pan a casa, por falta de igualdad respecto de los derechos a la educación y la salud. En estos casos la miseria moral bien podría llamarse casi suicidio incipiente. Esta forma de miseria, que también es causa de ruina económica, siempre va unida a la miseria espiritual, que nos golpea cuando nos alejamos de Dios y rechazamos su amor. Si consideramos que no necesitamos a Dios, que en Cristo nos tiende la mano, porque pensamos que nos bastamos a nosotros mismos, nos encaminamos por un camino de fracaso. Dios es el único que verdaderamente salva y libera.

El Evangelio es el verdadero antídoto contra la miseria espiritual: en cada ambiente el cristiano está llamado a llevar el anuncio liberador de que existe el perdón del mal cometido, que Dios es más grande que nuestro pecado y nos ama gratuitamente, siempre, y que estamos hechos para la comunión y para la vida eterna. ¡El Señor nos invita a anunciar con gozo este mensaje de misericordia y de esperanza! Es hermoso experimentar la alegría de extender esta buena nueva, de compartir el tesoro que se nos ha confiado, para consolar los corazones afligidos y dar esperanza a tantos hermanos y hermanas sumidos en el vacío. Se trata de seguir e imitar a Jesús, que fue en busca de los pobres y los pecadores como el pastor con la oveja perdida, y lo hizo lleno de amor. Unidos a Él, podemos abrir con valentía nuevos caminos de evangelización y promoción humana.

Queridos hermanos y hermanas, que este tiempo de Cuaresma encuentre a toda la Iglesia dispuesta y solícita a la hora de testimoniar a cuantos viven en la miseria material, moral y espiritual el mensaje evangélico, que se resume en el anuncio del amor del Padre misericordioso, listo para abrazar en Cristo a cada persona. Podremos hacerlo en la medida en que nos conformemos a Cristo, que se hizo pobre y nos enriqueció con su pobreza. La Cuaresma es un tiempo adecuado para despojarse; y nos hará bien preguntarnos de qué podemos privarnos a fin de ayudar y enriquecer a otros con nuestra pobreza. No olvidemos que la verdadera pobreza duele: no sería válido un despojo sin esta dimensión penitencial. Desconfío de la limosna que no cuesta y no duele.

Que el Espíritu Santo, gracias al cual «[somos] como pobres, pero que enriquecen a muchos; como necesitados, pero poseyéndolo todo» (2 Cor 6, 10), sostenga nuestros propósitos y fortalezca en nosotros la atención y la responsabilidad ante la miseria humana, para que seamos misericordiosos y agentes de misericordia. Con este deseo, aseguro mi oración por todos los creyentes. Que cada comunidad eclesial recorra provechosamente el camino cuaresmal. Os pido que recéis por mí. Que el Señor os bendiga y la Virgen os guarde.



Vaticano, 26 de diciembre de 2013

Fiesta de San Esteban, diácono y protomártir

miércoles, 29 de enero de 2014

PERSONA, LIBERTAD Y DERECHOS


Con el nuevo proyecto de reforma de la ley del aborto se ha abierto de nuevo el "provocado" debate de hasta dónde llegan los derechos de la madre (para algunos simplemente de la mujer) y hasta dónde los del feto, "nasciturus". Por ello me gustaría hacer una reflexión sobre la persona, la libertad y los derechos individuales. Porque claro, si no se entiende bien esto, es difícil entender lo anterior. 
Me llama mucho la atención leer a Fray Bartolomé de las Casas cuando, en el siglo XVI, y citando expresamente a Santo Tomás de Aquino, afirmaba, cuando muchos justificaban que los indígenas no tenían derechos y no eran personas, que la libertad es un derecho natural:  "porque la libertad es un derecho ínsito en el hombre por necesidad y ´per se´, como consecuencia de la naturaleza racional y, por ello, es de derecho natural"[i]

Todos los hombres tienen la misma naturaleza, la misma e idéntica libertad. Porque todos los seres humanos son persona. Por Derecho natural todos los hombres son libres "comoquiera que los hombres todos al principio nasciesen y fuesen libres"[ii] . Al ser la libertad un derecho natural es imposible perderlo. Los indios no pueden renunciar a la libertad (ni aún queríendolo). Ni puede haber razón alguna para someterles a esclavitud. Todos los hombres tienen entendimiento y voluntad, todos tienen los mismos cinco sentidos y todos son capaces de desear el bien y aborrecer el mal. La esclavitud no es algo "natural" sino convencional, artificial, introducido por los avatares históricos. Por ello la libertad es el estado normal del hombre y si alguien es esclavo habrá que probar que lo es. "Si no se prueba lo contrario, hay que suponer que todo hombre es libre"[iii] [iv]Y si todo esto estaba tan claro entonces, ¿porqué encontramos la justificación de la esclavitud o de la supremacía de razas seis siglos después en países civilizados de nuestro continente o en países "adalides de la libertad" como Estados Unidos? ¿Qué ocurre entonces? ¿A qué es debida esta pluralidad?
El conocimiento humano es siempre imperfecto y progresivo, y en ocasiones, como en el caso anterior, regresivo. No se puede dejar en manos del hombre el concepto del ser humano. Porque numerosos intereses, a veces tan fuertes como el económico, desvirtúan algo que es anterior al propio hombre y no le pertenece: LO QUE ES. El hombre es lo que es, a pesar del propio hombre. Esto, por desgracia ocurre también en la actualidad con la trata de blancas, la explotación infantil o el aborto.

Precisamente la antropología entra en su "madurez de edad" con el cristianismo,  cuando entra en juego la categoría de persona, como reconocen el propio Hegel o Kierkegaad, entre otros muchos. Cuando llega el cristianismo y defiende el valor eminente de todos y cada uno de los seres humanos por el mero hecho de serlo, o como indica el profesor Tomás Melendo “por el sublime hecho de serlo”, la antropología se hace "adulta". Con el Evangelio el concepto de persona alcanza toda su grandeza, toda su dimensión y majestad:
Gracias a la fe, hemos descubierto la dignidad única de cada persona, que no era tan evidente en el mundo antiguo. En el siglo II, el pagano Celso reprochaba a los cristianos lo que le parecía una ilusión y un engaño: pensar que Dios hubiera creado el mundo para el hombre, poniéndolo en la cima de todo el cosmos. Se preguntaba: « ¿Por qué pretender que [la hierba] crezca para los hombres, y no mejor para los animales salvajes e irracionales? »« Si miramos la tierra desde el cielo, ¿qué diferencia hay entre nuestras ocupaciones y lo que hacen las hormigas y las abejas?”[v]nos dice el Papa Francisco en la carta encíclica Lumen Fidei.

Y esta antropología adulta, en la que se afirma la dignidad de la persona y su carácter intangible e inviolable, reconoce la diferenciación de la persona humana en masculina y femenina, diferentes, únicos y a la vez complementarios de una forma totalmente dinámica.

Esta es la grandeza  y la majestad de que todos somos personas. Que el ser hombre constituye “per se” ser persona. Que la persona es, y no se hace. Cuerpo y alma (espíritu) en un todo. No se es más o menos persona. No existe un proceso evolutivo en el que se está constituyendo la persona. La persona no se constituye como se constituye el cuerpo humano en el interior de la madre. No se puede decir con respecto a la persona que es como un brazo, como el cerebro, como un pie o el cuerpo de feto, que poco a poco va formándose hasta que existe como tal. Se es persona desde el mismo momento de la fecundación, de la concepción. El embrión es persona. No existe una antes y un después. No existe el pre-embrión (ni siquiera como concepto científico). Desde la concepción se es persona hasta el final de sus días, independientemente de su viabilidad, su capacidad o su independencia de otros. Con todos sus derechos. Así, Juan Pablo II en su encíclica “Evangelium Vitae”, indica con total claridad, “el ser humano debe ser respetado y tratado como persona desde el instante de la concepción y por eso a partir de ese momento se deben reconocer los derechos de las personas, principalmente el derecho inviolable de todo lo humano inocente a la vida”. 
Muchos confunden este “ser” que se “es” desde el mismo momento de la concepción, con el concepto de “personalidad jurídica”, en el que el ordenamiento jurídico nos “atribuye” una serie de derechos y facultades. La Constitución española de 1978 recoge el valor esencial de la persona: "La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás, son fundamento del orden político y de la paz social"[vi]. Se considera, pues, persona al hombre revestido de su dignidad y titular de unos derechos inviolables. Al mismo tiempo que se reconoce el libre desarrollo de la personalidad.

Pero una cosa es ser persona y otra adquirir la personalidad jurídica. Ser persona no es una atribución que nos proporciona el derecho o las leyes. Ser persona es inherente a todo el hombre desde su concepción y nadie puede darle o quitarle tal realidad. Como nadie puede darle o quitarle derechos esenciales a su ser como el de la vida, la dignidad o la libertad. Que nadie se confunda. Una cosa es la capacidad y otra muy distinta el ser persona. 
Persona se “es”, y no se gana o se logra.
Si junto a lo anterior vemos los artículos 29 y 30 de nuestro código civil, queda claro, que nuestro ordenamiento habla tan sólo de un concepto jurídico de personalidad, un concepto civil, porque como dice el mismo Papa Emérito Benedicto XVI,  “Dios no hace diferencias entre el embrión, el niño y el adulto”.[vii]

Esta dignidad sublime alcanza a todas las personas, desde el mismo momento de su concepción, sin distinguir a embrión, bebé, niño, adulto, anciano, enfermo, capacitado o discapacitado, o como indicó Pablo de Tarso hace ya más de 2000 años, y que el propio Fray Bartolomé de las Casas defendió, teniendo plena actualidad a día de hoy: 
"Ya no hay distinción entre judíos y gentiles, esclavos y libres, hombres y mujeres, porque todos sois uno”[i]


[i][i] LAS CASAS, De regia potestate , edición de Jaime González Rodríguez, introducción de Antonio-Enrique Pérez Luño, en Obras Completas , Madrid, Alianza, 1990, vol. 12, pp. 36-37.

[ii][ii] LAS CASAS, Tratado comprobatorio , en Obras escogidas de fray Bartolomé de Las Casas , BAE, t. 110, edición a cargo de J. Pérez de Tudela, Madrid, Atlas, 1958, vol. V, p. 381

[iii][iii] LAS CASAS, De regia potestate , vol. 12, p. 37.

[iv][iv] Castillo Vegas, Jesús Luis, LA FUNDAMENTACIÓN DE LA DEFENSA DE LOS INDIOS EN BARTOLOMÉ DE LAS CASAS. .Universidad de Valladolid,
[v][v] CARTA ENCÍCLICA LUMEN FIDEI DEL SUMO PONTÍFICE FRANCISCO. 29 de Junio de 2013.
[vi][vi] Constitución Española de 1978. Artículo 10.
[vii][vii] BENEDICTO XVI. inauguración del congreso 'El embrión humano antes de la implantación". Ciudad del Vaticano. 26 de febrero de 2006.[1]


[i][i] Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas 3, 26-29






 





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BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

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