viernes, 14 de diciembre de 2012

Gaudete: La alegría (y III)

Quiero aprovechar este tercer domingo de Adviento para concluir la trilogía de entradas sobre "la alegría" que comencé este verano. ¿Y por qué este domingo precisamente? Pues precisamente porque este domingo tiene un nombre especial y específico: Domingo de Gaudete
Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada de la misa de este tercer domingo de Adviento, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca) 
Este Domingo de Gaudete, como el Domingo de Laetare en la Cuaresma, hace un alto en el caracter penitencial del Adviento por la proximidad de la cercanía del Salvador. Así se suaviza la norma de la ornamentación del templo y el celebrante puede usar la vestimenta rosada, como en el cuarto domingo de cuaresma, y que representa la encarnación del Hijo de Dios. Por este motivo también la tercera vela de la corona de adviento es rosada.  

Una alegría para compartir.
Las primeras generaciones cristianas cuidaban mucho la alegría. Les parecía imposible vivir de otra manera. Las cartas de Pablo de Tarso que circulaban por las comunidades repetían una y otra vez la invitación a «estar alegres en el Señor». El evangelio de Juan pone en boca de Jesús estas palabras inolvidables: «Os he hablado... para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena».
 ¿Qué ha podido ocurrir para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como algo triste, aburrido y penoso? ¿En qué hemos convertido la adhesión a Cristo resucitado? ¿Qué ha sido de esa alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores? ¿Dónde está?
 La alegría no es algo secundario en la vida de un cristiano. Es un rasgo característico. Una manera de estar en la vida: la única manera de seguir y de vivir a Jesús. Aunque nos parezca «normal», es realmente extraño «practicar» la religión cristiana, sin  experimentar que Cristo es fuente de alegría vital. "Caras tristes...., modales bruscos....,facha ridícula..., aire antipático: ¿Así esperas animar a los demás a seguir a Cristo?" (Camino 661).

Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirlo con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano.
El secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno experimenta cuando «las cosas le van bien». 
Pablo de Tarso (San Pablo) dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros.

La alegría cristiana nace de la unión íntima con Jesucristo. Por eso no se manifiesta de ordinario en la euforia o el optimismo a todo trance, sino que se esconde humildemente en el fondo del alma creyente. Es una alegría que está en la raíz misma de nuestra vida, sostenida por la fe en Jesús.

Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas y contagiar alegría realista y esperanza. (Juan 15, 9 – 17). 
O como dice el Papa: "La alegría cristiana se sostiene en esta certeza: Dios está cerca, está conmigo, en la alegría y el dolor, en la salud y la enfermedad, como amigo y esposo fiel. Y esta alegría permanece en la prueba, en el mismo sufrimiento, y no se queda solp en la superficie, sino que está en el fondo de la persona que a Dios se confía y en Él confía". 

Ya comentaba en una entrada anterior que una sonrisa es un gran acto de caridad. Que la sonrisa evangeliza, y es la mejor carta de presentación de que estamos llenos de Dios. Como decía San Francisco de Sales "un santo triste es un triste santo".
Por eso el Angel saluda a María con ese hermoso "¡Alegrate María". Porque la alegría, el tesoro de lo que está por venir estará por encima de de toda la tribulación y todo el dolor que sobrevendrá el dar el "sí". A pesar de esa "espada" que atravesó su pecho, no hay nada más grande y que nos haga más feliz que llevar a Dios dentro. Y por supuesto no hay nada más grande que ser la Madre de Cristo, la Esposa del Espíritu Santo, el más hermoso Sagrario de la historia. 
"¡Alégrate!" Nos dice el Angel de Dios cada día a cada uno de nosotros. "¡Alégrate!.....Marisa, Javier, Jose, Alvaro, Belén, Mariam, Nuria, Juanma, Rosa, Carmen, Ana, Toñi, Francisco, Antonio, Angustias, Juan, Ángel.....¡Alegrate!....
¡¡¡Alegraos!!! Porque "con nosotros está el Señor omnipotente, el Dios de Jacob es nuestra fortaleza" (salmo 46).

Por eso, hemos de vivir la alegría verdadera, la que flota por encima del dolor. No nos quedemos en lo externo. No nos quedemos en lo superficial. Debemos llenar la vida del optimismo que nos da tener puesta nuestra esperanza en el Amor de Dios, y como decía San Josemaría Escrivá "ahogar el mal en abundancia de bien".
Tenemos que tenerlo claro y vivir esto en nuestro día a día y no quedarnos en la alegría "de las bellotas" (como veíamos en la "La Alegría (I)".  

"Ese desaliento, ¿por qué? ¿Por tus miserias? ¿Por tus derrotas, a veces continuas? ¿Por un bache grande, grande, que no esperabas?
Sé sencillo. Abre el corazón. Mira que todavía nada se ha perdido. Aún puedes seguir adelante, y con más amor, con más cariño, con más fortaleza.
Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría, reciedumbre, optimismo, ¡Victoria!"
San Josemaría. Vía Crucis.


NOTA: (Muchas de estas ideas han surgido tras la lectura de "Dónde duerme la ilusión. La tibieza" de Francisco Fernández Carvajal.)

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