miércoles, 11 de mayo de 2011

COFRADÍAS DE VIDA

A menudo no encontramos nuestro sitio en nuestros días, no vemos el punto de referencia para nuestra vida, andamos como tristes, como perdidos, con la sensación de no estar haciendo lo más correcto. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué estamos así?

Decía Ortega y Gasset “a veces no sabemos lo que nos pasa,…. ¡Y eso es lo que nos pasa!”.

Es cierto. No saber lo que nos pasa, no buscar dentro de nosotros mismos, no buscar el origen de nuestra insatisfacción o de nuestras “alegrías” fugaces, es el primero de nuestros problemas. Es como si se nos avería el automóvil, y en vez de llevarlo al mecánico o mirar a ver qué tiene, lo aparcamos para siempre y dejamos pasar el tiempo, hasta que llegamos a olvidar que tenemos coche.

A menudo nos pasa eso en nuestra vida espiritual, personal y humana. No nos paramos a pensar qué nos pasa.

Leíamos en el Evangelio del pasado domingo la lectura de "Los discípulos de Emaús". Jesús se aparece a dos discípulos camino de Emaús. Ellos estaban llenos de sus propias inquietudes y no estaban atentos a lo verdaderamente importante, “estaban como incapacitados para reconocerle” (Lc 24, 16). Conocían y habían estudiado la Escritura, pero no la habían “ESCUCHADO EN SU INTERIOR”. Amaban a Cristo, pero no habían puesto toda su fe en lo que Él les había anunciado. Andaban tristes aunque Cristo ya había resucitado y estaba junto a ellos (Lc 24, 17). No habían sido capaces de ser trascendentes con sus vidas. Eran capaces de explicar perfectamente la vida y muerte de Jesús, pero incapaces de reconocerlo después de tanto tiempo a su lado.Cristo estaba en su conocimiento, en su inteligencia, pero no estaba en su vida.

A nosotros a veces nos pasa lo mismo. Dedicamos mucho tiempo a nuestra cofradía, al culto a Cristo y a la devoción a nuestra Madre. Fieles a nuestros ensayos de costalero, fieles a nuestros cultos y actos, fieles el día de nuestra salida, fieles a la misa dominical. Hacemos nuestra oración diaria y siempre, para lo bueno y para lo malo nos acordamos de nuestros Titulares. Y sin embargo vemos como nos falta algo. Algo más. No acabamos de ser felices del todo en nuestra Hermandad, en nuestro entorno, en nuestro trabajo, en nuestra vida.

Como María Magdalena, nos acercamos a Cristo pero en numerosas ocasiones no lo tratamos como a un Cristo resucitado (Jn 20,11-16). Nos sentamos a llorar frente al sepulcro mientras Cristo nos habla y no le escuchamos. “¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? (Lc 24,5-6).

A menudo a los cofrades nos falta encontrarnos con el resucitado, acercarnos a Él, caminar un buen rato junto a Él y escucharlo hasta dejar nuestro corazón embriagado con sus palabras.

Nos quedamos en la Pasión. Lo dejamos en el sepulcro y nos preparamos para la próxima Semana Santa. Pasamos de puntillas por la Pascua, y no llegamos a descubrir a Cristo resucitado en nuestro interior.

Y mientras, Cristo camino a nuestro lado. Nos habla de muchas formas, a través de los amigos, en los sacramentos, en la oración, en la mirada del que sufre, en la sonrisa del bebé, en determinadas lecturas, en las personas que nos quieren,…… y nosotros seguimos sin saber qué nos pasa. A veces nuestro orgullo apaga esa sensación y nosotros mismos decimos “No me pasa nada”.

Al acercarnos a Cristo, al abrir bien los oídos de nuestra alma, escucharemos lo que nos dice. Los discípulos de Emaús se sintieron trasformados tras la Eucaristía. Cuando Cristo partió el pan se les cayó la coraza de su corazón. “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba?” (Lc 24,32)

El encuentro con Cristo resucitado nos transforma, nos hace mejores, más felices porque entendemos la trascendencia de todo lo que hacemos, de nuestra vida y nuestro actuar. Somos Cofradías de Vida, no de muerte. Somos hermanos sobre la base de Aquel que tras partir el pan con sus amigos, se entregó en sacrificio vivo hasta una muerte de cruz, y que RESUCITÓ por todos nosotros para traernos la Salvación.

Debemos despojarnos del hombre viejo, y transformarnos en el hombre nuevo fruto de la conversión y la resurrección.

Una Cofradía llena de hombres nuevos, de hombres y mujeres que se sienten hermanos y que trabajan por el resto de los hermanos es una cofradía viva. Una Hermandad que pasa los días y los años mirándose el ombligo, y no mira y se encuentra en los demás, es una Cofradía "hojalatera", una cofradía en "vía muerta", una "Cofradía museo", sin vida interior, tan sólo apariencia. Una Cofradía que vive solo para un día al año es una cofradía con poco futuro. Porque el futuro de todo cristiano pasa por descubrir a Cristo resucitado, por encomendar todos sus actos al Espíritu Santo, por salir de sí misma y encontrarse en los demás.

Una vez leí esta historia: “En una sala un reconocido lector deleitaba a los demás recitando trozos de libros famosos. Un sacerdote estaba allí y en un momento de descanso le preguntó si podía recitar el salmo del Buen Pastor. El declamador le respondió: Claro que puedo y lo voy a declamar pero, como condición, después de que yo lo recite también usted lo hará. El sacerdote, extrañado por la propuesta, aceptó. La declamación del artista fue preciosa, entusiasta. Una lluvia de aplausos cerró su presentación.

Luego fue el turno del sacerdote. Declamó el mismo salmo 23, casi de memoria. Al terminar, no hubo aplausos, sólo un silencio muy grande, un silencio especial, diríamos espiritual. A algún ojo incluso se le escapó una lágrima. Pasados unos instantes el declamador se levantó y dijo: "Ustedes acaban de presenciar algo muy grande. Hubo una gran diferencia: Yo declamé extraordinariamente el salmo sobre el pastor porque sé utilizar muy bien las palabras y las formas, pero sólo él nos ha sabido transmitir la esencia del salmo, porque él conocía al Pastor”.

Podemos tener la mejor cofradía, ser los mejores en las formas y en la liturgia, ser perfectos en nuestros cultos y actos, extremadamente cuidadosos en el orden y en lo externo, pero sólo realizaremos nuestra auténtica labor como Cofradía y como cofrades, la de transmitir a Cristo y su mensaje de amor y de vida, si somos capaces de encontrar a Jesús resucitado en nuestra vida. De conocerle y de reconocerle a nuestro lado. De vivir para los demás.


Podemos ser como el poeta o como el sacerdote de la historia. Podemos simplemente servir para levantar el aplauso de la gente o para llegarles a lo más hondo del corazón y del alma con el ejemplo del cristiano que se ha encontrado con Cristo, que ha caminado a su lado y le ha reconocido.

Entonces SÍ, seremos Cofradías de Vida, COFRADÍAS VIVAS.

Que María Santísima nos ayude a alcanzar esta meta, difícil para nosotros pero con la ayuda de Cristo y de su Madre totalmente posible. Que su resurrección sea en nuestra vida, nuestra Victoria.

lunes, 9 de mayo de 2011

Aurora Coronada

La gracia eterna de Madre,
el suspiro roto del alma,
la luz encalada de un barrio
que es la que Gabriel llevara
cuando te anunció la dicha
de ser de Cristo su casa.

La misma corriente de aire
que baja para hacerte Esclava
de Dios para todos los hombres
y a la vez Reina en Granada.

La misma confianza que diste
al Padre, cuando te llamaba,
cuando te dio lo imposible,
y tu no esperabas nada.

La misma pureza que viste
de tu barrio las fachadas,
la misma alegría que el cielo
festejó con tu callada
respuesta a Dios de un "sí quiero,
que se haga tu Palabra".

La misma oración que en tus labios se quedó desconcertada,
la misma llama prendida
en tu corazón de Madre amada.
Los ojos llenos de Dios, y la mirada entregada.

Un manto de pureza eterna, una eterna línea dorada
bajó por la cuesta santa con un rosario empedrada.
La luz de Cristo reluce, despunta de madrugada,
trayendonos su perdón, la redención anunciada.

¿Has visto, Madre María, como el Albaycín te aclama?
¿Has visto como los rayos, de sol te visten de plata?
¿Has visto cuanta misericordia, regalas por donde pasas?
¿Has visto Madre divina, el cielo por donde tú andas?
Como reza, como canta, como te engalana el alma,
este barrio que te quiere, esta ciudad que te ama,
esta luz que baña todo de oro blanco y blanca alma.
Como te reza la gente y llora cuando tu pasas.

Tu "fiat" trajo la aurora
y la salvación soñada,
abriste la puerta del cielo
encarnando la Esperanza.
Por eso Dios te llamó,
y los coros te proclaman,
Regina Aurora en la tierra
y en los cielos coronada.

La Madre se viste de blanco, el cielo te lo proclama,
eres Aurora de Cristo, eres Aurora del Alba,
Aurora del amanecer del Hijo, que su Perdón nos regala.
Eres Aurora de luz, del Evangelio a Granada.

La misma ilusión,
la misma gloria,
la misma pasión,
la misma historia,
la misma dulzura,
el mismo alma,
la misma entrega,
la misma Gracia,
la misma Madre de Dios bajó rezando a Granada,
y Granada le rezó, hasta verla coronada.

sábado, 7 de mayo de 2011

Sabrás lo que es ser padre

Sabrás lo que es ser padre

Solamente sabrás lo que es ser padre, cuando sientas muy hondo el latido de ese pedazo de tu corazón sobre tu pecho, henchido de legítimo orgullo.

Sabrás lo que es ser padre cuando comprendas que el fruto de tu sueño es ahora una realidad palpitante, ternura en piel viva y mirada inocente ante tu regocijo.

Conocerás la dicha de ser padre cuando entiendas que tu sueño ya jamás será completo, cuando sepas del llanto de la madrugada, de tus largas ojeras y la satisfacción de ver a tu renuevo tranquilamente dormido, aunque tú no lo puedas hacer.

Únicamente sabrás lo que es hacerse padre cuando radiante pasees a tu hijo en su dorada carriola, le hables aunque sepas que no te entiende aún y lo veas descubriendo asombrado cada pequeña cosa que constituirá su primera lección de filosofía.

Sabrás lo que significa ser padre cuando en la noche corras por esa medicina que necesita para aliviar su fiebre, al llevar la cuenta de sus vacunas y cuando de puntillas te acerques a su cuna a escuchar su respiración, acompasada y feliz.

Cuando por primera vez te diga papá, ría cuando lo lances al aire y no sienta el peligro porque tú le das seguridad con tu sonrisa, cuando le impulses a dar sus primeros pasos, inequívoca señal de que empieza el camino hacia su destino y corras detrás de su bicicleta donde afanosamente pedalea los primeros caminos y distancias del peregrinar futuro de su vida.

Sabrás la maravilla que posees cuando lo lleves por vez primera a la escuela y veas sus ojos llorosos porque no quiere separarse de ti y sientas el alma adolorida al alejarte dejándolo en medio de otros egoísmos que, sin embargo, le enseñarán a ser compartido.

Cuando te muestre sus primeros garrapateados dibujos, incipiente Picaso que preludia en ellos el afán por la belleza que se esconde en su corazón. Y sobre todo cuando se abrace a ti, tomando tu mano simbolizando con ello la confianza de tu fortaleza, que le dará seguridad en su andar.

Sabrás lo que es ser padre cuando reclame tu tiempo y tú tengas que buscarlo y encontrarlo en donde puedas, cuando lo lleves al circo y a la playa y al paseo cansado pero gratificante, cuando juntos sueñen en las vacaciones en que ambos se pertenecerán por completo, cuando le enseñes a jugar y a llenar rompecabezas y juntos caminen por el parque cualquier tarde esplendorosa de abril.

Comprenderás la maravilla que Dios te concedió, cuando te rete con sus primeras preguntas y de momento no sepas cómo contestarlas, cuando le ayudes a escribir la carta a Santa Claus y esperes la vigilia de la Navidad con el ansia compartida de una nueva niñez tuya y descubra en tu abrazo y tu caricia y tu beso incondicional, cuanto le amas.

Sabrás lo que es ser padre cuando lo lleves a que toque a Dios por primera vez, le enseñes a rezar y sienta que tu cariño es algo en lo que puede confiadamente descansar. Y cuando ves que va creciendo y tú lo acompañas, va avanzando y tú estás a su lado, y se va haciendo adolescente y en ese proceso tú no lo dejas, por duro que sea el ver que poco a poco se desprende de ti, para ir en busca de sí mismo.

Sabrás lo que es ser padre cuando oigas el reclamo inesperado y su deseo de independencia. El día que deje de acompañarte, porque sus amigos lo esperan y sientas que tu corazón se estremece, porque el día llegó antes de lo que pensabas y sientas profundamente que así debe ser, porque es el precio que pagarás por el aprendizaje de su vuelo definitivo.

Y finalmente sabrás lo que es ser padre cuando un día tu hijo tenga que partir para estudiar en otro lugar, o a un trabajo distante y la nostalgia consuma las horas que antes feliz disfrutaste en su compañía y quizás sea el teléfono o el Internet la lejana liga que te una a él.

Y sobre todo cuando alguien venga y lo lleve de tu lado para perseguir otro arco iris, el de su propia vida, compartida con alguien a quien amará y tú deberás aceptarlo, porque esa es la ley de la vida y tu hijo te fue solamente prestado por un tiempo.

Entonces sabrás lo que es saberte padre. Que no estudiaste para ello, pero lo viviste y lo seguirás viviendo. Y el regocijo que eso te proporcionará deberá entonces ser mayor que el dolor que supone el sentir que algo muy tierno se despide de tu alma. Pero es solo entonces que podrás saber con plenitud, la maravillosa experiencia, regalo de Dios vivo, que es saberse padre.

Autor: Rubén Núñez de Cáceres V.

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BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

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1 de Mayo de 2011

Año de la Fe 2012-2013

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