jueves, 17 de abril de 2014

Setenta veces siete

El perdón es el gran testimonio de nuestra cristiandad, porque el Evangelio de Cristo, la Palabra de Cristo, la vida de Cristo entre nosotros es un ejemplo continuo de reconciliación. “Padre; perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc. 23,34).
Solo hay un camino para la salvación del hombre, para su encuentro con Cristo y para gozar desde ya del Reino de los cielos. Este camino es el de apartar de nosotros “el hombre viejo”, el de revestirnos del “hombre nuevo” a imagen de Jesús, el de hacer “VIDA” en nuestra vida el Evangelio del Señor. Es cumplir aquella sentencia de Nuestro Señor que renovaba la Sagrada Escritura con un baño de frescura de “amad a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”. Es cumplir también con el último mandamiento de Cristo antes de ascender a los cielos de “id por todo el mundo y anunciad el Evangelio”, con la palabra, y con las obras llenando todo de fe, de esperanza y de caridad. Y esta conversión a la que nos llama Cristo en todo momento de su vida, de su predicación y su Evangelio, es una llamada constante a mejorar, a santificarnos, y a renovar en todo momento nuestro bautismo.
Pero la fragilidad del hombre hace que esta lucha constante para vivir en la Gracia de Dios, choque constantemente con nuestra naturaleza y con la tentación que nos conduce al pecado, a alejarnos, aunque sea momentáneamente de Dios y del proyecto que Él tiene para nosotros. Por eso cuando Cristo envía a sus Apóstoles a predicar "en su nombre la conversión para el perdón de los pecados a todas las naciones" (Lc 24, 47), no los manda simplemente a “predicar”, sino que los envía a llamar al mundo a la conversión y a la fe, comunicándoles también la remisión de los pecados por el Bautismo y reconciliándolos con Dios.
Por eso es tan importante en nuestra vida cristiana acudir al Padre como el hijo pródigo buscando su abrazo y la reconciliación. Acudir en presencia de nuestro Dios para “volver a empezar”. La conversión a la que estamos llamados es esto. 
Y esta es una de las grandes novedades del Evangelio. Esta es una de las grandezas que diferencia nuestra religión de otras. Dios nos perdona. Siempre. Una y otra vez. Nos espera siempre en el camino. Nos observa cuando nos alejamos y nos espera hasta que volvemos. No existe la lógica ni la justicia humana ante el amor de Dios. El hombre es perdonado una y otra vez. El Padre nos abraza y acoge nuestro corazón compungido, aun cuando hayamos pecado “setenta veces siete”. Y esto lo testificamos cada día que rezamos el credo cuando decimos “creo en el perdón de los pecados”.
Y para ello es el mismo Cristo el que instituye el sacramento de la confesión, el sacramento del perdón, el sacramento de la penitencia y, en resumidas cuentas, el sacramento de la conversión. Y lo une indefectiblemente a sus apóstoles, a la Iglesia y al Espíritu Santo cuando proclama "Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos" (Jn 20, 22-23).
Desde los primeros Padres de la Iglesia se ha considerado la conversión como un proceso doble. Por un lado está el Bautismo que es el lugar principal de la conversión primera y fundamental. “Por la fe en la Buena Nueva y por el Bautismo (cf. Hch 2,38) se renuncia al mal y se alcanza la salvación, es decir, la remisión de todos los pecados y el don de la vida nueva.” (Catecismo de la Iglesia Católica, 1428). Pero la conversión no termina con el bautismo. Continúa día tras día, durante toda la vida del Cristiano. Esta segunda conversión es una tarea ininterrumpida para toda la Iglesia. Y este esfuerzo de conversión no es sólo una obra humana. Es el movimiento del "corazón contrito" (Sal 51,19), atraído y movido por la gracia (Jn 6,44; 12,32) a responder al amor misericordioso de Dios que nos ha amado primero (1 Jn 4,10).
De ahí la importancia de acercarnos al sacramento del perdón. Nos engañamos cuando lo negamos, cuando nos vemos nosotros capaces de “perdonarnos a nosotros mismos” los pecados en un dialogo personal con Dios. Caemos en el vicio de la soberbia cuando queremos ser “autosuficientes” y caminar por otra “vía” distinta de la de la Palabra de Cristo y de su Iglesia.
Es verdad que nadie puede dudar de la Misericordia de Dios, pero es el mismo Cristo el que instituye este sacramento, el que concede a la Iglesia el poder de perdonar los pecados, el que confiere a Pedro las llaves del cielo ("A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos" (Mt 16,19). El confesor no es dueño, sino el servidor del perdón de Dios. El ministro de este sacramento debe unirse a la intención y a la caridad de Cristo, porque sólo Dios puede perdonar los pecados.
Mucho habría que decir sobre el maravilloso sacramento de la reconciliación con Dios y los demás. De la contrición, del arrepentimiento, del examen de conciencia, de la absolución, de la reparación y la penitencia, todo ello lleno de las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad cristianas. Pero podríamos llenar varias libros. Por ello os animo a que leáis lo relativo a este sacramento en el Catecismo de la Iglesia y os empapéis de su riqueza (números 1422-1498)
La Cuaresma y la Semana Santa es tiempo de conversión, de caminar hacia el Padre en busca de la Pascua de su Hijo. Acerquémonos al Sacramento de la reconciliación. Acudamos a la confesión para que nuestra Estación de Penitencia sea completa y lleguemos a la Resurrección de Cristo con un corazón y un alma limpios.
Aunque sabemos que todos los papas se confiensan con asiduidad, es cierto que la imagen del Papa francisco confesandose en la vigilia de 24 horas ante el Santísimo, nos ha llegado al mismo corazón y ha removido muchas conciencias. El mismo decía el pasado 19 de febrero: 
"Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa ser envueltos por un abrazo cálido: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre. Recordemos esa bella Parábola del hijo que se ha ido de su casa con el dinero de la herencia, ha malgastado todo ese dinero y cuando no tenía nada, decide volver a casa pero no como hijo sino como siervo, con mucha culpa y vergüenza en el corazón. La sorpresa es que cuando comenzó a hablar para pedirle perdón el Padre no le dejó hablar sino que lo abrazó, lo besó e hizo fiesta. Yo os digo: Cada vez que nos confesamos Dios nos abraza y hace fiesta.
Vayamos adelante en este camino, ¡qué Dios os bendiga!"

Para ello nos encomendamos a María Santísima, llena de Gracia y de corazón inmaculado, para que nos ayude en nuestro caminar hacia el abrazo del Padre.
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BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

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