lunes, 20 de diciembre de 2010

ONCE MANDAMIENTOS (y II)

(Sigue de "Once Mandamientos (I)", publicado el día 09/12/2010)
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Quiero concluir en esta entrada con la reflexión que hace Santo Tomás sobre por qué en los mandamientos se incluye el precepto de amar a los padres, pero no el de amar a los hijos y esposa.


Cuando los fariseos le preguntan a Cristo "Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?" Jesús le responde que el primer y más grande mandamiento es amar a Dios con todas las fuerzas y que "el segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo."

Ese "como a tí mismo" indica esto de lo que estoy hablando. Se supone que el amor más "sentido" que recibimos es el nuestro propio. El amor natural que tenemos a nuestra propia existencia y a la de nuestra progenie y nuestro conyuge. Amar al prójimo como a uno mismo es amarlo de manera radical, pura, perfecta e inmarcesible. Es amarlo hasta el extremo. Es encontrarme en él. Verme reflejado en él.


Como comentaba en la primera parte de esta reflexión, Santo Tomás distingue entre el "amor natural" o primario y el "amor electivo", es decir, aquel que brindamos o no en el uso de nuestra libertad.


Por eso, como Sto. Tomás nos explica, no hace falta este décimo primer mandamiento.


Yo, como ya dije en mi entrada de Octubre "La mirada de un padre", entiendo el amor a un hijo como algo más sencillo en cómo brota del corazón, como un manantial que mana libremente hacia el hijo, y que se convierte en un gran caudal de emociones, de sentimientos, de acciones ,de responsabilidad, de afecto entrañable y de compromiso hacia ellos.

¿Cómo explicar el amor a un hijo? Es algo imposible de explicar y a veces de razonar. Amar a un hijo es tan sencillo que todas estas disertaciones teológicas, se entienden rapidamente con sólo mirar a un hijo. Y es que cuando miras a tus hijos dices. ¿Cómo no amarlos? ¿Para qué un mandamiento que me marque algo que brota de mi corazón sin esforzarme? Amar a un hijo es tan natural, tan sencillo, que el pensar en lo contrario se considera como una navegación contracorriente en un viaje imposible.
Coger en brazos a un hijo, sentarse junto a él, compartir sus juegos, contestar sus dudas, abrazarlo a la entrada del cole, taparle antes de dormir, descubrir en sus ojos la ilusión de la Navidad, tocar un tambor imaginario a su lado junto a una procesión de Semana Santa, reirse con él, apretar su mano a escuchar un cohete, hacerle una foto mientras sopla las velas de la tarta....todas estas y tantas otros momentos dulces, amargos, alegres y enojosos, describen a la perfección todo esto, que de forma tan extraordinaria intenta explicarnos Santo Tomás en sus famosas "cuestio" . Tener un hijo es quererlo, y entenderlo todo. Y a la vez no entender nada.

Porque ser padre o madre es entregarse, a veces hasta límites en los que uno mismo se sorprende de verse. Es aquello que tantas veces nos han dicho de "quien te ha visto y quien te ve". Toda disertación teorico-teológica, se queda pequeña ante la grandeza del amor. Pero es cierto que a aquellos padres que no están dispuestos a entregarse desde el cariño y el amor al hijo por el hecho de ser él mismo, habría que recordarles sus obligaciónes paternas, el amor natural, que al menos los amen a través del amor que se tienen a sí mismos, pues son parte de ellos.

En estas semanas pasadas, dos terribles noticias han llegado a todos los medios de comunicación. Dos sucesos que rompen todo tipo de lógica humana y de sensibilidad natural. La primera de ellas decía que "Agentes de la Policía Nacional han detenido a una pareja como presuntos autores de un delito de abandono de menor después de que los policías rescatasen al hijo de la pareja, de 6 años de edad, del interior del vehículo familiar, en el que le dejaron para irse de copas. Los agentes, que patrullaban la zona, encontraron al menor llorando, tiritando y con mucho frío dentro del vehículo Los progenitores se marcharon del coche diciendo al niño que se iban con unos amigos a comprarle un regalo. Cuando los policías localizaron a los padres, mostraban "claros signos de embriaguez".Los hechos tuvieron lugar en torno a las 3 de la madrugada del pasado domingo".

De hecho, a través de la matrícula llamaron primero al padre, que negó estar en la ciudad. Después se desmostró que además de mentir cruelmente al niño, estaban de borrachera mientras el hijo quedaba abandonado en el vehículo sufriendo la soledad, el miedo y el frío.

La otra noticia es todavía más cruel, más inhumana. Es la de la triste historia que se destapó al descubrir los restos de un niño dentro de una maleta en un paraje de Menorca. Reproduzco aquí la noticia: "Mónica Juanatey, de 30 años, madre del menor ha confesado que ahogó a su hijo en la bañera porque se sintió "agobiada" cuando los abuelos se lo mandaron días antes desde Galicia, ya que había ocultado su existencia a su actual pareja.
A sangre fría y "en caliente", la madre sumergió a su hijo en la bañera de casa, metió su cadáver en la maleta y la abandonó en el campo, y cuando su compañero sentimental regresó a casa, Mónica le dijo que su "sobrino" (como así le identificaba) había regresado a Galicia e hizo desde entonces "una vida normal", según la policía.


El nombre casi borrado de César (con la "a" ilegible) y las siglas J.F. en su estuche escolar y la edición del cómic número 28 de Naruto hallados en la maleta guiaron las pesquisas policiales hasta la identidad del menor, cuyo DNI no había sido renovado en Noia (A Coruña), donde había vivido con sus abuelos hasta que, días antes de morir, fue enviado a Mónica para que viviera con ella, que era su madre."

Tengo que reconocer que la dureza de esta historia me puso boca abajo las entrañas. Me imagino a ese hijo, primero abandonado por su madre y "desterrado" a casa de sus abuelos, porque quería vivir su vida. Me imagino después la sensación de sentirse llamado por su propia madre "sobrino", la soledad interior, la pena tan grande por este menosprecio, la ausencia de cariño y humanidad por su propia madre. Y por último esa madre ahogando a su propio hijo en la bañera, en ese momento dulce del baño, y guardando su cuerpo inerte en una maleta, junto con sus tebeos, sus lapices de colorear, su goma de borrar en su estuche escolar, y abandonandolo en el monte, como si se tratara de una de esas películas de terror e infamia.

¿Cómo habrá vivido esa madre con este atroz crimen en la cabeza?
Sólo de pensarlo, y conforme leía la noticia me embargaba una tristeza interior inenarrable.

¿Cómo podían unos padres irse de borrachera y dejar a su hijo encerrado en el coche pasando frío y lleno de miedo hasta altas horas de la madrugada? ¿Cúantas veces habían repetido este hecho o cosas similares? ¿Cómo podía una madre asesinar a su propio hijo vilmente?

Y a estas historias se sumaba días más tarde la de la madre que ahogaba a sus hijos en su casa o la de este domingo, cuando un padre mataba a su hijo de cuatro años de un disparo y luego se suicidaba. Familias desestructuradas y separadas que acaban en tragedia Familiar.

Y también las de los maridos que matan a sus esposas, las de malos tratos al conyuge o hijos, y la de miles de abortos que se cometen por el simple hecho de la comodidad de los padres.


Por lo que pensé, si hoy estuviera aquí Santo Tomás y aquel niño le preguntara la cuestión aquella de "¿Por qué existe el mandamiento de honrar a los padres y no el de cuidar a los hijos?" que hizo a nuestro capellán, y viendo todo esto. ¿No dudaría lo mismo que hizo este o yo mismo?

Aunque claro, - me contesté a mí mismo - aquellos que no le hacen caso a su propia naturaleza, al amor más puro que llevan dentro de sí, a ese amor natural de padre o madre. Si ni a ellos mismos ni a sus propios hijos aman....¿Qué caso le harían a un mandamiento divino?


Ahora, que se acerca la Navidad, descubrimos, por desgracia, que Herodes no fue sólo el fruto de un determinado tiempo.Sino el fruto del egoísmo humano más inhumano. De la perdida absoluta de humanidad. De la perdida de valores. Fruto de un estilo de vida que ha perdido el rumbo y el norte.

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