martes, 14 de diciembre de 2010

HASTA SIEMPRE, MAESTRO MORENTE

Anoche, al mirar por la ventana empañada de soledad sonora, vi la luna, rota en pedazos de amarguras, que apenas podía hablarme entre tanto desconsuelo. La vi de espaldas, mirando hacia otro lado, con los ojos perdidos en la lágrima que no se atrevía romper la quietud de la noche. No había estrella ni cielo que pudiera consolarla ante su dolor. Tan sólo un tapiz de luto.
La vi de perfil, mirando a otro lado. Con la mirada de aquel que no acaba de creer lo ocurrido. Con la distancia en los ojos de aquel que no escucha lo que le hablan. Con la mirada encontrada en otro encuentro. Con la mirada perdida en otro intento.
La luna, que en Granada siempre mira al Albaycín, miraba anoche a Madrid. Con la mirada perdida en busca de alguien que le dijera que nada de aquello era cierto, que todo era una mala farsa. Que aquel silencio que temblaba en sus oídos de plata no era más que un descanso.
Pero no.
El maestro había muerto.
Se fue con la misma sencillez con la que caminaba por las calles del Albaycín. Con la misma serenidad y humildad con la que te saludaba y charlaba contigo cuando te lo encontrabas en el Campo del Príncipe.
Fue grande no sólo junto al crujío de la guitarra, sino también en el trato humano.
Se va un genio. Aquel que siempre quiso aprender de los genios eternos. Que se acercó y cantó "por" Miguel Hernandez, por Lorca, por San Juan de Cruz y hasta por Cervantes, y que andaba enrredado desde 2008 con Picasso.
Su voz tuve la suerte de escucharla en muchas ocasiones. Esa "voz libre" de la que hoy hablan en todos los sitios. Porque aunque nunca dejó de estar en la roca firme del flamenco puro, su voz siempre fue libre y avanzó por donde el genio y el ingenio le dictó, cabalgando entre lo de siempre y lo nuevo. Entre lo clásico y lo innovador. Por eso fue el gran renovador del flamenco.
Pero ante todo un poeta. Un poeta en el cante y en la voz. En el contenido y en las formas. Un poeta del cante en busca de la lírica que nos regaló con su arte.

Disfruté su cante en varias ocasiones, recuerdo con especial cariño un certamen en el Albaycín, rasgando con su quebrada y áspera voz el terciopelo blanco del aire del barrio. Disfruté escuchandolo en el Zaidín junto a Lagartija Nick en aquel proyecto "Omega" que tantos aplausos y críticas le trajeron. Pero él estaba, como todos los maestros y los genios, por encima de todas las voces, porque sólo le interesaba la voz del flamenco y de la música.
Pero de todas las veces, que lo escuché, sin duda alguna me quedo con dos momentos especiales. Uno, un dia de la cruz de hace muchos años, cuando, cuando apenas quedabamos ya algunos en el patio de las Comendadoras, se cerraron las puertas del compás del convento, sonaron las guitarras, y él acompañado de su familia, se hizo uno más al cante conviertiendose aquel día, en el más mágico y recordado de todos los dias de la Cruz vividos.
Y por supuesto, las veces que lo escuché en Lunes Santo. Le cantaba a la Amargura siempre que su calendario se lo permitía. La mayoría de las veces al regreso. Unas veces sólo, otras con Estrella y otras, como este pasado Lunes Santo, con toda la familia, en lo que fue un momento único, y por desgracia irrepetible.
Me acuerdo a la perfección de aquel faldón cerrado, bajo el paso de la Santísima Amargura, y ese silencio de la calle Santiago roto por su quejío y su saeta rota que penetraba en el alma del mismo cielo del Realejo. La camiseta "empapá" de regreso y el corazón repleto de alma. Y aquella voz, aquella oración sentida, aquel cante bendito que resonaba en las estrechez de Santiago. Alivio del dolor de la vuelta y salmo desnudo a nuestra Señora.

Bendita antífona rasgando la noche frente al muro blanco del convento. Esa voz tamizada, rasgada. Esos quiebros en el quejío que rompían el "sentío". Ese cambio de tono y de ritmo en la saeta y el cante. Ese maestro rezándole a María Santísima de regreso a su casa.
Aquellos momentos, que recuerdo desde el primer año, fueron únicos y, como antes ya decía, por desgracia irrepetibles.
Ayer, en torno a las cinco de la tarde, como los toreros, Enrique, supongo, se paseó por Granada, una última vez más. Rezó un Ave María ante la Amargura y cantó suavemente, junto a la reja comendadora, como tantas veces hizo:
"Madre,
toda madre tiene,
penas y amarguras,
penas y amarguras,
pero la tuya es la mayor"

Luego, subió a su blanco barrio donde después de un rato frente a Él, se santiguó ante el Cristo de la Misericordia y se encomendó para el tránsito. Allí subió a San Nicolás y, de frente a la Alhambra, vio un cielo abierto de ángeles que le condujeron a la presencia del Altísimo.
Lanzó un último beso, de esos que lanzaba con la palma abierta desde el escenario, tocandose el corazón, a sus hijos, a su mujer y su ciudad, y entrando con blanca camisa nueva y se puso de rodillas ante el Padre donde suavemente, como siempre hacía, hasta llegar a la extenuación del sentimiento le cantó un padrenuestro que haría llorar al mismo San Miguel, patrón del Albaycín.


Hasta siempre, Enrique.
Hasta siempre, maestro.

No podremos olvidarnos nunca de tí, porque con nosotros queda tu voz y tu genio de inmortalidad flamenca.

Hasta siempre, Enrique.

Hasta siempre poeta.
Hasta siempre, maestro.


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