jueves, 23 de septiembre de 2010

LO QUE SOMOS

Recuerdo la emoción del profesor de "Lengua y Literatura" de 3º de BUP cuando llegó en el temario al denominado Siglo de Oro. Sus rimas, sus versos, El Quijote, el teatro, los grandes clásicos.......

Recuerdo como disfrutaba explicandonos la rivalidad absoluta entre Quevedo y Góngora, entre culteranistas y conceptista, clasistas y latinistas.
Nos leía, con una media sonrisa, los versos en que uno y otro se lanzaban dardos envenados. Así los clásicos sonetos de Quevedo acusandole de procedencia judia:
"Yo te untaré mis obras con tocino porque no me las muerdas, Gongorilla (...)" (menudo elemento....)
o el clasico "Erase un hombre a una nariz pegado, erase una nariz superlativa....." (en clara alusión a su nariz de rasgos hebreos)

A lo que Góngora contestaba:
"Anacreonte español, no hay quien os tope. Que no diga con mucha cortesía, Que ya que vuestros pies son de elegía, Que vuestras suavidades son de arrope"

Y conseguía transmitirnos, a la mayoría, la culta guerra con versos hechos proyectiles.
"Lo que me hubiera gustado a mi que Góngora o Quevedo me hubiera insultado de esa forma. Aunque, claro, Quevedo, todavía, pero el cultista de Góngora te dice la mitad de eso y le dices -La tuya- por si acaso".

Recuerdo ese libro de literatura jalonado de párrafos de Cervantes, Garcilaso, Gracián, Tirso o Lope, de versos de Quevedo, Góngora o los grandes místicos y enriquecido con imágenes de los grandes maestros de la pintura que nos regaló esta época dorada que cabalgaba sobre el fin del Renacimiento y el maravilloso barroco español, con obras del soberbio Velazquez, El Greco, Zurbarán, Murillo......

Se trataba del siglo de Oro político del imperio español, con Los Reyes Católicos, el emperador Carlos V y el gran Felipe II, y el llamado Siglo de oro de la literatura y las artes españolas, entrado el barroco, y principalmente con Felipe III y IV, donde el imperio ya vivía su ocaso.

Entre el profesor de literatura y el de historia nos adentrábamos por las puertas del Escorial a este gran tiempo español, caminabamos junto a la guardia del Duque de Alba en Flandes, navegábamos en Galeones cargados de oro de vuelta de las Indias o en Galeras que dominaban bajo mando español el mar Mediterraneo por Dios, el rey, la patria y la soldada. Entrabamos en Tenochtitlan con Hernan Cortés y navegábamos por el Amazonas con Orellana, o entrabamos en Filipinas con Legazpi fundando Manila.

Rezabamos detrás de santa Teresa en Ávila y sentíamos la soledad de la celda de S. Juan de la Cruz en Úbeda. Rendíamos a las tropas de Nassau en Breda y a caballo llevábamos a Felipe II la noticia de que habíamos vencido de forma aplastante a los franceses en S. Quintín. Observábamos a Tiziano retocando uno de sus retratos en la Corte y acompañábamos a Calderón al estreno de la "Vida es sueño" en un céntrico corral de comedias de Madrid.

Pleiteábamos por nuestra honra por las calles de la imperial Toledo, y caminabamos por una Granada que por deseo del mismísimo emperador era reformada y convertida en una de las ciudades modelo del orbe. Formábamos parte de los Tercios del Gran Capitán, el mejor y mayor ejercito profesional del mundo, envidia y temor de todos nuestros enemigos, que eran muchos.

Leíamos versos copiados de una obra de Lope de Vega a nuestra amada que se escondía tras la celosía de su ventana y vencíamos a los turcos en Lepanto luchando junto a un tal Miguel de Cervantes, que de tanto luchar "mano a mano" le quedo inmovil por un trozo de plomo que le atravesó el nervio. Eramos uno de los "trece de la fama" y junto a Pizarro conquistamos el imperio Inca. Combatimos y ganamos a los franceses en la costa de Galicia junto al ilustre granadino Alvaro de Bazán y leímos los versos de Garcilaso en un palacio de Valladolid que lindaba con la casa en la que nació Felipe II.


Tras deleitarnos con el "Burlador de Sevilla" de Tirso en una plaza junto a la Catedral hispalense, nos recomendaron la lectura del "Ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha" que pudimos leer y gustar en nuestro regreso a la Corte.

Nos reímos cuando un mozalbete nos robó un queso y nos recordó al de la historia del Lazarillo de Tormes y el genial Velazquez nos presentó al Conde-Duque de Olivares antes de acabar uno de sus retratos.

Luchamos junto a Maria Pita en la mayor derrota que nunca sufriera la Armada Inglesa en su historia y buscamos carboncillos para Diego de Siloé, que trazaba los planos definitivos de la Santa Catedral de Granada. Aprendimos medicina en Alcalá con el Divino Vallés y con Nebrija aprendimos las reglas de un idioma, el castellano, que acabaría convirtiendose en una de las principales y más importantes lenguas del mundo. Con el Marqués de Medina-Sidonea recorrimos Andalucía entera y nos retiramos al monasterio de Yuste con el emperador Carlos V.

Conquistamos Italia junto con el Gran Capitán en la Guerra de Nápoles y junto a Antonio de Leyva y Fernando de Ávalos en la batalla de Pavía. Francisco de Vitoria nos relató los primeros "derechos humanos" de la historia, el "derecho de gentes" recogido en las "leyes nuevas" promulgadas a su instancia y la de Fray Bartolomé de las Casas por el emperador Carlos.

Agachamos la cabeza cuando pasamos junto a un inquisidor del Santo Oficio y observamos como el rey moro entregaba las llaves de Granada con ojos emocionados a quienes sabía la querrían tanto como él la quiso. Salvamos con nuestras tropas a Viena del terrible asedio otomano del sultán Solimán el Magnífico y defendimos los derechos de los indígenas indianos junto a Fray Bartolomé de las Casas. Degustamos las "Novelas Ejemplares" y nos deleitamos en una cálida noche de verano en Almagro con "El Caballero de Olmedo".

Tras escuchar misa en latín en la Iglesia de San Juan de los Reyes, el párroco nos habló de las directrices principales del Concilio de Trento y decidimos, junto a otros católicos padres de familia hacer una Hermandad para dar culto público a Cristo y ayudar a los cofrades en sus necesidades temporales. Alonso de Santa Cruz trazó los paralelos y determinó la longitud exacta, mientras Miguel Servet nos explicaba la circulación pulmonar de la sangre.

Junto al granadino Diego Dávila y a Alonso Pita, capturamos al rey francés Francisco I y lo llevamos preso a Madrid a los pies del emperador Carlos V. Desde la borda de nuestra carabela, vimos gesticular al almirante Colón y señalarnos desde su nao, con el dedo, la nueva tierra que oteara Rodrigo de Triana desde La Pinta.

Escuchamos la Celestina y aprendimos su moraleja y enterramos con lágrimas emocionadas a Magallanes, antes de continuar la primera circunnavegación del globo terraqueo al mando del gran Juan Sebastián Elcano en su Nao Victoria. Llegamos al Pacífico por Panamá con Nuñez de Balboa, descubrimos lo que después sería Estados Unidos con Ponce de León y observamos por primera vez las cataratas de Iguazú con Cabeza de Vaca.

Con Juan de Herrera aprendimos matemáticas y geometría y nos maravillamos rezando en la nave central de la iglesia de Monasterio de San Lorenzo. Con Hernandez de Toledo realizamos la primera expedición natural moderna de la historia por tierras americanas, por orden del mismísimo Rey y Juan de la Cosa nos enseñó el primer mapa de las costas descubiertas.

Conocimos en una montería en El Pardo, al mayor mecenas y coleccionista de arte del XVII, a Carlos IV, que compartia la pena y el honor de ser a la vez rey de la España políticamente decadente y rey de la mayor (junto con la de su predecesor Felipe III) y mejor etapa de esplendor de nuestras artes y letras.

Descubrimos el Plateresco, el Churrigueresco, el arte Herreriano, y el Barroco. Viajamos a Roma junto a Ignacio de Loyola y conocimos al Papa y llevamos el Evangelio a China y a Japón junto a Francisco Javier. Presenciamos una charla amena, en presencia de Nuestro Padre Jesús de la Pasión, entre Alonso Cano y Martinez Montañez , en la que este alababa las maravillas de la Inmaculada de su antiguo alumno.

Escoltamos junto a Francisco de Borja el cadaver de la emperatriz Isabel a Granada, y nos estremecimos ante el llanto amargo de tan noble caballero al descubrir el ataud a su llegada. Charlamos con José de Mora por el Albaicín de su Santísimo Cristo crucificado de la iglesia de San José y nos dividimos el mundo en Tordesillas.

Descubrimos que en nuestro Imperio no se ponía nunca el sol, y que las estrellas hablaban con la luna en español.

Allí nos trasportaba la historia y la literatura: al Siglo de Oro de las artes, de las letras y la pintura, y a los siglos de esplendor y decadencia de nuestro imperio. Y sabíamos que fuimos grandes. Tanto o más que aquellos que se hacen grandes en las series de televisión y en las películas. Tanto o más que franceses, ingleses, o italianos. Y por supuesto mucho más que otros cuya historia arranca cuando nosotros ya estábamos curtidos.

Una historia para llenar bibliotecas enteras, para crear las mejores series con los más grandes argumentos, para filmar cientos de películas que hablaran de gente que vivió con ideales, y se desvivió (con fortuna o sin ella) por hacer de esta nación una patria grande. Es cierto que a veces nos equivocamos (me incluyo en la historia de nuestra España), pero la mayoría de las veces no fuimos más que hijos de una época concreta y una forma de entender las cosas determinada. No fuimos, a pesar de lo que nos venden, más malos ni más pecadores que el resto de los paises que nos rodean.

Todos estos y otros tantos españoles que quedan por mencionar, y tantos y tantos compatriotas anónimos, ricos y pobres; nobles y pícaros; soldados de tercios y galeotes; reyes y emperadores; médicos y vividores; escritores, escultores, arquitectos, científicos y pintores; conquistadores y conquistados; navegantes y campesinos; caballeros y damas; reinas, princesas y meninas; alguaciles y virreyes; obispos, frailes, sacerdotes, monjas y creyentes; santos y villanos; músicos, actores y espectadores; almirantes y grumetes; españoles de "a pie" o "a caballo", peninsulares, insulares y de ultramar; vizcaínos, gallegos, extremeños, andaluces, castellanos, catalanes, valencianos, asturianos y del resto de regiones de nuestra querida y vieja "piel de toro", sus predecesores y los que vinieron despues, todos ellos construyeron, a veces con el coste de su propia existencia, LO QUE SOMOS .

(....)

2 comentarios:

monaguillo dijo...

Por partes:

1. Así es España, con su historia, con sus grandezas y sus miserias, nuestra España, la que queremos y habitamos.

2. Dime que has utilizado algo de bibliografía para escribir este tocho, porque si no es así... ESTAS PARA MEDICARTE.

3. Si alguno de los Ni-ni de ahora lee esto, se preguntará quienes son todos esos y por qué no hablas de Belén Esteban. jjajajaj

Eres el Góngora de las puñeteras Cofradías, Angelito.

Angel Henares dijo...

Bueno, lo de Hernandez de Toledo, el divino Vallés y Alonso de Santa Cruz lo he buscado, porque en descubrimientos científicos, aunque sabía que los tuvimos, no sabia exactamente cuales ni de quienes. Lo demás creo que es un listado de hechos y personajes que deberíamos al menos conocer, porque nos engrandecen, aunque haya muchos que los utilicen para lapidarnos. Siempre baila algún nombre o localización geográfica (lavejez, ya sabes), pero al menos situarnos ¿verdad? Recuerda que doy historia en mi cole (una historia muy sencilla para gente de un nivel de 3º ESO), y eso también refresca la memoria. Jejeje.
Pues eso. Que somos lo que somos gracias a nuestra historia. A sus errores y sus aciertos. Y que, como digo aquí, no fuimos, a pesar de lo que nos venden, más malos ni más pecadores que el resto de los paises que nos rodean. Pero creo que sí fuimos más grandes. La gente "flipa" con la serie de los Tudor..... si conociera nuestra historia......

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