viernes, 15 de enero de 2010

Luminarias

Desde la antigüedad, tras el descubrimiento del fuego, el hombre ha utilizado diversos tipos de utensilios para iluminar su alrededor.
Desde las primitivas hogueras y antorchas, se ha servido de las eternas velas, los candiles, las candelas, pasando por las farolas de gas y los quinqués de petróleo de los siglos XVIII y XIX, hasta el descubrimiento de la luz eléctrica.
En las murallas de las ciudades costeras y en los puertos marítimos, se han colocado desde tiempos inmemoriales fanales y faros que guiaban la navegación de aquellas embarcaciones que en la oscuridad de la mar pintaban con su casco una línea deleble de espuma y sal movidas por un destino que marcaban las estrellas y a veces los caprichos del viento y las corrientes.

Las lucernas de barro han sido una de las luminarias más utilizadas en la antigüedad por el hombre. Alimentadas, como los candiles, de aceite, son un barco que con su cálida proa surca la tiniebla cuando son portadas de un lugar a otro, y presiden la sala donde son utilizadas.
Quizás las más conocidas sean las clásicas romanas. Las lucernas, hermanas del candil en cuanto a su forma y uso, son de barro cocido y en su parte superior suelen tener grabado un dibujo alegórico o decorativo que ennoblecen la lámpara. Su presencia se hacía imprescindible en las distintas estancias de las “villas”, cuando el sol, dominado por la fatiga, se retiraba a descansar hasta un nuevo amanecer.
Estas lucernas, como todas aquellas lamparas que emiten luz a partir del una llama de fuego, tienen algo especial. Al encenderse barnizan de un cálido dorado toda la sala, como el artesano que, con pan de oro, reviste un altar sagrado. Una luz cálida envuelve la habitación, y se forma un círculo mágico tras el cual nada existe, pues está engullido por la oscuridad. Cuanto más cerca de ellas, la sensación es más familiar, más cálida, más segura. Por detrás las sombras de las personas y los objetos huyen arrastrándose hacia la nebulosa total, sabedoras del poder transformador de la luz, del que reniegan.

Estas lámparas fueron las más utilizadas por aquellos primeros cristianos que, clandestinamente, celebraban su fe en grutas, catacumbas y sótanos. Era la búsqueda de la Luz en medio de la tiniebla. Y la luz de las lucernas se convertía en testigo de todo lo que allí se vivía.

Pero la luz de las lucernas, candiles y velas que delimitaban el ámbito de sus reuniones, se quedaba pequeña, diminuta, insignificante, ante la LUZ que CRISTO encendía en cada uno de ellos e iluminaba su alma, su entendimiento y su esperanza. Luz nueva para una vida nueva. Porque el brillo, el calor, la intensidad y la seguridad que da la luz de Cristo, no se puede comparar a ninguna otra de aquellas “luces” que se encienden a nuestro alrededor.
A veces quedamos fascinados, atrapados, por el brillo del poder, del dinero, del estatus, del placer, del egoísmo, de la vanidad, del individualismo, de la soberbia, del “qué dirán” y de tantas otras luces artificiales que no brotan de una fuente auténtica, eterna, que siempre responde, como es la de Jesucristo, sino que están pendientes de una batería perenne, escasa, limitada en tiempo y poco fiable, a merced del hombre, sus emociones y deseos.
Estas "luces", marcadas por el alejamiento de Dios, no hacen más que llenarlo todo de una niebla engañosa, en la que creemos percibir la realidad tal y como es, mientras vemos una caricatura de esta.

Sin embargo, la Luz de Cristo y el calor de su Palabra, nos marcan el auténtico camino a seguir en la tiniebla.
Cristo enciende con el fuego de su amor nuestras sencillas lucernas, y nos enseña el camino de la auténtica felicidad. Con ellas vemos la realidad con otra luz. Esa luz dorada y cálida que todo lo transforma y transciende más allá del hoy y del mañana. Una realidad que vemos tal y como es. Sin artificios, sin subterfugios, con el propio color de la creación. Con la propia naturaleza para la han sido creadas las cosas.

Y Cristo nos da el aceite para que no nos falte nunca su llama. Aceite que derrama en los sacramentos, la lectura de su Palabra, la oración personal y la caridad fraterna. Aceite que mantiene vivo, con una intensidad cada vez mayor, su fuego.

Cristo nos anima a que seamos
LUCERNAS ENCENDIDAS. Porque las lucernas han sido creadas para eso. Para dar luz y calor. Para llevar luz allí donde no la hay.

Una Lucerna apagada se convierte en un mero objeto, una decoración más, un elemento que ha dejado de ser aquello para lo que ha sido realizado. Debemos llevar la luz de Cristo a tantas y tantas lucernas apagadas, a media luz, o decrépitas que tenemos a nuestro alrededor.
Porque el apostolado es algo más que un deseo o una sugerencia de Cristo. Es un mandamiento (“Id por todo el mundo anunciando el Evangelio”), una exigencia moral de llevar a todos la luz y el calor de Cristo, para que en este mundo tan individualista y relativo descubran el amor radical de Dios.

"Nadie enciende una lámpara y la pone en sitio oculto, ni bajo el celemín, sino sobre el candelero, para que los que entren vean el resplandor.
Mira, pues, que la luz que hay en ti no sea oscuridad.”
Lc 11,
33-35

1 comentario:

Anónimo dijo...

Gracias. Me ha ayudado mucho. Seamos "sal que sala, luz que brilla".

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