viernes, 29 de mayo de 2015

A LA LUZ DE MARÍA SANTÍSIMA DE LA AMARGURA

A continuación reproduzco el artículo que me publicaron en la revista de COPE de la pasada Semana Santa:

A LA LUZ DE MARÍA SANTÍSIMA DE LA AMARGURA
Ya se acerca la hora. Ya oímos abrirse los postigos que anuncian su Coronación. Ya el ansiado día se vislumbra como el sol despuntando al alba, oculto pero deslumbrante, sereno pero cálido, humilde pero majestuoso.
Llegó el momento. Estamos ya en el atrio de la Coronación Canónica de María Santísima de la Amargura.

Ha pasado el tiempo y se han cumplido las fechas. Parece que fue ayer, cuando Adelardo Mora Guijosa, Hermano Mayor de la Cofradía, comenzó a conducir, ilusionandonos a todos y dotando este proyecto de profundidad, fe y amor, todo este proceso de Coronación. Así,  en aquel año Santo proclamado por San Juan Pablo II, dedicado al Santo Rosario, se presentó la propuesta de Coronación Canónica a nuestro Arzobispo. 
María Santísima de la Amargura cumplía, a entender de todos sus devotos, con toda condición necesaria para ser coronada: de honda devoción popular, de antigua tradición, de valor artístico incuestionable,…incluso con milagros atribuidos a su intercesión de los que puede dar fe la Comunidad de Madres Comendadoras. Pero sobre todo la Amargura es digna de ser coronada por cómo arropa a los hijos que la rodean, y cómo nos conduce serenamente a su Hijo. Por cómo crece en los que a Ella se acercan el deseo de formación, de oración, de profundización en la Palabra y de mejora de su vida cristiana. En como aquel que la mira a los ojos, a su ruborizada cara divina, siente la necesidad de conversión interior, de ser mejor persona y creyente.
Cuando se propone la coronación canónica de una imagen mariana, sobre todo lo que debemos querer es coronar en nuestra hermandad, en nuestra comunidad, en nuestra vida, los valores, las virtudes, los frutos que se desprende de Ella.
En la Imagen de María Santísima de la Amargura, queremos ceñir una corona de oro que va más allá del material que la forma. Queremos hacerla reina en nuestro entorno, en nuestras vivencias, en nuestra realidad, en nuestra vida. Queremos que su valor evangélico gobierne en nuestra forma de actuar. Que reine, que nos guie, que nos conduzca como soberana a aquello que nos trae el bien supremo: su propio Hijo. Y además queremos que todo aquel que la vea, reconozco todos estos valores, los aprecie y los añada a su existencia.
Y es que la coronación canónica de la Amargura no es más que el reconocimiento externo de una vivencia interior que todos los cofrades y devotos de la Virgen conocemos. La manifestación de una realidad intima. Se trata de poner a la luz de todo el mundo los frutos y bienes que vivimos los que nos acercamos a los pies de nuestra Madre de la calle Santiago. De poner su luz encima del candelero, a la vista de todos, para que alumbre a todos, y todos reconozcan esa realeza que transforma (Lc 11,33).

 “Haced lo que Él os diga”. Ese es el llamamiento que María dio a todos los que estaban en las bodas de Canaá. “Haced lo que Él os diga”. Y esas son las palabras que sentimos cada vez que nos acercamos a orar junto a la capilla de María Santísima de la Amargura. Es el llamamiento a acudir a escuchar la Palabra de Jesús. A interiorizar sus enseñanzas. A celebrar el Misterio del encuentro con Dios. Hacer lo que dice Cristo es perdonar, amar, vivir en coherencia y entregarnos a la tarea de ser santos. Y sólo así nuestras vidas se trasformarán y pasaran de ser agua a ser vino. Esa es su corona. La que la hace Reina. La corona del anonadamiento para dejar siempre a su Hijo al frente.
La coronación de la Amargura debe ser ante todo un tiempo de transformación, de conversión interior, de cambio de nuestra realidad. Ella quiere como corona nuestro compromiso para pasar del hombre viejo al Hombre Nuevo Evangélico. Por eso la coronación de la Amargura debe ser un tiempo de Gracia antes, durante y después, no sólo para la Hermandad del Huerto, sino también para todos los cofrades, para toda Granada, para toda nuestra Iglesia. Un tiempo de conversión.
A María Santísima de la Amargura debemos acercarnos llevándole nuestra agua más personal. Y con esa agua poner en manos de nuestra Madre nuestras alegrías, nuestras tristezas, nuestras ilusiones, nuestros fracasos, nuestras emociones, nuestros desencantos, nuestras miserias, nuestros proyectos y nuestras inquietudes. Nuestra salud, nuestra enfermedad y la de nuestros seres queridos. Y María nos mira, y nos dice “haced lo que Él os diga”. Y por intermediación de su Madre, Cristo trasforma nuestra insulsa agua humana en divino vino.

Coronar a la “Divina Comendadora”, es pedirle que nos conduzca a la necesidad de acercarnos a su Hijo en la celebración de los Sacramentos, en la profundización y estudio de la Palabra, en el dialogo sereno de la oración, en el amor a los hermanos y en el apostolado. María Santísima es el camino más corto a Cristo.
Dice Benedicto XVI que “la oración a María posibilita a cada ser humano una especial confianza y cercanía en la relación con Dios”. Y es que observar a María Santísima de la Amargura es ya hacer un primer acto de formación y profundización en el Misterio de Dios. Porque ver esta milagrosa imagen, es ver todos los valores de María, de aquella que siguió con fidelidad y fe absoluta la voluntad de Dios. Aquella que hizo VIDA la Palabra de Dios. Aquella que amó hasta el final de sus días y que toda su existencia fue un auténtico sacramento y un acto de consagración a Dios.
Es entonces, cuando descubres la belleza de la corona que la ciñe. La grandeza de aquella cuyo corazón fue traspasado por el dolor. La magnificencia de nuestra corredentora. Reina y Madre que será coronada por todo esto. Por delante de su belleza, de su grandeza, de su antigüedad, y su hermosura, coronada por su humildad, su sencillez, su anonadamiento y su servicio. Reina de un Reino en el que se nos llama a ser bordados a su manto de compromiso. Nos llama a ser hilos tejidos en su saya de amor a Cristo. Gemas donde brilla la caridad, el amor fraterno, la devoción, la oración, el testimonio. Esa es la corona que ella quiere. La de sus hijos unidos con lazos de amor buscando a Cristo. Y ese es el principal fruto que debemos querer nosotros con esta coronación.
Nuestro amor de hijos nos lleva a querer ponerla en lo más alto, en la peana que le corresponde. Nos llama a proclamar al mundo la grandeza de aquella bendita entre todas las mujeres. Aquella en quien Dios puso su mirada y se sintió esclava de amor a la luz de la candelería encendida por la Madres Comendadoras. Pero Ella quiere más. Quiere que la coronemos con el amor a su Hijo. Con la entrega al prójimo. Con el testimonio evangélico.
 “Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, con todo tu ser”. ¡Que bien entendió María todo esto! ¡Qué gran corazón de madre pero también de hija de Dios! ¡Que esplendido ejemplo el que nos ha puesto Cristo en nuestro camino hacia la salvación!
Así es la Imagen de María Santísima de la Amargura. Un continuo llamamiento a su amado Hijo. Un polo de atracción al Evangelio, a la Piedad, a la Oración, a la Caridad, a la Formación y la vida sacramental.

Y así tiene que ser su coronación para todos nosotros. La coronación de Aquella a quien Dios ha mirado. De la “la humilde Sierva” a quien todas las criaturas desde entonces la llaman Bienaventurada. La que fue el primer sagrario, el primer apóstol, la primera cristiana, la primera mártir de dolores por su Hijo.

Y así debe ser para todos su Coronación. Sólo así será, para nuestra Madre una Coronación auténtica. Si esta es espejo de Nuestra Madre de los cielos, y es también espejo donde se refleja el amor de Cristo por todos nosotros. Si realmente la coronamos como Reina, cuyos valores evangélicos deben regir nuestra existencia.

Enhorabuena al Comisario de la Coronación Canónica, José Cecilio Cabello, a toda la Junta de Gobierno y a la Hermandad por el rosario de actos de todo tipo que han preparado este momento y que culmina mañana con la Coronación de María Santísima de la Amargura. No es una meta, sino el inicio de lo que tiene que ser una forma profunda, intensa, y llena de fe y caridad, de vivir el sentimiento cofrade.

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