martes, 29 de marzo de 2011

PEREGRINOS CON PASIÓN (I)

Al comenzar la Cuaresma, comienza un tiempo de conversión, de reflexión, de análisis y de examen personal. Por eso son muchas las preguntas que nos hacemos y nos proponemos. Pero las principales deben ser las de ¿Soy mejor que el año pasado en estas fechas? ¿He evolucionado? ¿He cumplido con los objetivos que me propuse el pasado año al iniciarse la Cuaresma? ¿Soy mejor cofrade, cristiano y hermano?

Quizás para hacer un buen examen de conciencia lo mejor sería el preguntarme qué significa la salida procesional en la vida de un cofrade. O qué debe significar la Estación de Penitencia en aquel que ha optado en su vida por vivir una vocación cofrade.

El cofrade que vive con total intensidad la Estación de Penitencia, está viviendo con total intensidad la esencia de la Cuaresma. Y vivir con total intensidad la Cuaresma, es ser fiel a la condición propia del cofrade.

¿Cómo vivir esto? ¿Cómo ser concientes de todo lo que implica en nosotros la Estación de Penitencia? Estas líneas pretenden intentar desgranar todas aquellas características que debemos vivir con total ímpetu en Cuaresma, y muy especialmente el día de nuestra Estación de Penitencia. Todos esos aspectos que conforman un modo especial de actuar y que reafirman nuestra pertenencia a Cristo.

La Salida Procesional es en primer lugar un gran acto de penitencia cuaresmal. Hoy día puede parecer desfasado, parece ser de épocas anteriores, el hacer penitencia, el sufrir mortificación. Pero todos los cristianos sabemos que el camino de la cruz conduce a la Resurrección.

Los cofrades aceptamos voluntariamente la mortificación, y tenemos que ser conscientes de que lo hacemos por amor. Amor a Dios y amor a los hermanos. El dolor no ofrecido es un dolor vano, carente de todo sentido. La mortificación que no surge de un acto de amor por los demás es una mortificación vacía. La penitencia sólo purifica cuando tenemos la vista puesta en el amor a Cristo. De nada vale el cansancio del largo trayecto, el dolor de hombros y cerviz por el peso del Paso, el frío y el calor sufridos, el sentir las manos entumecidas, el peso de la responsabilidad, los pies "destrozados"….si no es por amor.

La mortificación debemos ofrecérsela a Cristo. Debemos ponerla en el ara de nuestros sacrificios. Debemos acordarnos del que más sufre. De tantas familias necesitadas. De tantos niños que no tienen todo aquello que tienen los nuestros. De todos aquellos ancianos faltos de cariño. De tantos lugares donde la violencia y la falta de caridad reinan. De aquellas familias destrozadas por la pobreza, la enfermedad o el odio. De los que viven en soledad…. Por todo aquel que sufre debemos ofrecer nuestro pequeño sacrificio.

Para participar en aquellos dolores nos mortificamos, y esperamos con fe que nuestra Penitencia les ayude. Y entonces es cuando descubrimos que sólo el dolor tiene sentido cuando es un acto reflejo de amor cristiano. Así actuaremos humildemente como Cristo nos enseñó en estos días: entregándose por amor. A muchos esto les resultará de locos y no lo entenderán. Pero nosotros que sabemos que la Redención nos ha llegado a través de la cruz, y sabemos que el sufrimiento sólo es un paso hacia la Resurrección y la Alegría. Así, como dice S.S. Benedicto XVI en su encíclica “SPE SALVI” (La esperanza salva): “Sufrir con el otro, por los otros; sufrir por amor de la verdad y de la justicia; sufrir a causa del amor y con el fin de convertirse en una persona que ama realmente, son elementos fundamentales de la humanidad.”

Por eso vivimos nuestra penitencia con alegría, con pasión, con exultación. Por eso la Estación de Penitencia se nos hace liviana, y el sacrificio llevadero y emocionante. Es la sensación del que sufre por amor. Es la sonrisa del costalero cuando sale debajo del paso cansado pero satisfecho, la de los hermanos que se abrazan al final de la Estación de Penitencia, la mirada agradecida al Sagrario de la Catedral de la hermana Camarera, el llanto de los niños que “han aguantado como hombres” al final del recorrido…..Porque todo lo que se ha hecho ha sido por amor. A Cristo, a María, al Evangelio y a los hermanos. Y a mayor amor, menor sufrimiento.

“Venid a mí todos los fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas: porque mi yugo es suave y mi carga es ligera.” Mt 11,25-30

Y la penitencia ese día no es solo el dolor físico que padecemos. No; existen muchas clases de penitencia que podemos ofrecer. Penitencia es también saber guardar silencio todo el trayecto, penitencia es enajenarnos del exterior y concentrarnos en todo lo que estoy viviendo y en la oración personal, penitencia es saber guardar obediencia en la fila, penitencia es dejar de hacer todas las cosas normales ese día para ofrecérselo al Señor, penitencia es hacer de nuestros actos ese día toda una liturgia para que las imágenes de nuestros Titulares salgan con el mayor decoro y dignidad a la calle. Penitencia es llegar y volver adecuadamente a nuestro Templo, antes, durante y después de la Estación de Penitencia. Penitencia es saber aceptar con fe el no haber podido salir este año por la enfermedad, el trabajo, la lluvia o tantas otras cosas, y tener que ver con todo el dolor del mundo a nuestra Cofradía desde fuera. En definitiva, todo aquello que nos cuesta algo de sacrificio es pues penitencia.

1 comentario:

bemopri dijo...

Por favor, si no te importa, me gustaría que indicaras al menos de dónde has cogido las fotografías con las que ilustras tus escritos. La primera fotogragía del Cristo es mía, así que no estaría mal que incluyeras la url del sitio donde se encuentra la original.
Un saludo. Gracias.

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1 de Mayo de 2011

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