domingo, 15 de abril de 2012

El valor de la Pascua (I)

Ha concluido la primera semana de Pascua, que la Iglesia la considera como un sólo Domingo, liturgicamente hablando, y ya comenzamos a tener en el corazón y el sentimiento el sabor dulce de sus dones. Dios ha resucitado, y tras este Gran Domingo  que dura 50 días, vendrán los Dones de su Espíritu tal y como nos había prometido.
 La Pascua para el Cofrade no es, o no debe ser, el final de la Semana Santa. Sino la culminación de esta. Entender esto es entender nuestra realidad cristiana. Comprender que estamos en el cenit de nuestras celebraciones es recordar la importancia de la Resurrección.
Porque la resurrección es el principio y el final de nuestro “ser cristianos”, de nuestro “ser cofrades”. Es el tiempo de pasar del hombre viejo al Hombre Nuevo. De revestirnos de una nueva forma de ser. De ser más auténticos y más bienaventurados. Porque comprender el sentido de la Pascua es saber vivir siendo un cristiano.  La Pascua es la esperanza nueva que nos llega tras el dolor y el sufrimiento. Es la resurrección tras la muerte. Es la vida tras la agonía. Ser cofrade es saber que siempre hay un final feliz tras el túnel del dolor. Es vivir con paz los momentos amargos, como Cristo los vivió. Es caer y levantarse, para seguir caminando, aunque en el horizonte sólo veamos nuestra cruz. Porque vivir la Pascua es vivir.
Podemos vivir pensando que todo en la vida es Pasión. Y entonces nos quedaremos en la cruz y el dolor, pensando que la vida es simplemente “un valle de lágrimas”. Probablemente, entonces,  no habremos descubierto en nuestra existencia la completa realidad del ser cristianos.
Esto es la Pascua. No un bonito cuento de hadas que acaba en final feliz. Sino la esperanza del que vive confiando en Dios.
Pero la Pascua no es tal sin la transformación personal. ¿Qué ocurrió para que los apóstoles cambiaran de una forma tan radical sus vidas? ¿Qué pasó para que salieran del miedo y el temor y abrieran las ventanas de sus vidas para anunciar el Evangelio por todos los rincones de su existencia? ¿Que ocurrió para que dejaran de un lado el dolor que sentían y lo transformaran en vida? Lo que pasó, fue Cristo Resucitado junto a ellos. Hicieron suya la experiencia de la Resurrección. Comenzaron a vivir según la Pascua Cristiana, según la experiencia de la victoria de la Vida sobre la Muerte. Supieron ver que tras las nubes, tras aquella negra tormenta estaba la luz cálida de Dios.
Y para lograr esto hay que vivir con valentía. Hay que optar por el “sí”, hay que lanzarse al abismo, con la seguridad de que es Dios quien nos protege para que no demos el batacazo.
María es nuestra esperanza. Es el ejemplo a seguir en esta Pascua. Acerquémonos a Ella, encomendemosnos a Ella, hagamos nuestra su oración y su vida. Porque cuando todos dudaban, cuando todos creían que todo aquello no había sido más que una ilusión, una utopía fracasada, Ella fue la única que sabía que nada termina en la cruz, que la cruz tan sólo era el camino hacia la alegría de la Resurrección.

La mayoría somos como el apostol Tomás. Necesitamos ver, sentir constantemente. Pero no nos desesperemos, no caigamos en el desánimo por nuestra falta de fe y de confianza tantas veces. Es una gracia ser como Sto. Tomás. Porque al final, en sus dudas, en sus inseguridades no dejaba de buscar a Cristo. Y el que busca a Cristo Resucitado, antes o después lo encuentra. Como Tomás. Y una vez encontrado da la vida por Él, como Tomás. No somos perfectos, y eso Cristo lo sabe. Por eso, una y otra vez se pone a nuestro lado y nos abre sus brazos para que nos encontremos con ÉL.
La Pascua ha llegado. Dios siempre está a nuestro lado trayendonos su Vida. Es sal que sala, luz que brilla.
¿No sientes ese fuego dentro de tí que quiere salir? Confía, espera, cierra los ojos y lánzate a los brazos de Cristo.

La piedra de nuestro sepulcro ya ha sido removida por Dios. ¿A qué esperamos para salir a la Luz?

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