miércoles, 29 de febrero de 2012

VIDA INTERIOR, EL CORAZÓN DE LA CUARESMA

"La vida interior es un baño de amor en que el alma se sumerge"
San Juan María Bautista Vianney

San Juan María B. Vianney, más conocido como el Santo Cura de Ars, era un  humilde sacerdote que convirtió una pequeña aldea como era Ars (de unos 300 habitantes), en lugar de peregrinación de toda Europa para ir a escucharle, pero sobre todo para confesarse con él. Porque desde que accedió a esta pequeña iglesia, su empeño no fue otro que el de lograr a través de la Eucaristía, de la Confesión,  de la oración, de la penitencia y de la caridad, una vida interior plena que acercara las almas a Dios y convirtiera los corazones, transformando la vida externa de sus parroquianos.
Se trataba de un hombre humilde, pero tan cargado del amor de Dios y de la necesidad de ser auténticos de pensamiento, palabra y obra, que se hizo GRANDE a los ojos de Dios y de los hombres. La importancia de alcanzar una Vida Interior santa. De acercarnos a Dios con la oración, en la Eucaristía, de lavar nuestras “manchas” en el sacramento de la Reconciliación, de meditar la Palabra y de convertir todo esto en obras. Porque claro, nada puede dar quien no tiene nada. Y el que no tiene “Vida Interior”, es muy difícil que pueda llevarla al exterior.
Aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos en el confesionario. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho.”
Lamberto de Echeverría, El Santo Cura de Ars, en el Año Cristiano.

Evidentemente la mayoría de nosotros somos laicos y Cristo no nos pide lo mismo que a San Juan María B. Vianney. Por eso es tan importante saber escuchar y ver que es lo que Cristo me pide a mí. 
En cuaresma se pone especial énfasis en despojarnos de toda clase de externalidades, de que busquemos el acercamiento sincero con Dios, de que no descuidemos nuestra vida interior. Se trata de que en nuestra vida  espiritual estemos también “en forma”.

Jesús nos propone en Cuaresma tres ejercicios seguros “para estar en forma”: Ayuno y abstinencia (mortificación de todo aquello que nos sobra y nos ata a lo material impidiéndonos ser libres),  limosna (o sea, caridad y desprendimiento para con el hermano) y oración (encuentro cercano y auténtico con cristo en cada acto de nuestro día) (Evangelio del miércoles de ceniza: Mt 6, 1-6.16- 18). Y todo esto viviendolo con alegría. Porque el que asimila cuaresma con tristeza está totalmente confundido, como se desprende de la lectura del Evangelio. Porque todo lo que nos acerca a Cristo, desemboca en alegría.

Porque si vemos una roca en un camino, rodeada de rosales y cubierta de rosas, hojas frescas y emanando un dulce aroma… ¿podremos decir que está llena de vida? Y si observamos una columna de mármol ricamente labrada por el que se enreda una hermosa y vital planta de hiedra, ocultándola….¿Podremos decir que está llena de vida? ¿O es la vida exterior la que nos esconde un corazón frio, duro, y sin aliento?
No nos engañemos, Dios mira directamente al interior del hombre, aparta a un lado la maleza, la vegetación, los adornos y las externalidades y descubre un corazón desnudo y humilde, lleno o no de vida. Ardiente en el amor de Dios por llevar una vida interior cercana a Cristo, o frio, duro, inerte como esa roca o esa columna de mármol.
Les voy a contar un cuento que escuché el otro dia en una charla:
“Había una vez un hombre al que le encantaban los tomates. Andrés se dedicaba a ir por todos los lugares visitando mercados, huertos e invernaderos buscando tomates de todo tipo de tamaño, forma y variedad. Cuando encontraba uno que le llamaba la atención, por su sabor o su aspecto, no dudaba en adquirir también la semilla, y la plantaba en sus tierras. Tenía una finca en cuyo centro se situaba su casa y alrededor de esta tenía numerosos huertos en cada uno de los cuales había una variante distinta.
Sin embargo, un día le regalaron un tipo de tomate que nunca antes había visto. Tenía un brillo especial, un fresco color y un olor excepcional.
Al morderlo una explosión de sabor se extendió por su boca. Nunca antes había probado nada igual. Excitado por tal hallazgo le preguntó dónde podría comprar sus semillas.
 – Nadie lo sabe. Los traen de un lugar muy lejano y desconocido, a través de varios intermediarios y mercaderes. Y el origen último nadie lo conoce. No hay semilla conocida.
Pero desde el momento que existía tendría que haber nacido de algún sitio. Y Andrés aquel año se propuso destinar toda la superficie de su finca a producir esa nueva variedad. Aró todo su terreno, y eliminó cuidadosamente todas las malas hierbas. Con el rastrillo emparejó y desterronó lo arado, y finalmente midió las distancias a fin de ubicar los surcos. De punta a punta trazó las líneas rectas como renglones de un cuaderno.
Cuando tuvo todo preparado, comenzó la verdadera tarea. Colocándose en la cabecera del primer surco, abrió con la punta del pie un pequeño hoyo en la tierra, y metiendo la mano en la bolsa que colgaba de su hombro, hizo ademán de sacar algo que simuló colocar delicadamente en el hoyito. Luego se incorporó un poco, y con el borde de la zapatilla volvió a colocar la tierra en su lugar, apisonándola suavemente con la planta del pie. Y  repitió todos los gestos habituales en la siembra de tomates. Sólo que en esta especialísima circunstancia había un detalle omitido: la semilla. Y así recorrió toda la extensión del surco, y de la misma manera la de todos los demás. Lo único que faltó fue la semilla. Y bastó ese solo detallito para que aquel año Andrés  se quedara sin tomates. Porque para conseguir lo que pretendía, Andrés había ingenuamente creído que se le exigía realizar todo el esfuerzo de la siembra, suprimiendo simplemente aquel elemento.” Mamerto Menapace
Así podemos ser nosotros, nuestras familias y nuestras Cofradías si descuidamos nuestra Vida Interior. Podemos poner la mayor de las voluntades, como decía San Ignacio,  “ad maiorem Dei gloriam”. Podemos volcarnos en nuestros actos, pregones, levantás, carteles y revistas esta Cuaresma. Podemos ser lo más primorosos y exquisitos a la hora de preparar nuestros besamanos, altares y pasos. Podemos poner la máxima atención y amor para que en la Estación de Penitencia  todo salga a la perfección. Podemos buscar la mejor flor, la más fina cera, el más embriagador de los inciensos. Y todo, todo esto para rendir el mejor de los cultos a Cristo, para ofrecer al Señor el mejor de los altares, para llevar su Imagen y su Palabra a todos los rincones de Granada y portar el mensaje de la Pasión, Muerte y Resurrección  de Nuestro Señor. Pero si no cuidamos nuestra vida interior, seremos como ese agricultor del cuento, que lo preparó todo de forma extraordinaria, cuidando al máximo los detalles, pero le faltó lo más importante. Y a nosotros nos pasará lo mismo. Si en medio de tanto preparativo no ponemos la semilla de Dios en nuestra alma, no daremos el fruto necesario. Caeremos en un “activismo” sin fruto, porque falta la espiritualidad interior.
Seremos esa roca y esa columna rodeadas de belleza, pero frías e inertes en su interior. O como el propio Cristo indica tajante en el Evangelio:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.” Mateo 23,1-39
Que nos dejemos ayudar por el ejemplo de tantos santos de la Iglesia que entregaron sus vidas para que los que le rodeaban encontraran a Cristo en su interior y que desde la riqueza interior han construido un bello mundo exterior a imagen del Evangelio. 

Que nos acerquemos a Jesús a través del dialogo cercano en la oración. Que nos llenemos con el pan de su amor eucarístico, que busquemos su perdón en la confesión, y que derramemos amor desinteresado entre nuestros hermanos. Y que preparemos en esta Cuaresma con autenticidad la Pascua, verdadero centro de nuestro año liturgico, para que Cristo haga brotar y dar fruto esa semilla que con esmero hemos preparado, sembrado y cultivado en nuestro interior.

Y que María Santísima, que guardaba en su corazón todas las vivencias y palabras de su Hijo, nos ayude en esta hermosa tarea.


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