
Recibe ese nombre por la primera palabra en latín de la antífona de entrada de la misa de este tercer domingo de Adviento, que dice: Gaudéte in Domino semper: íterum dico, gaudéte. (Estad siempre alegres en el Señor, os lo repito, estad alegres). La antífona está tomada de la carta paulina a los filipenses ( Flp. 4, 4-5), que sigue diciendo Dominus prope este (el Señor está cerca)

Una alegría para compartir.

¿Qué ha
podido ocurrir para que la vida de los cristianos aparezca hoy ante muchos como
algo triste, aburrido y penoso? ¿En qué hemos convertido la adhesión a Cristo
resucitado? ¿Qué ha sido de esa alegría que Jesús contagiaba a sus seguidores?
¿Dónde está?

Esta alegría del creyente no es fruto de un temperamento optimista. No es el resultado de un bienestar tranquilo. No hay que confundirlo con una vida sin problemas o conflictos. Lo sabemos todos: un cristiano experimenta la dureza de la vida con la misma crudeza y la misma fragilidad que cualquier otro ser humano.
El
secreto de esta alegría está en otra parte: más allá de esa alegría que uno
experimenta cuando «las cosas le van bien».
Pablo de Tarso (San Pablo) dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros.
Pablo de Tarso (San Pablo) dice que es una «alegría en el Señor», que se vive estando enraizado en Jesús. Juan dice más: es la misma alegría de Jesús dentro de nosotros.

Esta alegría no se vive de espaldas al sufrimiento que hay en el mundo, pues es la alegría del mismo Jesús dentro de nosotros. Al contrario, se convierte en principio de acción contra la tristeza. Pocas cosas haremos más grandes y evangélicas que aliviar el sufrimiento de las personas y contagiar alegría realista y esperanza. (Juan 15, 9 – 17).

Ya comentaba en una entrada anterior que una sonrisa es un gran acto de caridad. Que la sonrisa evangeliza, y es la mejor carta de presentación de que estamos llenos de Dios. Como decía San Francisco de Sales "un santo triste es un triste santo".

"¡Alégrate!" Nos dice el Angel de Dios cada día a cada uno de nosotros. "¡Alégrate!.....Marisa, Javier, Jose, Alvaro, Belén, Mariam, Nuria, Juanma, Rosa, Carmen, Ana, Toñi, Francisco, Antonio, Angustias, Juan, Ángel.....¡Alegrate!....

Por eso, hemos de vivir la alegría verdadera, la que flota por encima del dolor. No nos quedemos en lo externo. No nos quedemos en lo superficial. Debemos llenar la vida del optimismo que nos da tener puesta nuestra esperanza en el Amor de Dios, y como decía San Josemaría Escrivá "ahogar el mal en abundancia de bien".
Tenemos que tenerlo claro y vivir esto en nuestro día a día y no quedarnos en la alegría "de las bellotas" (como veíamos en la "La Alegría (I)".
Tenemos que tenerlo claro y vivir esto en nuestro día a día y no quedarnos en la alegría "de las bellotas" (como veíamos en la "La Alegría (I)".
"Ese desaliento, ¿por qué? ¿Por tus
miserias? ¿Por tus derrotas, a veces continuas? ¿Por un bache grande,
grande, que no esperabas?
Sé sencillo. Abre el corazón. Mira que
todavía nada se ha perdido. Aún puedes seguir adelante, y con más amor,
con más cariño, con más fortaleza.
Refúgiate en la filiación divina: Dios es tu Padre amantísimo. Esta
es tu seguridad, el fondeadero donde echar el ancla, pase lo que pase en
la superficie de este mar de la vida. Y encontrarás alegría,
reciedumbre, optimismo, ¡Victoria!"
San Josemaría. Vía Crucis.NOTA: (Muchas de estas ideas han surgido tras la lectura de "Dónde duerme la ilusión. La tibieza" de Francisco Fernández Carvajal.)