domingo, 29 de abril de 2012

El valor de la Pascua (y II): Los frutos de la resurrección.


La Pascua no es una fecha.  La Pascua comenzó y no termina, porque Cristo nos regala sus dones para que disfrutemos sus frutos todo el año. El final de la Pascua es el comienzo de un paso más en nuestro compromiso. La Pascua es un periodo de Gracia que Dios nos da para “cargar” las pilas. Es el momento del compromiso. Recomiendo que en lo que nos queda de Pascua y en el tiempo ordinario que le sigue, leamos como meditación de la Palabra diaria, los Hechos de los Apóstoles. Seguro que será un gran incentivo para vivir nuestro compromiso comprobar la reacción de los primeros cristianos tras la Resurrección.
Los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,46), nos cuentan como había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la Liberación que les traía la resurrección de Cristo.
La alegría es el fruto principal de la Resurrección, y por supuesto uno de los signos evidentes de la santidad. Estar alegres es vivir con fe la existencia.  “Tú eres Señor mi fortaleza” Salmo 62,2.  Porque el que tiene la vida puesta en manos de Cristo, no tiene nada que temer. Sabe que todo sufrimiento es parte de nuestra existencia, y por supuesto un paso más a la Vida en el Señor. “La alegría es señal de que amamos a Dios, y realizamos a la vez el gran bien a los demás y a nosotros mismos. Debemos estar contentos y los demás deben saber que lo estamos. Estar contentos es una forma de dar gracias a Dios”  (Francisco Fernández Carvajal, “Donde duerme la ilusión”).
Cuando hagamos discernimiento de espíritu, para ver como anda nuestra vida cristiana, la alegría de verdad, la felicidad interna y la paz, es una manifestación de que estamos llenos de Dios y de que estamos realizando lo correcto.
Personalmente soy capaz de recordar fechas y momentos de gran felicidad y alegría en mi vida y veo en ella la huella de Dios y veo que son momentos en los que dije a Dios "sí" sin temor.
Por el contrario en momentos de dudas en mi camino personal, en bajones en mi actitud en mi lucha por alcanzar mi propia santidad, en aquellas situaciones en las que he dejado mi oración personal, mi compromiso personal o simplemente he pisado un poco "el freno", descubro esa falta de la alegría interna auténtica, la tristeza y la falta de ilusión.
Apartarme de lo que Dios me pide es llenarme de desesperanza, llenarme de cosas temporales y materiales que me hacen pasar el tiempo pero que no me provocan más que dolor de cabeza.
Sí, apartarme de Dios es como una borrachera. Una alegría temporal y artificial y después una horrible resaca.
Encontramos con excesiva frecuencia a cristianos malhumorados todo el día. Que son incapaces de saludarnos con una sonrisa, que siempre tienen un rostro áspero, impaciente, a veces duro. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez hoy más que nunca apreciamos la Alegría como una característica de aquellas personas que experimentan la Gracia de Dios en el día a día.
Dice el libro de los Proverbios  que  “la tristeza seca los huesos”. Es verdad. Estar tristes es no haber experimentado la Pascua en nuestra vida. Es no encontrarnos a  Cristo resucitado todas las mañanas. Por eso debemos hacer un ejercicio de amor a Dios cada día al levantarnos. Primero darle gracias todos los días por todo lo que tenemos. Por muy poco que sea tenemos el don de la vida y de la fe, que ya es tener dos grandes tesoros. Dar gracias por el don de la familia, por el don de la Cofradía, por el don de su Amor…. Pensar en todo lo que Dios nos regala cada día, es un buen motivo para empezar con una gran sonrisa el día. Y luego pedirle a Dios por el día que comienza y ofrecerle sus frutos. Porque poner nuestra vida, nuestros días en manos de Dios, es motivo para la segunda gran sonrisa del día; la sonrisa del que confía.
Y el resto de sonrisas que le ofrezcamos a Dios durante el día tienen que tener como destinatarios a los que nos rodean.  Porque “la fe permite que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que permaneciendo todo igual, admitamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios”. Porque el primer acto de caridad, y a veces el más sencillo, es el de brindar una sonrisa al hermano….hasta a quien no se la merece. Se trata de estar llenos de Dios, de sentir la Vida verdadera que nos trae la Resurrección. Así, hasta en los gestos, transmitiremos la alegría del Evangelio.
Quien sabe si ese hermano al que le ayudamos con nuestra sonrisa y nuestra mano tendida, no acaba la jornada dando gracias a Dios por habernos tenido a su lado.
Pero claro, para repartir, para llevar a los demás a Dios es importante que estemos nosotros llenos de Dios. Es imporante nuestra formación personal, nuestra oración personal con Dios, nuestra reconciliación con el Señor cuando sabemos que le hemos fallado a través del Sacramento de la Penitencia y el llenarnos de su Vida en la Eucarístia. 
A veces no vemos las cosas. No vemos nuestro futuro claro. Nos encontramos en una neblina que nos desespera. Pero Dios nos da una luz. Simplemente meditar aquellos momentos de gran felicidad en nuestra vida con Cristo. Allí encontramos a Dios, y como "una resurrección", sabremos que volveremos a sentir todo aquello de nuevo. Porque nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra confianza en Cristo nos dice que al final de la oscuridad siempre estará la Luz de Cristo. Y que tan sólo hay que extender nuestra mano en la penumbra y dejar que Él nos la coja y nos guie hasta la salida. Porque cuando uno se abandona en Dios siente esa paz interior, esa tranquilidad que da la confianza de saber que junto a Él no existe la equivocación. Por el contrario no abandonarse, retrasar sus planes en nuestra vida provoca en nosotros una gran sensación de inseguridad, de frustación, de tristeza interior.

Dice S. Josémaría "Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. -Pide esa misma alegría sobrenatural para todos .La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios" (Camino 659-665).
Eso es la Resurrección en el fondo. Abandonarse. Haber confiado en Cristo ante la muerte y al final ver a Cristo frente a nosotros. Confiar y abandonarse es vivir una Pascua que dura siempre. Los demás sabrán que vivimos esa Pascua todos los días, si encuentran en nuestra alegría un signo inequívoco del que confía y vive en Jesucristo.

  Que María Santísima, a la que desbordó la alegría de ver a su Hijo resucitado, nos ayude a vivir la Pascua todo el año, a pasar del hombre viejo del Pecado al Hombre Nuevo del Evangelio, y que fortalezca nuestros sentimientos de hijos de un DIOS VIVO.

domingo, 15 de abril de 2012

El valor de la Pascua (I)

Ha concluido la primera semana de Pascua, que la Iglesia la considera como un sólo Domingo, liturgicamente hablando, y ya comenzamos a tener en el corazón y el sentimiento el sabor dulce de sus dones. Dios ha resucitado, y tras este Gran Domingo  que dura 50 días, vendrán los Dones de su Espíritu tal y como nos había prometido.
 La Pascua para el Cofrade no es, o no debe ser, el final de la Semana Santa. Sino la culminación de esta. Entender esto es entender nuestra realidad cristiana. Comprender que estamos en el cenit de nuestras celebraciones es recordar la importancia de la Resurrección.
Porque la resurrección es el principio y el final de nuestro “ser cristianos”, de nuestro “ser cofrades”. Es el tiempo de pasar del hombre viejo al Hombre Nuevo. De revestirnos de una nueva forma de ser. De ser más auténticos y más bienaventurados. Porque comprender el sentido de la Pascua es saber vivir siendo un cristiano.  La Pascua es la esperanza nueva que nos llega tras el dolor y el sufrimiento. Es la resurrección tras la muerte. Es la vida tras la agonía. Ser cofrade es saber que siempre hay un final feliz tras el túnel del dolor. Es vivir con paz los momentos amargos, como Cristo los vivió. Es caer y levantarse, para seguir caminando, aunque en el horizonte sólo veamos nuestra cruz. Porque vivir la Pascua es vivir.
Podemos vivir pensando que todo en la vida es Pasión. Y entonces nos quedaremos en la cruz y el dolor, pensando que la vida es simplemente “un valle de lágrimas”. Probablemente, entonces,  no habremos descubierto en nuestra existencia la completa realidad del ser cristianos.
Esto es la Pascua. No un bonito cuento de hadas que acaba en final feliz. Sino la esperanza del que vive confiando en Dios.
Pero la Pascua no es tal sin la transformación personal. ¿Qué ocurrió para que los apóstoles cambiaran de una forma tan radical sus vidas? ¿Qué pasó para que salieran del miedo y el temor y abrieran las ventanas de sus vidas para anunciar el Evangelio por todos los rincones de su existencia? ¿Que ocurrió para que dejaran de un lado el dolor que sentían y lo transformaran en vida? Lo que pasó, fue Cristo Resucitado junto a ellos. Hicieron suya la experiencia de la Resurrección. Comenzaron a vivir según la Pascua Cristiana, según la experiencia de la victoria de la Vida sobre la Muerte. Supieron ver que tras las nubes, tras aquella negra tormenta estaba la luz cálida de Dios.
Y para lograr esto hay que vivir con valentía. Hay que optar por el “sí”, hay que lanzarse al abismo, con la seguridad de que es Dios quien nos protege para que no demos el batacazo.
María es nuestra esperanza. Es el ejemplo a seguir en esta Pascua. Acerquémonos a Ella, encomendemosnos a Ella, hagamos nuestra su oración y su vida. Porque cuando todos dudaban, cuando todos creían que todo aquello no había sido más que una ilusión, una utopía fracasada, Ella fue la única que sabía que nada termina en la cruz, que la cruz tan sólo era el camino hacia la alegría de la Resurrección.

La mayoría somos como el apostol Tomás. Necesitamos ver, sentir constantemente. Pero no nos desesperemos, no caigamos en el desánimo por nuestra falta de fe y de confianza tantas veces. Es una gracia ser como Sto. Tomás. Porque al final, en sus dudas, en sus inseguridades no dejaba de buscar a Cristo. Y el que busca a Cristo Resucitado, antes o después lo encuentra. Como Tomás. Y una vez encontrado da la vida por Él, como Tomás. No somos perfectos, y eso Cristo lo sabe. Por eso, una y otra vez se pone a nuestro lado y nos abre sus brazos para que nos encontremos con ÉL.
La Pascua ha llegado. Dios siempre está a nuestro lado trayendonos su Vida. Es sal que sala, luz que brilla.
¿No sientes ese fuego dentro de tí que quiere salir? Confía, espera, cierra los ojos y lánzate a los brazos de Cristo.

La piedra de nuestro sepulcro ya ha sido removida por Dios. ¿A qué esperamos para salir a la Luz?

domingo, 8 de abril de 2012

Surrexit

Has vencido, Señor. La Vida ha vencido a la muerte. La Luz ha emergido entre las tinieblas. La Verdad ha derrotado al engaño.
Has vencido, Señor, y una vez más me has dejado sin aliento, viendo mis debilidades, observando mis defectos, dudando por mis limitaciones.
A veces me veo tan incapaz de seguir, Señor. Me veo tan fragil, tan poca cosa en el camino de santidad que me señalas.
Me miras al fondo de mi interior y miras la cruz vacía que se recorta en el fondo de la vida. Has vencido a la muerte. has vencido al pecado. Pero la cruz ha sido el camino. La redención, la salvación ha llegado a través de la cruz.
¿Acaso puede nadie salvarse sin dificultad? ¿Acaso puede nadie vivir su fe sin una meta? ¿Acaso puedo creer que todo es un alegre camino? ¿Acaso podemos entender que nada cuesta sacrificio, que todo se nos regala? 
La cruz, Señor, ha sido tu camino. Has elegido ser hombre para traernos la salvación. 
¿Me entiendes, Señor? ¿entiendes cuando te digo que a veces quiero arrojarlo todo, quiero rendirme, quiero dar un paso atrás? ¿No ves mi naturaleza humana que a veces quiere salirse del camino porque no ve nada claro? Como el rey David en el salmo 13 dígo: 
"Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás tu rostro?
¿Hasta cuándo pondré en mi alma consejos
con tristezas en mi corazón cada día?"

Pero sí hay algo que veo claro, mi Dios. Veo claro como tu resurrección, nuestra salvación, ha llegado por el tortuoso camino del Gólgota. Como ha llegado con tu corona de espinas, con tu espalda martirizada, con tus pies y manos llagados, con tus caídas y tu vuelta al camino. 
Tu resurrección, Señor, nuestra salvación, Señor, ha llegado con la dificultad, con la prueba, con la amargura, con el desprecio. Y a veces, como el huerto de Getsemaní, he visto mis propias dudas preguntandome si estaba haciendo lo correcto, si todo aquello era necesario o no, si el camino era necesario.  Pero tu respondes en aquel Huerto de Olivos con la fe del Hijo. "Hágase".
Pero mi respuesta no siempre es la tuya. No siempre respondo como tu, con ese "hagase Tu voluntad", ante la dificultad, ante la tibieza, ante el desamparo. A veces me pongo excusas, Señor. A veces aparto mi cruz a un lado del camino, dejo a Pedro que me defienda en "mis prendimientos", quiero y deseo que el Padre aparte de mí este cáliz, que mande a alguien que me aparte de todo esto.

La resurección, Señor, me has enseñado una vez más, no es facil. 
Pero ya se porque dudo, porque caigo una y otra vez y no hago nada por levantarme. 
Dudo porque no tengo fe en tí. No toda la que debiera.
Si como tu Santa Madre me abandonara exclamando símplemente "hágase", nada en mi camino hacia Tí me parecería tortuoso, cansado, monótono o impracticable.
Me miras de nuevo a los ojos. Estos días de pasión, este Viernes Santo, me miró tu Madre, que caminaba tras de tí llena de esperanza, y me hizo llorar. Ahora me miras Tu.

Has triunfado, con la cruz, sobre la muerte. Sonríes porque sabes que puedo con aquello que me pides. Sonríes y me tiendes tu mano porque sabes que sólo no puedo, pero Tú lo puedes todo. 
Me sonríes y me llenas de esperanza, de ilusión, de seguridad. 
Y las dudas se apagan.
Contigo todo es posible, nada está fuera de mi alcance.
La santidad llega por el camino de la cruz siguiendo paso a paso, cayendo y levantándome. Hay que reir, hay que sufrir. Hay que caminar en llano, cuesta abajo y hacia la cumbre del Calvario. Hay que caminar con amigos, como tu por Galilea, y en la soledad de Jerusalén. Hay que verse con esperanza y en la desesperación de la frustación. Hay que luchar uno sólo y necesitar de un cirineo o de un ángel que nos ayuden y consuelen.

Quiero seguir Señor. Quiero encontrar en mi vida tu resurrección. Quiero saber que hay Vida más allá de las cruces y dificultades del día a día. Quiero seguir mi Señor.
Quiero que se haga tu voluntad, y no la mía. Quiero dejar de llorar por mí y por mis dudas y sonreir continuamente en tu sonrisa. Quiero cargar mi cruz y caminar cuesta arriba teniendote a Ti de Cirinero. Quiero escuchar cada momento, tu voz diciendome "ahí tienes a tu Madre" y sentirme fuerte junto a Ella .
Quiero tener fe en Tí, y saber que aún cuando sólo vea la muerte a mi alrededor, cuando me encuentre sólo en la tiniebla del sepulcro, Tú llegarás y abrirás la losa de mi oscuridad y regarás de luz mi alma.

Ni la desolación, ni la incertidumbre, ni la enfermedad, ni la muerte escapan de tu misericordia, de tu gran amor. Has rasgado el velo del templo, has hecho temblar la tierra, has ocultado los astros, has resucitado a los muertos. Has bajado a los infiernos y has elevado a los justos. Te has inmolado por nuestros pecados y has vencido a la muerte. Nada escapa de tu mano.

No estoy sólo Señor. Te tengo siempre a tí. No quiero abandonar. No quiero dejarte solo en tu camino ascendente. Quiero ser lo que Tú quieres de mí. Comer el pan que partes en Emaús. Sentir tu Santo Espíritu, e ir por todo el mundo proclamando el Evangelio.
No, no seré como Judas Iscariote, negandome a tu misericordia. Quiero ser como Pedro que tras caer una vez tras otra, pudo decirte las mismas veces que te negó: "sí Señor, te amo", y una vez tras otra fue perdonado y conducido a la santidad.

¡No, no me rendiré! No es propio de mi naturaleza, no es propio de mi ser cristiano. No es propio de tanto amor recibido.
Y entonces, continúo como prosigue el salmista:
"Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara.
Más yo en tu misericordia he confiado.
Mi corazón se alegrará en tu salvación.
Cantaré a mi Dios
porque me ha hecho bien".

Me sonríes. Has resucitado Señor. Nada es imposible. Has triunfado, por el camino de la cruz sobre el pecado y la muerte. Nada es imposible para tí. Nada habrá imposible para mí si cojo tu llagada mano.
Siempre, detrás de la cruz, al final del camino que sube al Calvario, tras el dolor de la pasión, siempre está la resurreción si caminamos a tu lado, si seguimos confiando en tí, aunque a veces nos cueste reconocerte a nuestro alrededor.
"Quiereme". Me dices sonriendo y confiando en mis posibilidades. "No dudes de mí y quiereme", me dices dando la mayor de las seguridades.
No hay amor más grande, que el de dar la vida por los amigos. Nada he de temer.
En verdad el Señor ha resucitado. Venid, adoremos al Señor.

martes, 6 de marzo de 2012

CATEQUESIS DE CUARESMA DE JUAN PABLO II

Tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión
1. «¡Proclamad el ayuno!» (Jl 1,14).
Son las palabras que escuchamos en la primera lectura del Miércoles de Ceniza. Las escribió el profeta Joel, y la Iglesia, en conformidad con ellas, establece la práctica de la Cuaresma, disponiendo el ayuno. La práctica de la Cuaresma, determinada por Pablo VI en la Constitución Poenitemini, está notablemente mitigada respecto a la de tiempos pasados. En esta materia, el Papa dejó mucho a la decisión de las Conferencias Episcopales de cada país, a las que corresponde, por tanto, el deber de adaptar las exigencias del ayuno según las circunstancias en que se encuentran las sociedades respectivas. Pero el recordó que la esencia de la penitencia cuaresmal está constituida no sólo por el ayuno, sino también por la oración y la limosna (obras de misericordia). Es preciso, pues, decidir, según las circunstancias, en qué puede ser sustituido el mismo ayuno por obras de misericordia y por la oración. El fin de este período particular en la vida de la Iglesia es siempre y en todas partes la penitencia, es decir, la conversión a Dios. En efecto, la penitencia, entendida como conversión, esto es, metánoia, forma un conjunto que la tradición del Pueblo de Dios, ya en la Antigua Alianza, y después el mismo Cristo ha vinculado, en cierto modo, a la oración, a la limosna y al ayuno.
¿Por qué al ayuno?

En este momento quizá nos vienen a la mente las palabras con que Jesús respondió a los discípulos de Juan Bautista cuando le preguntaban: «¿Cómo es que tus discípulos no ayunan?» Jesús les contestó: «¿Por ventura pueden los compañeros del novio llorar mientras está el novio con ellos? Pero vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán» (Mt 9,15). De hecho, el tiempo de Cuaresma nos recuerda que el esposo nos ha sido arrebatado. Arrebatado, arrestado, encarcelado, abofeteado, flagelado, coronado de espinas, crucificado... El ayuno en el tiempo de Cuaresma es la expresión de nuestra solidaridad con Cristo. Tal ha sido el significado de la Cuaresma a través de los siglos, y así permanece hoy:
«Mi amor está crucificado y no existe en mí más el fuego que desea las cosas materiales», como escribía el obispo de Antioquia, Ignacio, en la Carta a los romanos (Ign. Antioq., Ad Romanos VII 2).

Actitud cristiana en la civilización del consumo
2. ¿Por qué el ayuno?
Es necesario dar una respuesta más amplia y profunda a esta pregunta, para que quede clara la relación entre el ayuno y la «metanoia», esto es, esa transformación espiritual que acerca el hombre a Dios. Trataremos, pues, de concentrarnos no sólo en la práctica de la abstinencia de comida o bebida –efectivamente, esto significa el ayuno en el sentido corriente–, sino en el significado más profundo de esta práctica que, por lo demás, puede y debe a veces ser sustituida por otras. La comida y la bebida son indispensables al hombre para vivir, se sirve y debe servirse de ellas; sin embargo, no le es lícito abusar de ellas de ninguna forma. El abstenerse, según la tradición, de la comida o bebida tiene como fin introducir en la existencia del hombre no sólo el equilibrio necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría definir actitud consumística. Tal actitud ha venido a ser en nuestro tiempo una de las características de la civilización, y en particular de la civilización occidental. ¡La actitud consumística! El hombre orientado hacia los bienes materiales, múltiples bienes materiales, muy frecuentemente abusa de ellos. Cuando el hombre se orienta exclusivamente hacia la posesión y el uso de los bienes materiales, es decir, de las cosas, también entonces toda la civilización se mide según la cantidad y calidad de las cosas que están en condición de proveer al hombre, y no se mide con el metro adecuado al hombre. Esta civilización, en efecto, suministra los bienes materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a desarrollar las actividades creativas y útiles, sino cada vez más... para satisfacer los sentidos, la excitación que se deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicidad de sensaciones cada vez mayor.
A veces se oye decir que el aumento excesivo de los medios audiovisuales en los países ricos no favorece siempre el desarrollo de la inteligencia, particularmente en los niños; al contrario, tal vez contribuye a frenar su desarrollo. El niño vive sólo de sensaciones, busca sensaciones siempre nuevas... Y así llega a ser, sin darse cuenta de ello, esclavo de esta pasión de hoy. Saciándose de sensaciones, queda con frecuencia intelectualmente pasivo; el entendimiento no se abre a la búsqueda de la verdad; la voluntad queda atada por la costumbre a la que no sabe oponerse.
De esto resulta que el hombre contemporáneo debe ayunar, es decir, abstenerse no sólo de la comida o bebida, sino de otros muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos. Ayunar significa abstenerse, renunciar a algo.
Renuncia y mortificación
3. ¿Por qué renunciar a algo? ¿Por qué privarse de ello? Ya hemos respondido en parte a esta cuestión. Sin embargo, la respuesta no será completa si no nos damos cuenta de que el hombre es él mismo también porque logra privarse de algo, porque es capaz de decirse a sí mismo: No. El hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma. Algunos escritores contemporáneos presentan esta estructura compuesta del hombre bajo la forma de estratos; hablan, por ejemplo, de estratos exteriores en la superficie de nuestra personalidad, contraponiéndolos a los estratos en profundidad. Nuestra vida parece estar dividida en tales estratos y se desarrolla a través de ellos. Mientras los estratos superficiales están ligados a nuestra sensualidad, los estratos profundos, en cambio, son expresión de la espiritualidad del hombre, es decir, de la voluntad consciente, de la reflexión, de la conciencia, de la capacidad de vivir los valores superiores.
Esta imagen de la estructura de la personalidad humana puede servir para comprender el significado para el hombre del ayuno. No se trata aquí solamente del significado religioso, sino del significado que se expresa a través de la así llamada «organización» del hombre como sujeto persona. El hombre se desarrolla normalmente cuando los estratos más profundos de su personalidad encuentran una expresión suficiente, cuando el ámbito de sus intereses y de sus aspiraciones no se limita sólo a los estratos exteriores y superficiales, unidos a la sensualidad humana. Para favorecer tal desarrollo, debemos a veces desprendernos conscientemente de lo que sirve para satisfacer la sensualidad, es decir, de los estratos exteriores superficiales. Debemos, pues, renunciar a todo lo que los «alimenta».
He aquí brevemente la interpretación del ayuno hoy día.
La renuncia a las sensaciones, a los estímulos, a los placeres y también a la comida y bebida, no es un fin en sí misma. Debe ser, por así decirlo, allanar el camino para contenidos más profundos de los que «se alimenta» el hombre interior. Tal renuncia, tal mortificación debe servir para crear en el hombre las condiciones en orden a vivir los valores superiores, de los que está «hambriento» a su modo.
He aquí el significado «pleno» del ayuno en el lenguaje de hoy. Sin embargo, cuando leemos a los autores cristianos de la antigüedad o a los Padres de la Iglesia, encontramos en ellos la misma verdad, expresada frecuentemente con lenguaje tan «actual» que nos sorprende. Por ejemplo, dice San Pedro Crisólogo: «El ayuno es paz para el cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas» (Sermo VII: de ieiunio 3), y más aún: «El ayuno es el timón de la vida humana y rige toda la nave de nuestro cuerpo» (Sermo VII: de ieiunio 1).
San Ambrosio responde así a las objeciones eventuales contra el ayuno: «La carne, por su condición mortal, tiene algunas concupiscencias propias: en sus relaciones con ella te está permitido el derecho de freno. Tu carne te está sometida (...): no seguir las solicitaciones de la carne hasta las cosas ilícitas, sino frenarlas un poco también por lo que respecta a las lícitas. En efecto, el que no se abstiene de ninguna cosa lícita, está muy cercano a las ilícitas» (Sermo de utilitate ieiunii III, V, VII). Incluso escritores que no pertenecen al cristianismo declaran la misma verdad. Esta verdad es de valor universal. Forma parte de la sabiduría universal de la vida.
El dominio de nuestro cuerpo
4. Ahora ciertamente es más fácil para nosotros comprender por qué Cristo Señor y la Iglesia unen la llamada al ayuno con la penitencia, es decir, con la conversión. Para convertirnos a Dios es necesario descubrir en nosotros mismos lo que nos vuelve sensibles a cuanto pertenece a Dios, por to tanto: los contenidos espirituales, los valores superiores que hablan a nuestro entendimiento, a nuestra conciencia, a nuestro «corazón» (según el lenguaje bíblico). Para abrirse a estos contenidos espirituales, a estos valores, es necesario desprenderse de cuanto sirve sólo al consumo, a la satisfacción de los sentidos. En la apertura de nuestra personalidad humana a Dios, el ayuno –entendido tanto en el modo «tradicional» como en el «actual»–, debe ir junto con la oración, porque ella nos dirige directamente hacia Él.
Por otra parte, el ayuno, esto es, la mortificación de los sentidos, el dominio del cuerpo, confieren a la oración una eficacia mayor, que el hombre descubre en sí mismo. Efectivamente, descubre que es «diverso», que es más «dueño de sí mismo», que ha llegado a ser interiormente libre. Y se da cuenta de ello en cuanto la conversión y el encuentro con Dios, a través de la oración, fructifican en él.
Resulta claro de estas reflexiones nuestras de hoy que el ayuno no es sólo él «residuo» de una práctica religiosa de los siglos pasados, sino que es también indispensable al hombre de hoy, a los cristianos de nuestro tiempo. Es necesario reflexionar profundamente sobre este tema, precisamente durante el tiempo de Cuaresma.

Catequesis del Beato Juan Pablo II, 21/3/79


miércoles, 29 de febrero de 2012

VIDA INTERIOR, EL CORAZÓN DE LA CUARESMA

"La vida interior es un baño de amor en que el alma se sumerge"
San Juan María Bautista Vianney

San Juan María B. Vianney, más conocido como el Santo Cura de Ars, era un  humilde sacerdote que convirtió una pequeña aldea como era Ars (de unos 300 habitantes), en lugar de peregrinación de toda Europa para ir a escucharle, pero sobre todo para confesarse con él. Porque desde que accedió a esta pequeña iglesia, su empeño no fue otro que el de lograr a través de la Eucaristía, de la Confesión,  de la oración, de la penitencia y de la caridad, una vida interior plena que acercara las almas a Dios y convirtiera los corazones, transformando la vida externa de sus parroquianos.
Se trataba de un hombre humilde, pero tan cargado del amor de Dios y de la necesidad de ser auténticos de pensamiento, palabra y obra, que se hizo GRANDE a los ojos de Dios y de los hombres. La importancia de alcanzar una Vida Interior santa. De acercarnos a Dios con la oración, en la Eucaristía, de lavar nuestras “manchas” en el sacramento de la Reconciliación, de meditar la Palabra y de convertir todo esto en obras. Porque claro, nada puede dar quien no tiene nada. Y el que no tiene “Vida Interior”, es muy difícil que pueda llevarla al exterior.
Aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos en el confesionario. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho.”
Lamberto de Echeverría, El Santo Cura de Ars, en el Año Cristiano.

Evidentemente la mayoría de nosotros somos laicos y Cristo no nos pide lo mismo que a San Juan María B. Vianney. Por eso es tan importante saber escuchar y ver que es lo que Cristo me pide a mí. 
En cuaresma se pone especial énfasis en despojarnos de toda clase de externalidades, de que busquemos el acercamiento sincero con Dios, de que no descuidemos nuestra vida interior. Se trata de que en nuestra vida  espiritual estemos también “en forma”.

Jesús nos propone en Cuaresma tres ejercicios seguros “para estar en forma”: Ayuno y abstinencia (mortificación de todo aquello que nos sobra y nos ata a lo material impidiéndonos ser libres),  limosna (o sea, caridad y desprendimiento para con el hermano) y oración (encuentro cercano y auténtico con cristo en cada acto de nuestro día) (Evangelio del miércoles de ceniza: Mt 6, 1-6.16- 18). Y todo esto viviendolo con alegría. Porque el que asimila cuaresma con tristeza está totalmente confundido, como se desprende de la lectura del Evangelio. Porque todo lo que nos acerca a Cristo, desemboca en alegría.

Porque si vemos una roca en un camino, rodeada de rosales y cubierta de rosas, hojas frescas y emanando un dulce aroma… ¿podremos decir que está llena de vida? Y si observamos una columna de mármol ricamente labrada por el que se enreda una hermosa y vital planta de hiedra, ocultándola….¿Podremos decir que está llena de vida? ¿O es la vida exterior la que nos esconde un corazón frio, duro, y sin aliento?
No nos engañemos, Dios mira directamente al interior del hombre, aparta a un lado la maleza, la vegetación, los adornos y las externalidades y descubre un corazón desnudo y humilde, lleno o no de vida. Ardiente en el amor de Dios por llevar una vida interior cercana a Cristo, o frio, duro, inerte como esa roca o esa columna de mármol.
Les voy a contar un cuento que escuché el otro dia en una charla:
“Había una vez un hombre al que le encantaban los tomates. Andrés se dedicaba a ir por todos los lugares visitando mercados, huertos e invernaderos buscando tomates de todo tipo de tamaño, forma y variedad. Cuando encontraba uno que le llamaba la atención, por su sabor o su aspecto, no dudaba en adquirir también la semilla, y la plantaba en sus tierras. Tenía una finca en cuyo centro se situaba su casa y alrededor de esta tenía numerosos huertos en cada uno de los cuales había una variante distinta.
Sin embargo, un día le regalaron un tipo de tomate que nunca antes había visto. Tenía un brillo especial, un fresco color y un olor excepcional.
Al morderlo una explosión de sabor se extendió por su boca. Nunca antes había probado nada igual. Excitado por tal hallazgo le preguntó dónde podría comprar sus semillas.
 – Nadie lo sabe. Los traen de un lugar muy lejano y desconocido, a través de varios intermediarios y mercaderes. Y el origen último nadie lo conoce. No hay semilla conocida.
Pero desde el momento que existía tendría que haber nacido de algún sitio. Y Andrés aquel año se propuso destinar toda la superficie de su finca a producir esa nueva variedad. Aró todo su terreno, y eliminó cuidadosamente todas las malas hierbas. Con el rastrillo emparejó y desterronó lo arado, y finalmente midió las distancias a fin de ubicar los surcos. De punta a punta trazó las líneas rectas como renglones de un cuaderno.
Cuando tuvo todo preparado, comenzó la verdadera tarea. Colocándose en la cabecera del primer surco, abrió con la punta del pie un pequeño hoyo en la tierra, y metiendo la mano en la bolsa que colgaba de su hombro, hizo ademán de sacar algo que simuló colocar delicadamente en el hoyito. Luego se incorporó un poco, y con el borde de la zapatilla volvió a colocar la tierra en su lugar, apisonándola suavemente con la planta del pie. Y  repitió todos los gestos habituales en la siembra de tomates. Sólo que en esta especialísima circunstancia había un detalle omitido: la semilla. Y así recorrió toda la extensión del surco, y de la misma manera la de todos los demás. Lo único que faltó fue la semilla. Y bastó ese solo detallito para que aquel año Andrés  se quedara sin tomates. Porque para conseguir lo que pretendía, Andrés había ingenuamente creído que se le exigía realizar todo el esfuerzo de la siembra, suprimiendo simplemente aquel elemento.” Mamerto Menapace
Así podemos ser nosotros, nuestras familias y nuestras Cofradías si descuidamos nuestra Vida Interior. Podemos poner la mayor de las voluntades, como decía San Ignacio,  “ad maiorem Dei gloriam”. Podemos volcarnos en nuestros actos, pregones, levantás, carteles y revistas esta Cuaresma. Podemos ser lo más primorosos y exquisitos a la hora de preparar nuestros besamanos, altares y pasos. Podemos poner la máxima atención y amor para que en la Estación de Penitencia  todo salga a la perfección. Podemos buscar la mejor flor, la más fina cera, el más embriagador de los inciensos. Y todo, todo esto para rendir el mejor de los cultos a Cristo, para ofrecer al Señor el mejor de los altares, para llevar su Imagen y su Palabra a todos los rincones de Granada y portar el mensaje de la Pasión, Muerte y Resurrección  de Nuestro Señor. Pero si no cuidamos nuestra vida interior, seremos como ese agricultor del cuento, que lo preparó todo de forma extraordinaria, cuidando al máximo los detalles, pero le faltó lo más importante. Y a nosotros nos pasará lo mismo. Si en medio de tanto preparativo no ponemos la semilla de Dios en nuestra alma, no daremos el fruto necesario. Caeremos en un “activismo” sin fruto, porque falta la espiritualidad interior.
Seremos esa roca y esa columna rodeadas de belleza, pero frías e inertes en su interior. O como el propio Cristo indica tajante en el Evangelio:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.” Mateo 23,1-39
Que nos dejemos ayudar por el ejemplo de tantos santos de la Iglesia que entregaron sus vidas para que los que le rodeaban encontraran a Cristo en su interior y que desde la riqueza interior han construido un bello mundo exterior a imagen del Evangelio. 

Que nos acerquemos a Jesús a través del dialogo cercano en la oración. Que nos llenemos con el pan de su amor eucarístico, que busquemos su perdón en la confesión, y que derramemos amor desinteresado entre nuestros hermanos. Y que preparemos en esta Cuaresma con autenticidad la Pascua, verdadero centro de nuestro año liturgico, para que Cristo haga brotar y dar fruto esa semilla que con esmero hemos preparado, sembrado y cultivado en nuestro interior.

Y que María Santísima, que guardaba en su corazón todas las vivencias y palabras de su Hijo, nos ayude en esta hermosa tarea.


martes, 17 de enero de 2012

El papel de las Cofradías en la Nueva Evangelización

Al comenzar este nuevo milenio, Juan Pablo II nos hacía un llamamiento a renovar la formación de los Pueblos, a reafirmar el mensaje del Evangelio a nuestro alrededor y a luchar contra la secularización del mundo actual mediante una nueva evangelización.


Muchos son los que se plantean qué valor tienen las actitudes cofrades, la vocación cofrade en el seno de una Evangelización que se presenta como renovada y abierta a los nuevos tiempos, cuando el ser cofrade parece que representa unos valores antiguos, pasados de época y desfasados para el mundo en el que vivimos.

En la sociedad en la que estamos, llamada de la Comunicación, las Cofradías deben cobrar un papel muy importante. Cuando nacieron las Hermandades, uno de los muchos fines que tenían era el de “sacar el Evangelio a la calle”. El de dar a conocer los misterios del Evangelio a una población de baja cultura religiosa, que desconocía la Palabra. Se trataba de dar formación cristiana, formación plástica, visual. De evangelizar a aquellos que no conocían la vida de Cristo. “Nadie enciende la lámpara y la pone en un rincón, ni bajo un celemín, sino sobre un candelero, para que todos tengan luz” (Lc 11,33).

Hoy día nos encontramos un mundo secularizado, una humanidad que es consciente de Cristo, y a veces lleva a su vida parte de su mensaje, pero que vive apartada de Dios y su Evangelio. Que desconoce el Misterio de la Redención.

Por eso hay que salir a las calles a anunciar a Cristo y su mensaje. No quedarnos esperando a que vengan a nosotros. Salir a la calle y dar luz en la oscuridad, como hacen simbólicamente los nazarenos desde sus filas con sus cirios.

Por eso es que el fin y el espíritu de las Cofradías y Hermandades está hoy más vivo que nunca. Hay que salir a las calles, a las plazas, a las avenidas y a los barrios, llevando el mensaje de Cristo. En primer lugar las obras de los cristianos cofrades formados y que en el día a día y en el trabajo dan ejemplo de cómo vive un cristiano comprometido (Lc 24,46-48). Y en segundo lugar sacando los templos, los altares, el Evangelio hecho imágenes para que la gente reconozca por las calles a su Redentor, y vea a aquel que tanto nos amó que dio la vida por nosotros. “Ved mis manos y mis pies, que soy Yo.”(Lc 24,39).

Ese será el primer paso para que una vez descubierta la sensación de Dios dentro de él mismo, se acerque a las cofradías, a las Parroquias, y estas le den la formación y el abrazo cristiano que les falta.

Porque quien niega esto, este papel comunicador del mensaje de Cristo de la Cofradías entre aquellos que andan “apartados”, niegan una realidad constatada. No hay duda de que la Semana Santa, en aquellos lugares donde no existen cofradías o Hermandades, está más secularizada, más vacía de contenido cristiano, que aquellas que llenan sus calles con la imagen de la Pasión de Cristo.

Pero para que esto sea cierto, no cabe duda de que es necesario que cada Cofradía, cada Parroquia y la Iglesia en general, luche para que se le den a los actos de culto público, un carácter eminentemente religioso, frente al cultural o turístico que se nos pretende imponer desde diversos ámbitos.

Otra labor fundamental de las cofradías en la Nueva Evangelización, es la formación interior de sus miembros.

El movimiento cofrade es una de las asociación religiosa que más miembros tiene. Por eso es fundamental que la renovación cristiana se de muy especialmente dentro de cada cofradía.

Las Juntas de Gobierno, la Federación de Cofradías y la Iglesia en general, tienen una responsabilidad moral, humana y cristiana muy importante con los jóvenes que están en cada hermandad. Un toque de corneta, un costal, una mecía del paso de palio, hacer penitencia junto a la imagen de Cristo, la magia de un nazareno recorriendo las estrechas callejuelas, la tradición familiar.....son tantas las motivaciones que llevan a un joven a querer vivir su vocación cristiana en el seno de una Hermandad.

Por eso es obligación nuestra, a veces más que la de ellos, y seremos responsables ante Dios si no lo hacemos, la de acercarnos a ese joven y ofrecerle una formación seria y adecuada. La de promover su fe y la de evangelizarle y alentarle a vivir con coherencia su compromiso.

Y lo mismo con las familias. Este año, ante el Encuentro Mundial de las Familias de Milán (EMF) el mensaje de Benedicto XVI, reafirma la importancia del trabajo con las familias. Las Cofradías tienen un campo magnífico para evangelizar desde la familia, para ayudar a llevar la fe a las familias, para unir en la oración a numerosas familias cofrades que acuden a su cofradía. Este papel es fundamental. Hay que darle una importancia primordial a las familias que están integradas en una Hermandad.

Como vemos son muchos y muy importantes los caminos que mueven a las Hermandades en el seno de la Nueva Evangelización que promovío en su momento S.S. el beato Juan Pablo II al comienzo de este nuevo milenio y que actualmente Benedicto XVI, también ha hecho suya.

Por eso las Hermandades deben proponerse como objetivo prioritario la formación cristiana, de niños, de jóvenes y de adultos y la profundización y profundidad de sus cultos.

Porque sabemos que el futuro de nuestra sociedad, de nuestra Iglesia y muy especialmente de nuestra Semana Santa, es la formación y vida cristiana de nuestros jóvenes y familias.

Una Semana Santa llena de Cofrades sin profundidad, sin amor a Dios es una Semana Santa sin presente y sin futuro.

Que el Nuestro Señor Jesucristo nos ayude a ser fieles en nuestro compromiso humano y cristiano. Y que este año seamos bendecidos en nuestra labor bajo el manto de María Santísima.

sábado, 24 de diciembre de 2011

FELIZ NAVIDAD

"y acontece, que en una época en que todos los hombres quieren ser dioses, viene DIOS y se hace hombre"

TE DESEO,
A TÍ Y A LOS TUYOS,
UNA MUY FELIZ NAVIDAD.
QUE EL NIÑO DIOS QUE NOS NACE HOY EN EL CORAZÓN DE CADA UNO,
TE COLME DE SU PAZ Y DE SU AUTÉNTICA
FELICIDAD, Y OS COLME DE TODA
CLASE DE BENDICIONES.
¡¡¡FELIZ NAVIDAD!!!



BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II
1 de Mayo de 2011

Año de la Fe 2012-2013