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miércoles, 29 de febrero de 2012

VIDA INTERIOR, EL CORAZÓN DE LA CUARESMA

"La vida interior es un baño de amor en que el alma se sumerge"
San Juan María Bautista Vianney

San Juan María B. Vianney, más conocido como el Santo Cura de Ars, era un  humilde sacerdote que convirtió una pequeña aldea como era Ars (de unos 300 habitantes), en lugar de peregrinación de toda Europa para ir a escucharle, pero sobre todo para confesarse con él. Porque desde que accedió a esta pequeña iglesia, su empeño no fue otro que el de lograr a través de la Eucaristía, de la Confesión,  de la oración, de la penitencia y de la caridad, una vida interior plena que acercara las almas a Dios y convirtiera los corazones, transformando la vida externa de sus parroquianos.
Se trataba de un hombre humilde, pero tan cargado del amor de Dios y de la necesidad de ser auténticos de pensamiento, palabra y obra, que se hizo GRANDE a los ojos de Dios y de los hombres. La importancia de alcanzar una Vida Interior santa. De acercarnos a Dios con la oración, en la Eucaristía, de lavar nuestras “manchas” en el sacramento de la Reconciliación, de meditar la Palabra y de convertir todo esto en obras. Porque claro, nada puede dar quien no tiene nada. Y el que no tiene “Vida Interior”, es muy difícil que pueda llevarla al exterior.
Aquel hombre, por el que van pasando ya los años, sostendrá como habitual la siguiente distribución de tiempo: levantarse a la una de la madrugada e ir a la iglesia a hacer oración. Antes de la aurora, se inician las confesiones de las mujeres. A las seis de la madrugada en verano y a las siete en invierno, celebración de la misa y acción de gracias. Después queda un rato a disposición de los peregrinos en el confesionario. A eso de las diez, reza una parte de su breviario y vuelve al confesonario. Sale de él a las once para hacer la célebre explicación del catecismo, predicación sencillísima, pero llena de una unción tan penetrante que produce abundantes conversiones. Al mediodía, toma su frugalísima comida, con frecuencia de pie, y sin dejar de atender a las personas que solicitan algo de él. Dichas las vísperas y completas, vuelve al confesonario hasta la noche. Rezadas las oraciones de la tarde, se retira para terminar el Breviario. Y después toma unas breves horas de descanso sobre el duro lecho.”
Lamberto de Echeverría, El Santo Cura de Ars, en el Año Cristiano.

Evidentemente la mayoría de nosotros somos laicos y Cristo no nos pide lo mismo que a San Juan María B. Vianney. Por eso es tan importante saber escuchar y ver que es lo que Cristo me pide a mí. 
En cuaresma se pone especial énfasis en despojarnos de toda clase de externalidades, de que busquemos el acercamiento sincero con Dios, de que no descuidemos nuestra vida interior. Se trata de que en nuestra vida  espiritual estemos también “en forma”.

Jesús nos propone en Cuaresma tres ejercicios seguros “para estar en forma”: Ayuno y abstinencia (mortificación de todo aquello que nos sobra y nos ata a lo material impidiéndonos ser libres),  limosna (o sea, caridad y desprendimiento para con el hermano) y oración (encuentro cercano y auténtico con cristo en cada acto de nuestro día) (Evangelio del miércoles de ceniza: Mt 6, 1-6.16- 18). Y todo esto viviendolo con alegría. Porque el que asimila cuaresma con tristeza está totalmente confundido, como se desprende de la lectura del Evangelio. Porque todo lo que nos acerca a Cristo, desemboca en alegría.

Porque si vemos una roca en un camino, rodeada de rosales y cubierta de rosas, hojas frescas y emanando un dulce aroma… ¿podremos decir que está llena de vida? Y si observamos una columna de mármol ricamente labrada por el que se enreda una hermosa y vital planta de hiedra, ocultándola….¿Podremos decir que está llena de vida? ¿O es la vida exterior la que nos esconde un corazón frio, duro, y sin aliento?
No nos engañemos, Dios mira directamente al interior del hombre, aparta a un lado la maleza, la vegetación, los adornos y las externalidades y descubre un corazón desnudo y humilde, lleno o no de vida. Ardiente en el amor de Dios por llevar una vida interior cercana a Cristo, o frio, duro, inerte como esa roca o esa columna de mármol.
Les voy a contar un cuento que escuché el otro dia en una charla:
“Había una vez un hombre al que le encantaban los tomates. Andrés se dedicaba a ir por todos los lugares visitando mercados, huertos e invernaderos buscando tomates de todo tipo de tamaño, forma y variedad. Cuando encontraba uno que le llamaba la atención, por su sabor o su aspecto, no dudaba en adquirir también la semilla, y la plantaba en sus tierras. Tenía una finca en cuyo centro se situaba su casa y alrededor de esta tenía numerosos huertos en cada uno de los cuales había una variante distinta.
Sin embargo, un día le regalaron un tipo de tomate que nunca antes había visto. Tenía un brillo especial, un fresco color y un olor excepcional.
Al morderlo una explosión de sabor se extendió por su boca. Nunca antes había probado nada igual. Excitado por tal hallazgo le preguntó dónde podría comprar sus semillas.
 – Nadie lo sabe. Los traen de un lugar muy lejano y desconocido, a través de varios intermediarios y mercaderes. Y el origen último nadie lo conoce. No hay semilla conocida.
Pero desde el momento que existía tendría que haber nacido de algún sitio. Y Andrés aquel año se propuso destinar toda la superficie de su finca a producir esa nueva variedad. Aró todo su terreno, y eliminó cuidadosamente todas las malas hierbas. Con el rastrillo emparejó y desterronó lo arado, y finalmente midió las distancias a fin de ubicar los surcos. De punta a punta trazó las líneas rectas como renglones de un cuaderno.
Cuando tuvo todo preparado, comenzó la verdadera tarea. Colocándose en la cabecera del primer surco, abrió con la punta del pie un pequeño hoyo en la tierra, y metiendo la mano en la bolsa que colgaba de su hombro, hizo ademán de sacar algo que simuló colocar delicadamente en el hoyito. Luego se incorporó un poco, y con el borde de la zapatilla volvió a colocar la tierra en su lugar, apisonándola suavemente con la planta del pie. Y  repitió todos los gestos habituales en la siembra de tomates. Sólo que en esta especialísima circunstancia había un detalle omitido: la semilla. Y así recorrió toda la extensión del surco, y de la misma manera la de todos los demás. Lo único que faltó fue la semilla. Y bastó ese solo detallito para que aquel año Andrés  se quedara sin tomates. Porque para conseguir lo que pretendía, Andrés había ingenuamente creído que se le exigía realizar todo el esfuerzo de la siembra, suprimiendo simplemente aquel elemento.” Mamerto Menapace
Así podemos ser nosotros, nuestras familias y nuestras Cofradías si descuidamos nuestra Vida Interior. Podemos poner la mayor de las voluntades, como decía San Ignacio,  “ad maiorem Dei gloriam”. Podemos volcarnos en nuestros actos, pregones, levantás, carteles y revistas esta Cuaresma. Podemos ser lo más primorosos y exquisitos a la hora de preparar nuestros besamanos, altares y pasos. Podemos poner la máxima atención y amor para que en la Estación de Penitencia  todo salga a la perfección. Podemos buscar la mejor flor, la más fina cera, el más embriagador de los inciensos. Y todo, todo esto para rendir el mejor de los cultos a Cristo, para ofrecer al Señor el mejor de los altares, para llevar su Imagen y su Palabra a todos los rincones de Granada y portar el mensaje de la Pasión, Muerte y Resurrección  de Nuestro Señor. Pero si no cuidamos nuestra vida interior, seremos como ese agricultor del cuento, que lo preparó todo de forma extraordinaria, cuidando al máximo los detalles, pero le faltó lo más importante. Y a nosotros nos pasará lo mismo. Si en medio de tanto preparativo no ponemos la semilla de Dios en nuestra alma, no daremos el fruto necesario. Caeremos en un “activismo” sin fruto, porque falta la espiritualidad interior.
Seremos esa roca y esa columna rodeadas de belleza, pero frías e inertes en su interior. O como el propio Cristo indica tajante en el Evangelio:
«¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas, pues sois semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia! Así también vosotros, por fuera aparecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad.” Mateo 23,1-39
Que nos dejemos ayudar por el ejemplo de tantos santos de la Iglesia que entregaron sus vidas para que los que le rodeaban encontraran a Cristo en su interior y que desde la riqueza interior han construido un bello mundo exterior a imagen del Evangelio. 

Que nos acerquemos a Jesús a través del dialogo cercano en la oración. Que nos llenemos con el pan de su amor eucarístico, que busquemos su perdón en la confesión, y que derramemos amor desinteresado entre nuestros hermanos. Y que preparemos en esta Cuaresma con autenticidad la Pascua, verdadero centro de nuestro año liturgico, para que Cristo haga brotar y dar fruto esa semilla que con esmero hemos preparado, sembrado y cultivado en nuestro interior.

Y que María Santísima, que guardaba en su corazón todas las vivencias y palabras de su Hijo, nos ayude en esta hermosa tarea.


martes, 17 de enero de 2012

El papel de las Cofradías en la Nueva Evangelización

Al comenzar este nuevo milenio, Juan Pablo II nos hacía un llamamiento a renovar la formación de los Pueblos, a reafirmar el mensaje del Evangelio a nuestro alrededor y a luchar contra la secularización del mundo actual mediante una nueva evangelización.


Muchos son los que se plantean qué valor tienen las actitudes cofrades, la vocación cofrade en el seno de una Evangelización que se presenta como renovada y abierta a los nuevos tiempos, cuando el ser cofrade parece que representa unos valores antiguos, pasados de época y desfasados para el mundo en el que vivimos.

En la sociedad en la que estamos, llamada de la Comunicación, las Cofradías deben cobrar un papel muy importante. Cuando nacieron las Hermandades, uno de los muchos fines que tenían era el de “sacar el Evangelio a la calle”. El de dar a conocer los misterios del Evangelio a una población de baja cultura religiosa, que desconocía la Palabra. Se trataba de dar formación cristiana, formación plástica, visual. De evangelizar a aquellos que no conocían la vida de Cristo. “Nadie enciende la lámpara y la pone en un rincón, ni bajo un celemín, sino sobre un candelero, para que todos tengan luz” (Lc 11,33).

Hoy día nos encontramos un mundo secularizado, una humanidad que es consciente de Cristo, y a veces lleva a su vida parte de su mensaje, pero que vive apartada de Dios y su Evangelio. Que desconoce el Misterio de la Redención.

Por eso hay que salir a las calles a anunciar a Cristo y su mensaje. No quedarnos esperando a que vengan a nosotros. Salir a la calle y dar luz en la oscuridad, como hacen simbólicamente los nazarenos desde sus filas con sus cirios.

Por eso es que el fin y el espíritu de las Cofradías y Hermandades está hoy más vivo que nunca. Hay que salir a las calles, a las plazas, a las avenidas y a los barrios, llevando el mensaje de Cristo. En primer lugar las obras de los cristianos cofrades formados y que en el día a día y en el trabajo dan ejemplo de cómo vive un cristiano comprometido (Lc 24,46-48). Y en segundo lugar sacando los templos, los altares, el Evangelio hecho imágenes para que la gente reconozca por las calles a su Redentor, y vea a aquel que tanto nos amó que dio la vida por nosotros. “Ved mis manos y mis pies, que soy Yo.”(Lc 24,39).

Ese será el primer paso para que una vez descubierta la sensación de Dios dentro de él mismo, se acerque a las cofradías, a las Parroquias, y estas le den la formación y el abrazo cristiano que les falta.

Porque quien niega esto, este papel comunicador del mensaje de Cristo de la Cofradías entre aquellos que andan “apartados”, niegan una realidad constatada. No hay duda de que la Semana Santa, en aquellos lugares donde no existen cofradías o Hermandades, está más secularizada, más vacía de contenido cristiano, que aquellas que llenan sus calles con la imagen de la Pasión de Cristo.

Pero para que esto sea cierto, no cabe duda de que es necesario que cada Cofradía, cada Parroquia y la Iglesia en general, luche para que se le den a los actos de culto público, un carácter eminentemente religioso, frente al cultural o turístico que se nos pretende imponer desde diversos ámbitos.

Otra labor fundamental de las cofradías en la Nueva Evangelización, es la formación interior de sus miembros.

El movimiento cofrade es una de las asociación religiosa que más miembros tiene. Por eso es fundamental que la renovación cristiana se de muy especialmente dentro de cada cofradía.

Las Juntas de Gobierno, la Federación de Cofradías y la Iglesia en general, tienen una responsabilidad moral, humana y cristiana muy importante con los jóvenes que están en cada hermandad. Un toque de corneta, un costal, una mecía del paso de palio, hacer penitencia junto a la imagen de Cristo, la magia de un nazareno recorriendo las estrechas callejuelas, la tradición familiar.....son tantas las motivaciones que llevan a un joven a querer vivir su vocación cristiana en el seno de una Hermandad.

Por eso es obligación nuestra, a veces más que la de ellos, y seremos responsables ante Dios si no lo hacemos, la de acercarnos a ese joven y ofrecerle una formación seria y adecuada. La de promover su fe y la de evangelizarle y alentarle a vivir con coherencia su compromiso.

Y lo mismo con las familias. Este año, ante el Encuentro Mundial de las Familias de Milán (EMF) el mensaje de Benedicto XVI, reafirma la importancia del trabajo con las familias. Las Cofradías tienen un campo magnífico para evangelizar desde la familia, para ayudar a llevar la fe a las familias, para unir en la oración a numerosas familias cofrades que acuden a su cofradía. Este papel es fundamental. Hay que darle una importancia primordial a las familias que están integradas en una Hermandad.

Como vemos son muchos y muy importantes los caminos que mueven a las Hermandades en el seno de la Nueva Evangelización que promovío en su momento S.S. el beato Juan Pablo II al comienzo de este nuevo milenio y que actualmente Benedicto XVI, también ha hecho suya.

Por eso las Hermandades deben proponerse como objetivo prioritario la formación cristiana, de niños, de jóvenes y de adultos y la profundización y profundidad de sus cultos.

Porque sabemos que el futuro de nuestra sociedad, de nuestra Iglesia y muy especialmente de nuestra Semana Santa, es la formación y vida cristiana de nuestros jóvenes y familias.

Una Semana Santa llena de Cofrades sin profundidad, sin amor a Dios es una Semana Santa sin presente y sin futuro.

Que el Nuestro Señor Jesucristo nos ayude a ser fieles en nuestro compromiso humano y cristiano. Y que este año seamos bendecidos en nuestra labor bajo el manto de María Santísima.

lunes, 19 de diciembre de 2011

EL ORIGEN CRISTIANO DEL ARBOL DE NAVIDAD

A continuación os pongo este interesante artículo que me ha recomendado un compañero del colegio, sobre el origen del arbol de Navidad:

"EL ORIGEN CRISTIANO DEL ARBOL DE NAVIDAD.

Desde tiempos muy antiguos, los pueblos primitivos introducían en sus chozas las plantas de hojas perennes y flores, viendo en ellas un significado mágico o religioso.

Una interesante tradición -en parte historia, en parte leyenda-, popular en Alemania, afirma que el árbol de Navidad se remonta al siglo VIII.

San Bonifacio (675-754) era un obispo inglés que marchó a la Germania en el siglo VIII (concretamente a Hesse), para predicar la fe cristiana.

Después de un duro período de predicación del Evangelio, aparentemente con cierto éxito, Bonifacio fue a Roma para entrevistarse con el papa Gregorio II (715-731).

A su regreso a Alemania, en la Navidad del año 723, se sintió profundamente dolido al comprobar que los alemanes habían vuelto a su antigua idolatría y se preparaban para celebrar el solsticio de invierno sacrificando a un hombre joven en el sagrado roble de Odín.

Encendido por una ira santa, como Moisés ante el becerro de oro, el obispo Bonifacio tomó un hacha y se atrevió a cortar el roble sagrado. Hasta aquí lo que está documentado históricamente.

El resto pertenece a la leyenda que cuenta cómo, en el primer golpe del hacha, una fuerte ráfaga de viento derribó al instante el árbol. El pueblo sorprendido, reconoció con temor la mano de Dios en este evento y preguntó humildemente a Bonifacio cómo debían celebrar la Navidad.

El Obispo, continúa la leyenda, se fijó en un pequeño abeto que milagrosamente había permanecido intacto junto a los restos y ramas rotas del roble caído. Lo vio como símbolo perenne del amor perenne de Dios, y lo adornó con manzanas (que simbolizaban las tentaciones) y velas (que representaban la luz de Cristo que viene a iluminar el mundo).

Como estaba familiarizado con la costumbre popular de meter en las casas una planta de hoja perenne en invierno, pidió a todos que llevaran a casa un abeto. Este árbol representa la paz, y por permanecer verde simboliza también la inmortalidad; con su cima apuntando hacia arriba, se indica, además, el cielo, la morada de Dios.

ASPECTOS SIMBÓLICOS DEL ÁRBOL

Los árboles han tenido a lo largo de la historia un significado muy especial: en todas las culturas poseen aspectos simbólicos de carácter antropológico, místico o poético.

La idea extendida de los aspectos benéficos de los árboles para el hombre ha dado lugar a distintas leyendas y lo ha relacionado con sentidos mágicos y rituales.

En varias culturas el árbol representa el medio y la unión del cielo y la tierra: ahonda sus raíces en la tierra y se levanta hacia el cielo; por ello en ciertas religiones, sobre todo orientales, el árbol es signo de encuentro con lo sagrado, punto de encuentro entre el ser humano y la divinidad.

Otros significados ampliamente extendidos sobre los atributos mágicos del árbol concernían a la fecundidad, al crecimiento, a la sabiduría y a la longevidad.

SENTIDO CRISTIANO

El árbol de Navidad recuerda, como hemos visto, al árbol del Paraíso de cuyos frutos comieron Adán y Eva, y de donde vino el pecado original; y por lo tanto recuerda a Jesucristo que ha venido a ser el Mesías prometido para la reconciliación. Pero también representa el árbol de la Vida o la vida eterna, por ser de hoja perenne.

En palabras de Juan Pablo II: “En invierno, el abeto siempre verde se convierte en signo de la vida que no muere […] El mensaje del árbol de Navidad es, por tanto, que la vida es ‘siempre verde’ si se hace don, no tanto de cosas materiales, sino de sí mismo: en la amistad y en el afecto sincero, en la ayuda fraterna y en el perdón, en el tiempo compartido y en la escucha recíproca” (Juan Pablo II, Audiencia, 19 de diciembre de 2004).

La forma triangular del árbol (por ser generalmente una conífera), simboliza a la Santísima Trinidad. A las oraciones que se realizan durante el Adviento se les atribuye por un color determinado, y cada uno simboliza un tipo:

• El azul, para las oraciones de reconciliación.

• El plateado, para las de agradecimiento.
• El dorado, para las de alabanza.
• El rojo, para las de petición.
• Estos colores, junto con el verde del árbol mismo, tal vez sean los más tradicionales para los adornos navideños.

El árbol de Navidad y los regalos propios de estas fechas, son un modo de recordar que del árbol de la Cruz proceden todos los bienes…

Por eso tiene un sentido cristiano la tradición de poner bajo el árbol los regalos de Navidad para los niños:

“Generalmente, en el árbol decorado y a sus pies se colocan los regalos de Navidad. El símbolo se hace elocuente también desde el punto de vista típicamente cristiano: recuerda al ‘árbol de la vida’ (Cf. Génesis 2, 9), representación de Cristo, supremo don de Dios a la humanidad” (Juan Pablo II, Ídem).

LOS ADORNOS NAVIDEÑOS

Los adornos más tradicionales del árbol de Navidad son:

Estrella: colocada generalmente en la punta del árbol, representa la fe que debe guiar la vida del cristiano, recordando a la estrella que guió a los Magos hasta Belén.
Bolas: en un principio San Bonifacio adornó el árbol con manzanas, representando con ellas las tentaciones. Hoy día, se acostumbra a colocar bolas o esferas, que simbolizan los dones de Dios a los hombres.
Lazos: Tradicionalmente los lazos representan la unión de las familias y personas queridas alrededor de dones que se desea dar y recibir.
Luces: en un principio velas, representan la luz de Cristo.

Como nos dice Benedicto XVI “al encender las luces del Nacimiento y del árbol de Navidad en nuestras casas, ¡que nuestro ánimo se abra a la verdadera luz espiritual traída a todos los hombres y mujeres de buena voluntad! … Frente a una cultura consumista que tiende a ignorar los símbolos cristianos de las fiestas navideñas, preparémonos para celebrar con alegría el nacimiento del Salvador, transmitiendo a las nuevas generaciones los valores de las tradiciones que forman parte del patrimonio de nuestra fe y cultura”. (Benedicto XVI, 21 de diciembre de 2005)"

“En las próximas semanas el árbol de Navidad será motivo de alegría […] Su forma en punta, su color verde y las luces de sus ramas son símbolos de vida. Además, nos remiten al misterio de la Nochebuena. Cristo, el Hijo de Dios, trae al mundo oscuro, frío y no redimido, al que viene a nacer, una nueva esperanza y un nuevo esplendor. Si el hombre se deja tocar e iluminar por el esplendor de la verdad viva que es Cristo, experimentará una paz interior en su corazón y será constructor de paz en una sociedad que tiene mucha nostalgia de reconciliación y redención” (Benedicto XVI, Audiencia, 12 de diciembre de 2008).

FUENTE: PRIMEROSCRISTIANOS.COM

miércoles, 11 de mayo de 2011

COFRADÍAS DE VIDA

A menudo no encontramos nuestro sitio en nuestros días, no vemos el punto de referencia para nuestra vida, andamos como tristes, como perdidos, con la sensación de no estar haciendo lo más correcto. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué estamos así?

Decía Ortega y Gasset “a veces no sabemos lo que nos pasa,…. ¡Y eso es lo que nos pasa!”.

Es cierto. No saber lo que nos pasa, no buscar dentro de nosotros mismos, no buscar el origen de nuestra insatisfacción o de nuestras “alegrías” fugaces, es el primero de nuestros problemas. Es como si se nos avería el automóvil, y en vez de llevarlo al mecánico o mirar a ver qué tiene, lo aparcamos para siempre y dejamos pasar el tiempo, hasta que llegamos a olvidar que tenemos coche.

A menudo nos pasa eso en nuestra vida espiritual, personal y humana. No nos paramos a pensar qué nos pasa.

Leíamos en el Evangelio del pasado domingo la lectura de "Los discípulos de Emaús". Jesús se aparece a dos discípulos camino de Emaús. Ellos estaban llenos de sus propias inquietudes y no estaban atentos a lo verdaderamente importante, “estaban como incapacitados para reconocerle” (Lc 24, 16). Conocían y habían estudiado la Escritura, pero no la habían “ESCUCHADO EN SU INTERIOR”. Amaban a Cristo, pero no habían puesto toda su fe en lo que Él les había anunciado. Andaban tristes aunque Cristo ya había resucitado y estaba junto a ellos (Lc 24, 17). No habían sido capaces de ser trascendentes con sus vidas. Eran capaces de explicar perfectamente la vida y muerte de Jesús, pero incapaces de reconocerlo después de tanto tiempo a su lado.Cristo estaba en su conocimiento, en su inteligencia, pero no estaba en su vida.

A nosotros a veces nos pasa lo mismo. Dedicamos mucho tiempo a nuestra cofradía, al culto a Cristo y a la devoción a nuestra Madre. Fieles a nuestros ensayos de costalero, fieles a nuestros cultos y actos, fieles el día de nuestra salida, fieles a la misa dominical. Hacemos nuestra oración diaria y siempre, para lo bueno y para lo malo nos acordamos de nuestros Titulares. Y sin embargo vemos como nos falta algo. Algo más. No acabamos de ser felices del todo en nuestra Hermandad, en nuestro entorno, en nuestro trabajo, en nuestra vida.

Como María Magdalena, nos acercamos a Cristo pero en numerosas ocasiones no lo tratamos como a un Cristo resucitado (Jn 20,11-16). Nos sentamos a llorar frente al sepulcro mientras Cristo nos habla y no le escuchamos. “¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? (Lc 24,5-6).

A menudo a los cofrades nos falta encontrarnos con el resucitado, acercarnos a Él, caminar un buen rato junto a Él y escucharlo hasta dejar nuestro corazón embriagado con sus palabras.

Nos quedamos en la Pasión. Lo dejamos en el sepulcro y nos preparamos para la próxima Semana Santa. Pasamos de puntillas por la Pascua, y no llegamos a descubrir a Cristo resucitado en nuestro interior.

Y mientras, Cristo camino a nuestro lado. Nos habla de muchas formas, a través de los amigos, en los sacramentos, en la oración, en la mirada del que sufre, en la sonrisa del bebé, en determinadas lecturas, en las personas que nos quieren,…… y nosotros seguimos sin saber qué nos pasa. A veces nuestro orgullo apaga esa sensación y nosotros mismos decimos “No me pasa nada”.

Al acercarnos a Cristo, al abrir bien los oídos de nuestra alma, escucharemos lo que nos dice. Los discípulos de Emaús se sintieron trasformados tras la Eucaristía. Cuando Cristo partió el pan se les cayó la coraza de su corazón. “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba?” (Lc 24,32)

El encuentro con Cristo resucitado nos transforma, nos hace mejores, más felices porque entendemos la trascendencia de todo lo que hacemos, de nuestra vida y nuestro actuar. Somos Cofradías de Vida, no de muerte. Somos hermanos sobre la base de Aquel que tras partir el pan con sus amigos, se entregó en sacrificio vivo hasta una muerte de cruz, y que RESUCITÓ por todos nosotros para traernos la Salvación.

Debemos despojarnos del hombre viejo, y transformarnos en el hombre nuevo fruto de la conversión y la resurrección.

Una Cofradía llena de hombres nuevos, de hombres y mujeres que se sienten hermanos y que trabajan por el resto de los hermanos es una cofradía viva. Una Hermandad que pasa los días y los años mirándose el ombligo, y no mira y se encuentra en los demás, es una Cofradía "hojalatera", una cofradía en "vía muerta", una "Cofradía museo", sin vida interior, tan sólo apariencia. Una Cofradía que vive solo para un día al año es una cofradía con poco futuro. Porque el futuro de todo cristiano pasa por descubrir a Cristo resucitado, por encomendar todos sus actos al Espíritu Santo, por salir de sí misma y encontrarse en los demás.

Una vez leí esta historia: “En una sala un reconocido lector deleitaba a los demás recitando trozos de libros famosos. Un sacerdote estaba allí y en un momento de descanso le preguntó si podía recitar el salmo del Buen Pastor. El declamador le respondió: Claro que puedo y lo voy a declamar pero, como condición, después de que yo lo recite también usted lo hará. El sacerdote, extrañado por la propuesta, aceptó. La declamación del artista fue preciosa, entusiasta. Una lluvia de aplausos cerró su presentación.

Luego fue el turno del sacerdote. Declamó el mismo salmo 23, casi de memoria. Al terminar, no hubo aplausos, sólo un silencio muy grande, un silencio especial, diríamos espiritual. A algún ojo incluso se le escapó una lágrima. Pasados unos instantes el declamador se levantó y dijo: "Ustedes acaban de presenciar algo muy grande. Hubo una gran diferencia: Yo declamé extraordinariamente el salmo sobre el pastor porque sé utilizar muy bien las palabras y las formas, pero sólo él nos ha sabido transmitir la esencia del salmo, porque él conocía al Pastor”.

Podemos tener la mejor cofradía, ser los mejores en las formas y en la liturgia, ser perfectos en nuestros cultos y actos, extremadamente cuidadosos en el orden y en lo externo, pero sólo realizaremos nuestra auténtica labor como Cofradía y como cofrades, la de transmitir a Cristo y su mensaje de amor y de vida, si somos capaces de encontrar a Jesús resucitado en nuestra vida. De conocerle y de reconocerle a nuestro lado. De vivir para los demás.


Podemos ser como el poeta o como el sacerdote de la historia. Podemos simplemente servir para levantar el aplauso de la gente o para llegarles a lo más hondo del corazón y del alma con el ejemplo del cristiano que se ha encontrado con Cristo, que ha caminado a su lado y le ha reconocido.

Entonces SÍ, seremos Cofradías de Vida, COFRADÍAS VIVAS.

Que María Santísima nos ayude a alcanzar esta meta, difícil para nosotros pero con la ayuda de Cristo y de su Madre totalmente posible. Que su resurrección sea en nuestra vida, nuestra Victoria.

BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II
1 de Mayo de 2011

Año de la Fe 2012-2013