miércoles, 15 de agosto de 2012

La Alegría (I)


 He estado leyendo un texto que, después de hacerme reflexionar, me ha llevado a escribir estas líneas.

La Parabola del hijo pródigo, nos narra la historia de un hijo que pide su herencia a su padre y se marcha "a vivir su vida". Jesús, cuenta como malgastó su hacienda y al final arruinado, y trabajando cuidando cerdos, colmado por el hambre, pedía comer las algarrobas y las bellotas que comían los puercos. 
Tras plantearse su vida, vuelve a casa de su padre, y tras fundirse en un fuerte abrazo con él, que lo esperaba con los brazos abiertos, no deja ya de vivir la auténtica felicidad. 

Por tanto, el Evangelista nos describe dos tipos de alegría, de felicidad. La primera, la meramente humana, alejada del Padre, es externa, temporal, pasajera y acaba en la miseria, en la tristeza, en el hambre y el desasosiego. Es la "felicidad de las bellotas", la que acaba en las algarrobas. La segunda, la que empieza con el abrazo del padre es eterna, interior, profunda y no tiene barreras ni límites. Es la felicidad del abrazo del Padre. del encuentro con los hermanos, de la entrega incondicional. De la sonrisa sincera, que deja poso en el alma.

"Parece que te obstinas en desconocer la segunda parte de la parábola del hijo, y todavía sigues apegado a la pobre felicidad de las bellotas. Soberbiamente herido por tu fragilidad, no te decides a pedir perdón, y no consideras que te espera la jubilosa acogida de tu Padre Dios, la fiesta por tu regreso y por tu recomienzo" (Surco, 65).
Es cierto. La paz de Dios, no es de este mundo. O no se entiende si no es mirando a Dios cara a cara. 
No somos los cristianos gente triste. Si lo fueramos es que no estamos viviendo el Evangelio. El primer apostolado es el de la sonrisa. 
Al hijo pródigo le espera una fiesta organizada por su padre. Hay comida, música, vino, amigos, risas, bromas..... Pero lo más importante es que "hay algo más" en el fondo y el alma de todos. No tiene nada que ver esa fiesta, aunque tenga las mismas cosas materiales, con las que vivía el hijo pródigo gastandose toda la fortuna heredada.

Una florecilla de San Francisco sobre la alegría:
"Cierto día, San Francisco, estando en Santa María, llamó al hermano León y le dijo:
-Hermano León, escribe. Este le respondió:
-Ya estoy listo.
-Escribe- le dijo- cuál es la verdadera alegría: Llega un mensajero y dice que todos los maestros de París han venido a la Orden. Escribe:. "No es verdadera Alegría".Escribe también que han venido a la Orden todos los prelados ultramontanos, arzobispos y obispos; que también el rey de Francia y el rey de Inglaterra. Escribe: "No es verdadera Alegría".Igualmente, que mis hermanos han ido a los infieles y han convertido a todos ellos a la fe. Además, que he recibido yo de Dios una gracia tan grande, que curo enfermos y hago muchos milagros. Te digo que en todas estas cosas no está la verdadera alegría.Pues ¿cuál es la verdadera alegría? Vuelvo de Perusa y, ya de noche avanzada, llego aquí; es tiempo de invierno, todo está embarrado y el frío es tan grande, que en los bordes de la túnica se forman carámbanos de agua fría congelada, que hacen heridas en las piernas hasta brotar sangre de las mismas.Y todo embarrado, helado y aterido, me llego a la puerta y, después de estar un buen rato tocando y llamando, acude el hermano y pregunta:

-¿Quién es? Yo respondo: -El hermano Francisco. Y él dice: -Largo de aquí. No es hora decente para andar de camino. Aquí no entras.Y, al insistir yo de nuevo, contesta:

-Largo de aquí. Tú eres un simple y un paleto. Ya no vas a venir con nosotros. Nosotros somos tantos y tales, que no te necesitamos.Y yo vuelvo a la puerta y digo:

-Por amor de Dios, acogedme por esta noche. Y él responde: -No me da la gana. Vete al lugar de los crucíferos y pide allí.Te digo: si he tenido paciencia y no he perdido la calma en esto está la verdadera alegría, y también la verdadera virtud y el bien del alma."
Esta anecdota, o se observa desde el prisma del Evangelio, desde la luz de Cristo, no se entiende, no se puede comprender. 

En tiempos de los primeros cristianos, según nos cuentan los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,46), había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la Libertad que trajo el Redentor.
Hoy, ya no es tan fácil encontrar la alegría. De hecho, se ha vuelto más bien excepcional. Todo el mundo suele ser áspero, impaciente, a veces duro y no nos extraña conocer a gente con amarguras y rostro disgustado. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez hoy más que nunca apreciamos la Alegría como una característica de las personas santas. Por eso decía Santa Teresa de Jesús aquello de "Un santo triste, es un triste santo".

La alegría es misteriosa
Muchas personas veían perplejas a la Madre Teresa de Calcuta con su sonrisa y alegría que salía del alma mientras dedicaba sus cuidados a los menesterosos y enfermos que todo el mundo rechazaba.
Como nos dice el Santo Padre (Aloc. 24-11-1979) “La alegría cristiana es una realidad que no se describe fácilmente, porque es espiritual y también forma parte del misterio. Quien verdaderamente cree que Jesús es el Verbo Encarnado, el Redentor del Hombre, no puede menos de experimentar en lo intimo un sentido de alegría inmensa, que es consuelo, paz, abandono, resignación, gozo... ¡No apaguéis esta alegría que nace de la fe en Cristo crucificado y resucitado! ¡Testimoniad vuestra alegría! ¡Habituaos a gozar de esta alegría!”
Efectivamente, la alegría cristiana no es fácil de describir y es misteriosa. Como el amor, en la alegría hay misterio.
Pero los cristianos tenemos un motivo fundamental para estar alegres: “Somos hijos de Dios y nada nos debe turbar; ni la misma muerte. Para la verdadera alegría nunca son definitivas ni determinantes las circunstancias que nos rodeen, porque está fundamentada en la fidelidad a Dios, en el cumplimiento del deber, en abrazar la Cruz. Sólo en Cristo se encuentra el verdadero sentido de la vida personal y la clave de la historia humana. La alegría es uno de los más poderosos aliados que tenemos para alcanzar la victoria (1 Marcos, 3, 2). Este gran bien sólo lo perdemos por el alejamiento de Dios (el pecado, la tibieza, el egoísmo de pensar en nosotros mismos), o cuando no aceptamos la Cruz, que nos llega de diversas formas: dolor, enfermedad, contradicción, cambio de planes, humillaciones. La tristeza hace mucho daño en nosotros y en los demás. Es una planta dañina que debemos arrancar en cuanto aparece, con la Confesión, con el olvido de sí mismo y con la oración confiada.” (Francisco Fernández Carvajal, "Hablar con Dios"Sáb. 2ª sem. Del T. O.). 

Vivir el amor, a Dios y a los hermanos, a tu familia y tus amigos, a conocidos y desconocidos, es el mayor remedio contra la tristeza, la pesadumbre, el pesimismo y la desesperanza.
La verdadera alegría no se queda en mí. Retorna a los demás. Porque la verdadera alegría es darse.

Por eso, que vivamos la alegría verdadera, la que flota por encima del dolor, y no nos quedemos en la alegría "de las bellotas".  
NOTA: (Muchas de estas ideas han surgido de, y con, la lectura de "Dónde duerme la ilusión. La tibieza" de Francisco Fernández Carvajal.)

lunes, 6 de agosto de 2012

Lluvia de estrellas

La otra noche, al volver a casa después de un paseo, uno de mis hijos, el mayor (bueno, si se puede decir que 6 años es ser mayor), comentó "ojalá no se hubieran inventado las farolas". Mi mujer y yo nos sorprendimos bastante ante tal afirmación.
- Pero Angel, si no hubiera farolas estarían todas las calles muy oscuras
- Y daría miedo andar de noche...... - Le respondimos
A lo que él nos contestó con la serenidad y la inocencia de un niño, con la trasparencia y la frescura que solamente los niños aportan:
- Ya, pero con la luz de las farolas no podemos ver las estrellas.
¡Cuanta sabiduría en tan poca estatura física!
Hoy, en el día de la transfiguración del Señor, el Evangelio nos llama a mirar más allá de las apariencias, y sobre todo en saber encontrar lo verdaderamente importante en todas las cosas de nuestra vida. Así como los discípulos pudieron y supieron ver en Jesús al Mesías, al Hijo de Dios Vivo, a la Palabra encarnada, mientras el resto no veían más que a un hombre más, especial sí, pero como un profeta más, así nosotros tenemos que saber buscar lo importante detrás de las cosas.

Tantas son las farolas, las luces artificiales, las luminarias ficticias, las ilusiones postizas que nos rodean que distraen nuestra atención de lo verdaderamente importante.... 
Es tan facil dejarse llevar por el "vive el día" de una forma artificial, pasajera, que no deja poso en nuestro interior..... que dejamos de ver las estrellas que orientan nuestra vida. Las que siempre brillan a pesar de todo, las que parpadean con guiños de amor y confidencia desde el horizonte.

Allí están. Apaga por un momento todas las luces. Deja tu vida en la oscuridad de lo artificial. Cierra los ojos y vuelve a abrirlos. Estás ciego todavía por el resplandor espurio. Espera. Acostumbrate. Te costará al principio. Pero ya lo ves. Es como cuando apagas las luces al acostarte. No ves nada y luego lo ves todo. Asomate al balcón de tu vida. ¡Están ahí! ¿la ves? No sabías cuantas estrellas había a tu alrededor. ¡Cómo brilla el cielo! La oscuridad que te vendían era mentira. Las ves como refulgen alrededor tuya. 
¡Sal a la calle! Mira allí, la constelación de tus hijos alumbrando como ninguna. La constelación de tu esposo/a sonriendo en cada parpadeo, la Vía Familiar, las estrellas de tu familia tendiendote su luz, tus verdaderos amigos, son pocos, pero ¡¡cómo brillan!!, la constelación de tu comunidad de fe, la estrella de tu director espiritual, la luminaria de todos aquellos que buscan lo mejor para tí y no para ellos....¡¡Cuantas estrellas que no veíamos antes o que apenas percibíamos!!! Y marcandonos el camino verdadero, la ruta a seguir, la Estrella Polar del Evangelio.
 
El otro día leí una cita de Paulo Coelho: "Hay vida antes de la muerte". ¡Es cierto! ¡Y está aquí! En todo lo auténtico que me hace ser feliz de verdad y que me deja un poso de alegría que no pasa, aunque lo entierre. Todo esto que me hace vivir el Reino de Dios desde ¡ya!.
Tu sonrisa es distinta, porque sonries de verdad rodeado de la luz verdadera. Comienzas a caminar. Sabes que la luz lunar, siempre llena, de nuestra Madre Santísima nunca te abandona.

Nos habíamos acostumbrado a la luz tenue de estas estrellas y nos habíamos dejado deslumbrar por las artificiosas luces de neón. Es normal. A veces nos protegemos de la luz del mismo Dios, sol de nuestra vida. Y nos escondemos detrás de gafas, viseras y sombras de vida.
Pero recuerda. Aunque se vuelvan a encender todas aquellas luces que te daban esa luz artificial, alrededor tuya siempre estarán brillando, aunque no las veas, los fulgores auténticos. Y cuando todas las demás se apaguen, se fundan o pasen de moda (que lo harán), sólo permanecerá a tu alrededor las constelaciones auténticas que siempre brillarán alrededor de tu vida.

Hoy es el día de la Transfiguración del Señor. Los apóstoles tuvieron el don de ver a Cristo en toda su gloria. Pero no fue para ellos una sorpresa porque con los ojos de la fe ya conocían la auténtica realidad. Que aquel hijo del carpintero, Jesús el de Nazaret, hijo de José y María, era el Mesías, el Hijo de Dios. Ya habían visto la luz de las estrellas a pesar de las farolas.

Que nosotros sepamos también ser trascendentes. Que veamos más allá de lo ordinario y lo vulgar y encontremos la auténtica luz que brilla en nuestras vidas. La luz artificial no es mala, como le dijimos a nuestro hijo, siempre que no desdibuje la luz de las estrellas. Siempre que sepamos qué luz es la del faro que nos lleva a buen puerto y cual es la que hunde nuestro barco junto al arrecife.

Y le pedimos ayuda a Dios y María Santísima para esto. Para saber transformar los acontecimientos ordinarios en extraordinarios. Para encontrar la huella de Dios y de todo aquello que nos ayuda en nuestra vida. Para ver detrás de cada cosa y encontrar entre la luz articicial, esa luz del sol, de la luna y de las estrellas que transfiguran nuestra vida y nos hacen felices de verdad.

Que el próximo día 10 de Agosto, día de San Lorenzo y famoso por sus perseidas, nos acordemos especialmente de esto y toda la lluvia de estrellas caiga dentro de nuestro corazón y del de todas las personas que amamos.

domingo, 27 de mayo de 2012

Iglesia, IBI y Mecenazgo

En los últimos días nos hemos encontrado con una auténtica cruzada de determinados sectores políticos en la que exigen y piden que se cambie la legislación para que la Iglesia pague el IBI (Impuesto de Bienes Inmuebles). Esta campaña se ha recrudecido especialmente este fin de semana, con el lider de la oposición a la cabeza, indicando que se tienen que revisar los acuerdos con la Santa Sede y la Iglesia debe pagar impuestos. 
El secretario de Organización del PSOE, Oscar López, ha comunicado hoy que su partido pedirá "en todos los ayuntamientos de España, que se cobre el IBI a la Iglesia". Es más, ha dicho que la Iglesia, "igual que todos", debe "apretarse el cinturón" y "contribuir como todo el mundo en la situación actual".

Bien, pues todo esto es una falsedad, es pura demagogía y es una grave injusticia, aparte de un acto populista bananero al más puro estilo de la Venezuela de Chávez, la Bolivia de Evo Morales u otras tantas.
 Me explico:

Es mentira, porque no es cierto que no se pague el IBI en base a un privilegio que la Iglesia tiene por el Acuerdo entre la Santa Sede y el estado Español para Asuntos Económicos que se suscribió el 3 de enero de 1979 (en el marco constitucional, con rango de tratado internacional y refrendado por una inmensa mayoría del Parlamento español, comunmente llamado Concordato (fue en verdad uno de los cuatro concordatos que se firmaron tras la Constitución Española). El ámbito de exenciones que viven los bienes de la Iglesia están dentro de un marco todavía más amplio que aquel, y por supuesto que queda en muchos casos superado. Se trata de la llamada Ley de Mecenazgo de 2002. En esta ley (ley 49/2002 de 23 de diciembre de régimen fiscal de las entidades sin fines lucrativos y de los incentivos fiscales al mecenazgo) se incorpora a la Iglesia católica al régimen fiscal que tienen TODAS las entidades sin fines lucrativos.
Por tanto es mentira, que exista privilegio alguno con respecto a la Iglesia católica, pues este mismo régimen de exenciones fiscales rige para  partidos políticos, sindicatos, Cruz Roja, las fundaciones, los consulados, las federaciones deportivas, las embajadas, los terrenos de la RENFE, los inmuebles destinados a usos religiosos de las comunidades hebreas, musulmanas o evangélicas.
Por tanto no existe privilegio alguno. La Iglesia se encuentra en el mismo lugar que otras instituciones, como la Fundación Pablo Iglesias, la SGAE, la UGT, CNT, la embajada de Cuba o tantas otras encuadradas en las dichas antes. Y sus edificios tampoco están en un status privilegiado dado que la Catedral de Granada tiene el mismo régimen que al Museo Arquelógico, el museo Thyssen, la sede de Izquierda Unida o el Hotel Palace de Madrid.

Es pura demagogia porque además de plantear esta campaña contra la Iglesia en plena campaña de la Renta (con un claro intento de desprestigiar a la Iglesia Católica, pero que creo tendrá poco crédito) colocandose enfrente del mágnífico programa Xtantos, no tiene base alguna viniendo de quien viene.  Porque si ha llegado el momento de que nos apretemos todos el cinturón y de, como ha dicho Oscar López, "contribuir como todos"....¿Por qué no empiezan ellos mismos, los políticos, dando ejemplo? ¿Por qué el PSOE que también está sujeto al mismo régimen fiscal de la ley 49/2002 no pide que a los partidos políticos también se les aplique el IBI? ¿Por qué no se pide en los ayuntamientos que las sedes y Casas del Pueblo paguen también impuestos y "contribuyan como todos"? ¿Por qué no se bajan los sueldos y piden que se les quite la exención de IRPF que tiene de sus dietas y manutención (que supone un tercio de sus ganancias mensuales)? ¿Por qué no "contribuyen" como todo vecino, en vez de pedir para los demás lo que ellos no cumplen? Pues eso, porque es miserable demagogia.

Y sobre todo es tremendamente injusta esta petición por la gran labor pastoral, social, educativa y cultural que realiza la Iglesia Católica en nuestra sociedad. Una labor caritativa y de auxilio y apoyo social que tan necesaria está siendo en estos momentos tan duros que vive nuestra sociedad. La Iglesia se ha convertido en el punto de apoyo de numerosísimos ciudadanos (españoles e inmigrantes) que encuentran en los dispensarios, comedores sociales, residencias y demas centros asistenciales que pone al servicio de la sociedad la Iglesia sin preguntar por su nacionalidad, religión, clase social, sexo o condición. 
Las puertas de Cáritas cada día acogen filas eternas de gente que encuentran su única esperanza en la Iglesia. A las que se les apoya psicológicamente, a las que se le forma para que encuentren empleo, a las que se les asesora para que salgan de esa situación, a las que se les proporciona un techo, una cama, un plato de comida. Y sobre todo a las que se les proporciona amor desinteresado, caridad fraternal, cariño auténtico, compañía en la soledad. Aparte de toda la labor educativa, asistencial, sanitaria, pastoral y sacramental que proporciona nuestra Iglesia, si más interés que el otro. 
Como hoy he leído en Twitter, "que la Iglesia cierre un mes sus comedores y que se dediquen los sindicatos a dar de comer a todos los que se quedan sin comida". Estando en la misma situación fiscal que la Iglesia los partidos políticos y sus fundaciones, los sindicatos y sus fundaciones e instituciones como la Federación Española de Futbol o la SGAE......¿cumplen el mismo fin social y ayudan a tanta gente necesitada como la Iglesia? ¿Hay alguna institución, en comparación con las anteriores, que se merezca la exención de la Ley de Mecenazgo tanto como la Iglesia?

O como dice Isidro Catela Marcos (director de la Oficina de Información de la Conferencia Episcopal Española) en su mágnífico artículo publicado en el Diario El Mundo "Deus IBI est":
"Algunos ayuntamientos están contribuyendo a esta ceremonia de la confusión. Saben bien que no está en su mano cobrar el IBI. Saben que si envían el recibo de un edificio exento por ley, lo más probable es que se lo devuelvan. Y saben también que pueden seguir enviando a las parroquias a todas las personas desesperadas que ellos no atienden por falta de presupuesto, porque en este caso, no se devolverá a nadie y se acogerá a todos, sin pedir el dni ni la partida de bautismo."
 

De interés es explicar a todos los que están en la ignorancia sobre este tema el régimen fiscal de la Iglesia.

Esta es la realidad. Lo demás es mentira, pura demagógia, y una grave injusticia.

domingo, 29 de abril de 2012

El valor de la Pascua (y II): Los frutos de la resurrección.


La Pascua no es una fecha.  La Pascua comenzó y no termina, porque Cristo nos regala sus dones para que disfrutemos sus frutos todo el año. El final de la Pascua es el comienzo de un paso más en nuestro compromiso. La Pascua es un periodo de Gracia que Dios nos da para “cargar” las pilas. Es el momento del compromiso. Recomiendo que en lo que nos queda de Pascua y en el tiempo ordinario que le sigue, leamos como meditación de la Palabra diaria, los Hechos de los Apóstoles. Seguro que será un gran incentivo para vivir nuestro compromiso comprobar la reacción de los primeros cristianos tras la Resurrección.
Los Hechos de los Apóstoles (Hch 2,46), nos cuentan como había una característica que llamaba poderosamente la atención de todos: la alegría. Ellos, que habían conocido la esclavitud del pecado, experimentaron la Liberación que les traía la resurrección de Cristo.
La alegría es el fruto principal de la Resurrección, y por supuesto uno de los signos evidentes de la santidad. Estar alegres es vivir con fe la existencia.  “Tú eres Señor mi fortaleza” Salmo 62,2.  Porque el que tiene la vida puesta en manos de Cristo, no tiene nada que temer. Sabe que todo sufrimiento es parte de nuestra existencia, y por supuesto un paso más a la Vida en el Señor. “La alegría es señal de que amamos a Dios, y realizamos a la vez el gran bien a los demás y a nosotros mismos. Debemos estar contentos y los demás deben saber que lo estamos. Estar contentos es una forma de dar gracias a Dios”  (Francisco Fernández Carvajal, “Donde duerme la ilusión”).
Cuando hagamos discernimiento de espíritu, para ver como anda nuestra vida cristiana, la alegría de verdad, la felicidad interna y la paz, es una manifestación de que estamos llenos de Dios y de que estamos realizando lo correcto.
Personalmente soy capaz de recordar fechas y momentos de gran felicidad y alegría en mi vida y veo en ella la huella de Dios y veo que son momentos en los que dije a Dios "sí" sin temor.
Por el contrario en momentos de dudas en mi camino personal, en bajones en mi actitud en mi lucha por alcanzar mi propia santidad, en aquellas situaciones en las que he dejado mi oración personal, mi compromiso personal o simplemente he pisado un poco "el freno", descubro esa falta de la alegría interna auténtica, la tristeza y la falta de ilusión.
Apartarme de lo que Dios me pide es llenarme de desesperanza, llenarme de cosas temporales y materiales que me hacen pasar el tiempo pero que no me provocan más que dolor de cabeza.
Sí, apartarme de Dios es como una borrachera. Una alegría temporal y artificial y después una horrible resaca.
Encontramos con excesiva frecuencia a cristianos malhumorados todo el día. Que son incapaces de saludarnos con una sonrisa, que siempre tienen un rostro áspero, impaciente, a veces duro. Esa especie de penosa desesperación que se ve en la calle se ha convertido en algo habitual. Tal vez hoy más que nunca apreciamos la Alegría como una característica de aquellas personas que experimentan la Gracia de Dios en el día a día.
Dice el libro de los Proverbios  que  “la tristeza seca los huesos”. Es verdad. Estar tristes es no haber experimentado la Pascua en nuestra vida. Es no encontrarnos a  Cristo resucitado todas las mañanas. Por eso debemos hacer un ejercicio de amor a Dios cada día al levantarnos. Primero darle gracias todos los días por todo lo que tenemos. Por muy poco que sea tenemos el don de la vida y de la fe, que ya es tener dos grandes tesoros. Dar gracias por el don de la familia, por el don de la Cofradía, por el don de su Amor…. Pensar en todo lo que Dios nos regala cada día, es un buen motivo para empezar con una gran sonrisa el día. Y luego pedirle a Dios por el día que comienza y ofrecerle sus frutos. Porque poner nuestra vida, nuestros días en manos de Dios, es motivo para la segunda gran sonrisa del día; la sonrisa del que confía.
Y el resto de sonrisas que le ofrezcamos a Dios durante el día tienen que tener como destinatarios a los que nos rodean.  Porque “la fe permite que miremos lo que nos rodea con una luz nueva, y que permaneciendo todo igual, admitamos que todo es distinto, porque todo es expresión del amor de Dios”. Porque el primer acto de caridad, y a veces el más sencillo, es el de brindar una sonrisa al hermano….hasta a quien no se la merece. Se trata de estar llenos de Dios, de sentir la Vida verdadera que nos trae la Resurrección. Así, hasta en los gestos, transmitiremos la alegría del Evangelio.
Quien sabe si ese hermano al que le ayudamos con nuestra sonrisa y nuestra mano tendida, no acaba la jornada dando gracias a Dios por habernos tenido a su lado.
Pero claro, para repartir, para llevar a los demás a Dios es importante que estemos nosotros llenos de Dios. Es imporante nuestra formación personal, nuestra oración personal con Dios, nuestra reconciliación con el Señor cuando sabemos que le hemos fallado a través del Sacramento de la Penitencia y el llenarnos de su Vida en la Eucarístia. 
A veces no vemos las cosas. No vemos nuestro futuro claro. Nos encontramos en una neblina que nos desespera. Pero Dios nos da una luz. Simplemente meditar aquellos momentos de gran felicidad en nuestra vida con Cristo. Allí encontramos a Dios, y como "una resurrección", sabremos que volveremos a sentir todo aquello de nuevo. Porque nuestra fe, nuestra esperanza, nuestra confianza en Cristo nos dice que al final de la oscuridad siempre estará la Luz de Cristo. Y que tan sólo hay que extender nuestra mano en la penumbra y dejar que Él nos la coja y nos guie hasta la salida. Porque cuando uno se abandona en Dios siente esa paz interior, esa tranquilidad que da la confianza de saber que junto a Él no existe la equivocación. Por el contrario no abandonarse, retrasar sus planes en nuestra vida provoca en nosotros una gran sensación de inseguridad, de frustación, de tristeza interior.

Dice S. Josémaría "Quiero que estés siempre contento, porque la alegría es parte integrante de tu camino. -Pide esa misma alegría sobrenatural para todos .La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios" (Camino 659-665).
Eso es la Resurrección en el fondo. Abandonarse. Haber confiado en Cristo ante la muerte y al final ver a Cristo frente a nosotros. Confiar y abandonarse es vivir una Pascua que dura siempre. Los demás sabrán que vivimos esa Pascua todos los días, si encuentran en nuestra alegría un signo inequívoco del que confía y vive en Jesucristo.

  Que María Santísima, a la que desbordó la alegría de ver a su Hijo resucitado, nos ayude a vivir la Pascua todo el año, a pasar del hombre viejo del Pecado al Hombre Nuevo del Evangelio, y que fortalezca nuestros sentimientos de hijos de un DIOS VIVO.

domingo, 15 de abril de 2012

El valor de la Pascua (I)

Ha concluido la primera semana de Pascua, que la Iglesia la considera como un sólo Domingo, liturgicamente hablando, y ya comenzamos a tener en el corazón y el sentimiento el sabor dulce de sus dones. Dios ha resucitado, y tras este Gran Domingo  que dura 50 días, vendrán los Dones de su Espíritu tal y como nos había prometido.
 La Pascua para el Cofrade no es, o no debe ser, el final de la Semana Santa. Sino la culminación de esta. Entender esto es entender nuestra realidad cristiana. Comprender que estamos en el cenit de nuestras celebraciones es recordar la importancia de la Resurrección.
Porque la resurrección es el principio y el final de nuestro “ser cristianos”, de nuestro “ser cofrades”. Es el tiempo de pasar del hombre viejo al Hombre Nuevo. De revestirnos de una nueva forma de ser. De ser más auténticos y más bienaventurados. Porque comprender el sentido de la Pascua es saber vivir siendo un cristiano.  La Pascua es la esperanza nueva que nos llega tras el dolor y el sufrimiento. Es la resurrección tras la muerte. Es la vida tras la agonía. Ser cofrade es saber que siempre hay un final feliz tras el túnel del dolor. Es vivir con paz los momentos amargos, como Cristo los vivió. Es caer y levantarse, para seguir caminando, aunque en el horizonte sólo veamos nuestra cruz. Porque vivir la Pascua es vivir.
Podemos vivir pensando que todo en la vida es Pasión. Y entonces nos quedaremos en la cruz y el dolor, pensando que la vida es simplemente “un valle de lágrimas”. Probablemente, entonces,  no habremos descubierto en nuestra existencia la completa realidad del ser cristianos.
Esto es la Pascua. No un bonito cuento de hadas que acaba en final feliz. Sino la esperanza del que vive confiando en Dios.
Pero la Pascua no es tal sin la transformación personal. ¿Qué ocurrió para que los apóstoles cambiaran de una forma tan radical sus vidas? ¿Qué pasó para que salieran del miedo y el temor y abrieran las ventanas de sus vidas para anunciar el Evangelio por todos los rincones de su existencia? ¿Que ocurrió para que dejaran de un lado el dolor que sentían y lo transformaran en vida? Lo que pasó, fue Cristo Resucitado junto a ellos. Hicieron suya la experiencia de la Resurrección. Comenzaron a vivir según la Pascua Cristiana, según la experiencia de la victoria de la Vida sobre la Muerte. Supieron ver que tras las nubes, tras aquella negra tormenta estaba la luz cálida de Dios.
Y para lograr esto hay que vivir con valentía. Hay que optar por el “sí”, hay que lanzarse al abismo, con la seguridad de que es Dios quien nos protege para que no demos el batacazo.
María es nuestra esperanza. Es el ejemplo a seguir en esta Pascua. Acerquémonos a Ella, encomendemosnos a Ella, hagamos nuestra su oración y su vida. Porque cuando todos dudaban, cuando todos creían que todo aquello no había sido más que una ilusión, una utopía fracasada, Ella fue la única que sabía que nada termina en la cruz, que la cruz tan sólo era el camino hacia la alegría de la Resurrección.

La mayoría somos como el apostol Tomás. Necesitamos ver, sentir constantemente. Pero no nos desesperemos, no caigamos en el desánimo por nuestra falta de fe y de confianza tantas veces. Es una gracia ser como Sto. Tomás. Porque al final, en sus dudas, en sus inseguridades no dejaba de buscar a Cristo. Y el que busca a Cristo Resucitado, antes o después lo encuentra. Como Tomás. Y una vez encontrado da la vida por Él, como Tomás. No somos perfectos, y eso Cristo lo sabe. Por eso, una y otra vez se pone a nuestro lado y nos abre sus brazos para que nos encontremos con ÉL.
La Pascua ha llegado. Dios siempre está a nuestro lado trayendonos su Vida. Es sal que sala, luz que brilla.
¿No sientes ese fuego dentro de tí que quiere salir? Confía, espera, cierra los ojos y lánzate a los brazos de Cristo.

La piedra de nuestro sepulcro ya ha sido removida por Dios. ¿A qué esperamos para salir a la Luz?

domingo, 8 de abril de 2012

Surrexit

Has vencido, Señor. La Vida ha vencido a la muerte. La Luz ha emergido entre las tinieblas. La Verdad ha derrotado al engaño.
Has vencido, Señor, y una vez más me has dejado sin aliento, viendo mis debilidades, observando mis defectos, dudando por mis limitaciones.
A veces me veo tan incapaz de seguir, Señor. Me veo tan fragil, tan poca cosa en el camino de santidad que me señalas.
Me miras al fondo de mi interior y miras la cruz vacía que se recorta en el fondo de la vida. Has vencido a la muerte. has vencido al pecado. Pero la cruz ha sido el camino. La redención, la salvación ha llegado a través de la cruz.
¿Acaso puede nadie salvarse sin dificultad? ¿Acaso puede nadie vivir su fe sin una meta? ¿Acaso puedo creer que todo es un alegre camino? ¿Acaso podemos entender que nada cuesta sacrificio, que todo se nos regala? 
La cruz, Señor, ha sido tu camino. Has elegido ser hombre para traernos la salvación. 
¿Me entiendes, Señor? ¿entiendes cuando te digo que a veces quiero arrojarlo todo, quiero rendirme, quiero dar un paso atrás? ¿No ves mi naturaleza humana que a veces quiere salirse del camino porque no ve nada claro? Como el rey David en el salmo 13 dígo: 
"Hasta cuándo, Señor? ¿Me olvidarás para siempre?
¿Hasta cuándo esconderás tu rostro?
¿Hasta cuándo pondré en mi alma consejos
con tristezas en mi corazón cada día?"

Pero sí hay algo que veo claro, mi Dios. Veo claro como tu resurrección, nuestra salvación, ha llegado por el tortuoso camino del Gólgota. Como ha llegado con tu corona de espinas, con tu espalda martirizada, con tus pies y manos llagados, con tus caídas y tu vuelta al camino. 
Tu resurrección, Señor, nuestra salvación, Señor, ha llegado con la dificultad, con la prueba, con la amargura, con el desprecio. Y a veces, como el huerto de Getsemaní, he visto mis propias dudas preguntandome si estaba haciendo lo correcto, si todo aquello era necesario o no, si el camino era necesario.  Pero tu respondes en aquel Huerto de Olivos con la fe del Hijo. "Hágase".
Pero mi respuesta no siempre es la tuya. No siempre respondo como tu, con ese "hagase Tu voluntad", ante la dificultad, ante la tibieza, ante el desamparo. A veces me pongo excusas, Señor. A veces aparto mi cruz a un lado del camino, dejo a Pedro que me defienda en "mis prendimientos", quiero y deseo que el Padre aparte de mí este cáliz, que mande a alguien que me aparte de todo esto.

La resurección, Señor, me has enseñado una vez más, no es facil. 
Pero ya se porque dudo, porque caigo una y otra vez y no hago nada por levantarme. 
Dudo porque no tengo fe en tí. No toda la que debiera.
Si como tu Santa Madre me abandonara exclamando símplemente "hágase", nada en mi camino hacia Tí me parecería tortuoso, cansado, monótono o impracticable.
Me miras de nuevo a los ojos. Estos días de pasión, este Viernes Santo, me miró tu Madre, que caminaba tras de tí llena de esperanza, y me hizo llorar. Ahora me miras Tu.

Has triunfado, con la cruz, sobre la muerte. Sonríes porque sabes que puedo con aquello que me pides. Sonríes y me tiendes tu mano porque sabes que sólo no puedo, pero Tú lo puedes todo. 
Me sonríes y me llenas de esperanza, de ilusión, de seguridad. 
Y las dudas se apagan.
Contigo todo es posible, nada está fuera de mi alcance.
La santidad llega por el camino de la cruz siguiendo paso a paso, cayendo y levantándome. Hay que reir, hay que sufrir. Hay que caminar en llano, cuesta abajo y hacia la cumbre del Calvario. Hay que caminar con amigos, como tu por Galilea, y en la soledad de Jerusalén. Hay que verse con esperanza y en la desesperación de la frustación. Hay que luchar uno sólo y necesitar de un cirineo o de un ángel que nos ayuden y consuelen.

Quiero seguir Señor. Quiero encontrar en mi vida tu resurrección. Quiero saber que hay Vida más allá de las cruces y dificultades del día a día. Quiero seguir mi Señor.
Quiero que se haga tu voluntad, y no la mía. Quiero dejar de llorar por mí y por mis dudas y sonreir continuamente en tu sonrisa. Quiero cargar mi cruz y caminar cuesta arriba teniendote a Ti de Cirinero. Quiero escuchar cada momento, tu voz diciendome "ahí tienes a tu Madre" y sentirme fuerte junto a Ella .
Quiero tener fe en Tí, y saber que aún cuando sólo vea la muerte a mi alrededor, cuando me encuentre sólo en la tiniebla del sepulcro, Tú llegarás y abrirás la losa de mi oscuridad y regarás de luz mi alma.

Ni la desolación, ni la incertidumbre, ni la enfermedad, ni la muerte escapan de tu misericordia, de tu gran amor. Has rasgado el velo del templo, has hecho temblar la tierra, has ocultado los astros, has resucitado a los muertos. Has bajado a los infiernos y has elevado a los justos. Te has inmolado por nuestros pecados y has vencido a la muerte. Nada escapa de tu mano.

No estoy sólo Señor. Te tengo siempre a tí. No quiero abandonar. No quiero dejarte solo en tu camino ascendente. Quiero ser lo que Tú quieres de mí. Comer el pan que partes en Emaús. Sentir tu Santo Espíritu, e ir por todo el mundo proclamando el Evangelio.
No, no seré como Judas Iscariote, negandome a tu misericordia. Quiero ser como Pedro que tras caer una vez tras otra, pudo decirte las mismas veces que te negó: "sí Señor, te amo", y una vez tras otra fue perdonado y conducido a la santidad.

¡No, no me rendiré! No es propio de mi naturaleza, no es propio de mi ser cristiano. No es propio de tanto amor recibido.
Y entonces, continúo como prosigue el salmista:
"Mis enemigos se alegrarían, si yo resbalara.
Más yo en tu misericordia he confiado.
Mi corazón se alegrará en tu salvación.
Cantaré a mi Dios
porque me ha hecho bien".

Me sonríes. Has resucitado Señor. Nada es imposible. Has triunfado, por el camino de la cruz sobre el pecado y la muerte. Nada es imposible para tí. Nada habrá imposible para mí si cojo tu llagada mano.
Siempre, detrás de la cruz, al final del camino que sube al Calvario, tras el dolor de la pasión, siempre está la resurreción si caminamos a tu lado, si seguimos confiando en tí, aunque a veces nos cueste reconocerte a nuestro alrededor.
"Quiereme". Me dices sonriendo y confiando en mis posibilidades. "No dudes de mí y quiereme", me dices dando la mayor de las seguridades.
No hay amor más grande, que el de dar la vida por los amigos. Nada he de temer.
En verdad el Señor ha resucitado. Venid, adoremos al Señor.

martes, 6 de marzo de 2012

CATEQUESIS DE CUARESMA DE JUAN PABLO II

Tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión
1. «¡Proclamad el ayuno!» (Jl 1,14).
Son las palabras que escuchamos en la primera lectura del Miércoles de Ceniza. Las escribió el profeta Joel, y la Iglesia, en conformidad con ellas, establece la práctica de la Cuaresma, disponiendo el ayuno. La práctica de la Cuaresma, determinada por Pablo VI en la Constitución Poenitemini, está notablemente mitigada respecto a la de tiempos pasados. En esta materia, el Papa dejó mucho a la decisión de las Conferencias Episcopales de cada país, a las que corresponde, por tanto, el deber de adaptar las exigencias del ayuno según las circunstancias en que se encuentran las sociedades respectivas. Pero el recordó que la esencia de la penitencia cuaresmal está constituida no sólo por el ayuno, sino también por la oración y la limosna (obras de misericordia). Es preciso, pues, decidir, según las circunstancias, en qué puede ser sustituido el mismo ayuno por obras de misericordia y por la oración. El fin de este período particular en la vida de la Iglesia es siempre y en todas partes la penitencia, es decir, la conversión a Dios. En efecto, la penitencia, entendida como conversión, esto es, metánoia, forma un conjunto que la tradición del Pueblo de Dios, ya en la Antigua Alianza, y después el mismo Cristo ha vinculado, en cierto modo, a la oración, a la limosna y al ayuno.
¿Por qué al ayuno?

En este momento quizá nos vienen a la mente las palabras con que Jesús respondió a los discípulos de Juan Bautista cuando le preguntaban: «¿Cómo es que tus discípulos no ayunan?» Jesús les contestó: «¿Por ventura pueden los compañeros del novio llorar mientras está el novio con ellos? Pero vendrán días en que les será arrebatado el esposo, y entonces ayunarán» (Mt 9,15). De hecho, el tiempo de Cuaresma nos recuerda que el esposo nos ha sido arrebatado. Arrebatado, arrestado, encarcelado, abofeteado, flagelado, coronado de espinas, crucificado... El ayuno en el tiempo de Cuaresma es la expresión de nuestra solidaridad con Cristo. Tal ha sido el significado de la Cuaresma a través de los siglos, y así permanece hoy:
«Mi amor está crucificado y no existe en mí más el fuego que desea las cosas materiales», como escribía el obispo de Antioquia, Ignacio, en la Carta a los romanos (Ign. Antioq., Ad Romanos VII 2).

Actitud cristiana en la civilización del consumo
2. ¿Por qué el ayuno?
Es necesario dar una respuesta más amplia y profunda a esta pregunta, para que quede clara la relación entre el ayuno y la «metanoia», esto es, esa transformación espiritual que acerca el hombre a Dios. Trataremos, pues, de concentrarnos no sólo en la práctica de la abstinencia de comida o bebida –efectivamente, esto significa el ayuno en el sentido corriente–, sino en el significado más profundo de esta práctica que, por lo demás, puede y debe a veces ser sustituida por otras. La comida y la bebida son indispensables al hombre para vivir, se sirve y debe servirse de ellas; sin embargo, no le es lícito abusar de ellas de ninguna forma. El abstenerse, según la tradición, de la comida o bebida tiene como fin introducir en la existencia del hombre no sólo el equilibrio necesario, sino también el desprendimiento de lo que se podría definir actitud consumística. Tal actitud ha venido a ser en nuestro tiempo una de las características de la civilización, y en particular de la civilización occidental. ¡La actitud consumística! El hombre orientado hacia los bienes materiales, múltiples bienes materiales, muy frecuentemente abusa de ellos. Cuando el hombre se orienta exclusivamente hacia la posesión y el uso de los bienes materiales, es decir, de las cosas, también entonces toda la civilización se mide según la cantidad y calidad de las cosas que están en condición de proveer al hombre, y no se mide con el metro adecuado al hombre. Esta civilización, en efecto, suministra los bienes materiales no sólo para que sirvan al hombre en orden a desarrollar las actividades creativas y útiles, sino cada vez más... para satisfacer los sentidos, la excitación que se deriva de ellos, el placer momentáneo, una multiplicidad de sensaciones cada vez mayor.
A veces se oye decir que el aumento excesivo de los medios audiovisuales en los países ricos no favorece siempre el desarrollo de la inteligencia, particularmente en los niños; al contrario, tal vez contribuye a frenar su desarrollo. El niño vive sólo de sensaciones, busca sensaciones siempre nuevas... Y así llega a ser, sin darse cuenta de ello, esclavo de esta pasión de hoy. Saciándose de sensaciones, queda con frecuencia intelectualmente pasivo; el entendimiento no se abre a la búsqueda de la verdad; la voluntad queda atada por la costumbre a la que no sabe oponerse.
De esto resulta que el hombre contemporáneo debe ayunar, es decir, abstenerse no sólo de la comida o bebida, sino de otros muchos medios de consumo, de estímulos, de satisfacción de los sentidos. Ayunar significa abstenerse, renunciar a algo.
Renuncia y mortificación
3. ¿Por qué renunciar a algo? ¿Por qué privarse de ello? Ya hemos respondido en parte a esta cuestión. Sin embargo, la respuesta no será completa si no nos damos cuenta de que el hombre es él mismo también porque logra privarse de algo, porque es capaz de decirse a sí mismo: No. El hombre es un ser compuesto de cuerpo y alma. Algunos escritores contemporáneos presentan esta estructura compuesta del hombre bajo la forma de estratos; hablan, por ejemplo, de estratos exteriores en la superficie de nuestra personalidad, contraponiéndolos a los estratos en profundidad. Nuestra vida parece estar dividida en tales estratos y se desarrolla a través de ellos. Mientras los estratos superficiales están ligados a nuestra sensualidad, los estratos profundos, en cambio, son expresión de la espiritualidad del hombre, es decir, de la voluntad consciente, de la reflexión, de la conciencia, de la capacidad de vivir los valores superiores.
Esta imagen de la estructura de la personalidad humana puede servir para comprender el significado para el hombre del ayuno. No se trata aquí solamente del significado religioso, sino del significado que se expresa a través de la así llamada «organización» del hombre como sujeto persona. El hombre se desarrolla normalmente cuando los estratos más profundos de su personalidad encuentran una expresión suficiente, cuando el ámbito de sus intereses y de sus aspiraciones no se limita sólo a los estratos exteriores y superficiales, unidos a la sensualidad humana. Para favorecer tal desarrollo, debemos a veces desprendernos conscientemente de lo que sirve para satisfacer la sensualidad, es decir, de los estratos exteriores superficiales. Debemos, pues, renunciar a todo lo que los «alimenta».
He aquí brevemente la interpretación del ayuno hoy día.
La renuncia a las sensaciones, a los estímulos, a los placeres y también a la comida y bebida, no es un fin en sí misma. Debe ser, por así decirlo, allanar el camino para contenidos más profundos de los que «se alimenta» el hombre interior. Tal renuncia, tal mortificación debe servir para crear en el hombre las condiciones en orden a vivir los valores superiores, de los que está «hambriento» a su modo.
He aquí el significado «pleno» del ayuno en el lenguaje de hoy. Sin embargo, cuando leemos a los autores cristianos de la antigüedad o a los Padres de la Iglesia, encontramos en ellos la misma verdad, expresada frecuentemente con lenguaje tan «actual» que nos sorprende. Por ejemplo, dice San Pedro Crisólogo: «El ayuno es paz para el cuerpo, fuerza de las mentes, vigor de las almas» (Sermo VII: de ieiunio 3), y más aún: «El ayuno es el timón de la vida humana y rige toda la nave de nuestro cuerpo» (Sermo VII: de ieiunio 1).
San Ambrosio responde así a las objeciones eventuales contra el ayuno: «La carne, por su condición mortal, tiene algunas concupiscencias propias: en sus relaciones con ella te está permitido el derecho de freno. Tu carne te está sometida (...): no seguir las solicitaciones de la carne hasta las cosas ilícitas, sino frenarlas un poco también por lo que respecta a las lícitas. En efecto, el que no se abstiene de ninguna cosa lícita, está muy cercano a las ilícitas» (Sermo de utilitate ieiunii III, V, VII). Incluso escritores que no pertenecen al cristianismo declaran la misma verdad. Esta verdad es de valor universal. Forma parte de la sabiduría universal de la vida.
El dominio de nuestro cuerpo
4. Ahora ciertamente es más fácil para nosotros comprender por qué Cristo Señor y la Iglesia unen la llamada al ayuno con la penitencia, es decir, con la conversión. Para convertirnos a Dios es necesario descubrir en nosotros mismos lo que nos vuelve sensibles a cuanto pertenece a Dios, por to tanto: los contenidos espirituales, los valores superiores que hablan a nuestro entendimiento, a nuestra conciencia, a nuestro «corazón» (según el lenguaje bíblico). Para abrirse a estos contenidos espirituales, a estos valores, es necesario desprenderse de cuanto sirve sólo al consumo, a la satisfacción de los sentidos. En la apertura de nuestra personalidad humana a Dios, el ayuno –entendido tanto en el modo «tradicional» como en el «actual»–, debe ir junto con la oración, porque ella nos dirige directamente hacia Él.
Por otra parte, el ayuno, esto es, la mortificación de los sentidos, el dominio del cuerpo, confieren a la oración una eficacia mayor, que el hombre descubre en sí mismo. Efectivamente, descubre que es «diverso», que es más «dueño de sí mismo», que ha llegado a ser interiormente libre. Y se da cuenta de ello en cuanto la conversión y el encuentro con Dios, a través de la oración, fructifican en él.
Resulta claro de estas reflexiones nuestras de hoy que el ayuno no es sólo él «residuo» de una práctica religiosa de los siglos pasados, sino que es también indispensable al hombre de hoy, a los cristianos de nuestro tiempo. Es necesario reflexionar profundamente sobre este tema, precisamente durante el tiempo de Cuaresma.

Catequesis del Beato Juan Pablo II, 21/3/79


BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II

BEATIFICACIÓN DE JUAN PABLO II
1 de Mayo de 2011

Año de la Fe 2012-2013